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Doctorados en Derecho en Colombia: menos es más

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Doctorados en Derecho en Colombia: menos es más

Liliana Estupiñán Achury

Directora Grupo de Estudios Constitucionales y de la Paz

Universidad Libre

 

El mundo de los abogados me da vueltas por la cabeza, en esta oportunidad reflexiono sobre los doctorados en Derecho, los niveles máximos de formación, las grandes ligas del mundo de la educación y de la producción del conocimiento científico y jurídico en Colombia. Ninguna de las opiniones que aquí expreso corresponden a institución alguna.

 

Para empezar, debo señalar que los doctorados en Derecho no existen porque sí, la mayoría de ellos han costado décadas de construcción de grupos de investigación. Deben tener origen en instituciones que hagan gala de verdaderas de comunidades académicas, en principio exclusivas, dedicadas a la producción científica en algunas líneas de investigación (no todas) de diferentes tópicos del Derecho. Grupos de investigación, producción académica de alta calidad, investigadores senior, proyectos de investigación nacionales e internacionales, cohesión, colaboración, impacto nacional e internacional y verdadero compromiso con el país, la región y la resolución de temas jurídicos.

 

Me atrevo a decir que el tamaño de su comunidad académica, con estas características, determina, en parte, el número de aspirantes a absorber, que en cualquier caso debe ser mínimo y exclusivo.

 

Solamente la masa crítica de una institución, sus vedetes, sus grandes profesores y productores de conocimiento pueden liderar los proyectos de investigación doctoral que formulan los estudiantes. Por excepción, entraría la comunidad externa a dirigir trabajos de tamaña envergadura. De hecho, algunos doctorados del país solicitan a sus aspirantes el visto bueno y la aceptación previa de algún miembro de su comunidad académica (doctor), sin este requisito no se puede avanzar en los procesos de ingreso.

 

Dicho cuerpo debe tener las mejores condiciones humanas, profesionales e investigativas para garantizar la calidad y el tiempo suficiente que requieren los estudiantes en fase de construcción de tesis doctorales. Además, contar con el conocimiento teórico o metodológico necesario para el desarrollo de semejantes empresas científicas. Así se puede garantizar que esta etapa sea maravillosa para los estudiantes, aunque la escritura sea caracterizada por la soledad, el sacrificio y el toque propio de cada aspirante a doctor. 

 

No estoy hablando de trabajos académicos imposibles o perfectos, me refiero a trabajos que aporten de manera relevante al mundo jurídico o socio jurídico. No es una maestría, es nivel doctoral. No es suma de materias ni un curso de alta actualización, ni la pasarela de nacionales o internacionales, no es nada de eso. O mejor, algunas de estas características los pueden identificar, pero no corresponden a su máxima vocación: la creación de conocimiento científico. Más bien se trata de una etapa de máxima lectura, construcción de estados del arte, marco teórico, aplicación de sofisticadas metodologías, vinculación a grupos de investigación y redes académicas. El gran logro es la aceptación del egresado o doctor por la comunidad científica, por las máximas ligas en construcción de conocimiento, el reconocimiento académico.

 

Bajo estas condiciones, y otras más que voy a exponer, me preocupa la proliferación de registros de este nivel académico. Estos programas no se pueden reproducir de forma igual a los pregrados en Derecho (como curies), que para la fecha superan la cifra de 190 (por supuesto, esto es una exageración para el mundo jurídico), ni de forma centralizada o bogotanizada. Tampoco se pueden reproducir como el número significativo posgrados, ni mucho menos concentrarse en la ciudad de Bogotá, ni en las universidades de élite o no élite más reconocidas regionalmente; para este último aspectos asumo la polémica clasificación de las universidades de los profesores Mauricio García Villegas y María Adelaida Ceballos, en su libro Abogados Sin Reglas, que inspira parte de esta columna (sobre este libro ya publiqué una artículo titulado ¿Lectura bogotana del mundo de los abogados? y he trabajado en varios foros).

 

Es posible que opciones más interdisciplinarias, más flexibles, menos concentradas en asignaturas, pero de mayor seguimiento metodológico e investigativo, sean relevantes y necesarias para el impulso de estos niveles académicos. Muchos estudiantes confunden el doctorado con clases de altísimo nivel, ahí se pueden quedar sin entrar a la verdadera fase, la más importante, la de construcción de conocimiento.

 

También se hace necesario el ingreso de otros profesionales más experimentados en la utilización de diversas metodologías. Grandes tesis doctorales en Derecho las he visto provenir de profesionales no abogados, caso especial, Andrea Padilla y el mundo del Derecho y los animales no racionales (Universidad de Los Andes).

 

Las direcciones o administración de estos programas suelen sacrificar a académicos por un tiempo. Ellos deben ser investigadores prestantes y reconocidos en un área del conocimiento jurídico. Deben estar más allá de las firmas o un escritorio. Por ello, deben tener todo el apoyo administrativo y científico para llevar a cabo la tarea. Sacrificio que se hace para la construcción de perfiles doctorales, esto es, para la consolidación de la ciencia y del país.

 

El simple título de doctor no es suficiente para garantizar la dirección de un programa de esta envergadura. El reconocimiento académico es fundamental. Garantizar la objetividad, la neutralidad y la ausencia de lógicas endogámicas, clientelares y de amiguismo, en un ambiente como el colombiano (sucede en todo el mundo), hace parte del gran reto. Teoría, metodología, cruce con grupos de investigación, grandes orientaciones y políticas académicas, relaciones de alto nivel con la academia nacional e internacional, todo esto contribuye a la creación y sostenimiento de verdaderos doctorados. Sin duda, todo esto lo hará un poco antipático para el mundo de los intereses, por lo menos los lejanos al mundo de la calidad, la ciencia y la producción científica.

 

Los estudiantes de estos niveles también presentan tamaño reto, la idea es fortalecer, no masificar los doctorados. El punto de equilibrio no debería invocarse nunca en un doctorado en Derecho. Aquí menos es más. La inversión debe primar por encima de las lógicas del mercado.

 

Mejor menos clases y más metodología, menos clases y más tutorías y seminarios doctorales de presentación de avances, menos clases y más estancias académicas y de investigación, menos clases y más biblioteca y trabajo con los grupos de investigación y con los directores de las tesis doctorales. Por ello, los estudiantes deben estar dedicados en un ciento por ciento a la construcción de su fase doctoral; de lo contrario, harán todo para esquivar requisitos y condiciones de calidad, se volverán un problema para las mismas instituciones que les dieron la oportunidad de ingreso. Existen excepciones, pero no son la regla. Ser doctor y parecerlo, todo un reto.

 

Parte del problema radica en el valor o el costo de un doctorado en Derecho, el cual puede oscilar en Colombia entre 80 y 200 millones de pesos. El costo es excesivo, para ello las becas por mérito deben ser la prioridad. Becas de las instituciones que lo administran sin lógicas endogámicas, familiares o clientelares. Becas para uno que otro interno y recepción de estudiantes becados de instituciones y organizaciones nacionales e internacionales. 

 

Becas producto de concursos y mérito. Los doctorados en Derecho no son para todos los profesionales del mundo jurídico. Esto no es un tema de arribismo académico, de exhibir un diploma más en la oficina o en la hoja de vida, de títulos, puntos y más puntos. No señor, estos niveles académicos habilitan profesores en su máximo nivel de producción. Colombia no puede entrar en la feria de los doctores, hasta el momento se ha realizado la tarea con máximo respeto por este nivel de estudios.

 

Entre más estudiantes, más llega mi preocupación; entre más cohortes sin graduados, también; entre más años de espera en la consecución del título, más angustia. ¿Qué pasó? ¿Qué pasa? Varios doctorados así. Se exceptúan aquellos que becan o tienen estudiantes becados y en exclusiva en desarrollo del nivel académico.

 

Tomar y dejar la tesis a cada rato no deja nada bueno. Puerta giratoria, del mundo de la judicatura al mundo doctoral, del mundo del litigio al mundo doctoral, del mundo de la consultoría al mundo doctoral, de la “dictadura excesiva de clases” al mundo doctoral. Es posible lograrlo, pero a qué costo. Giratoria, es un simple ejemplo, más bien alterna. No es ilegal, ni más faltaba, pero puede afectar en términos de calidad. ¿Cómo hacen? Muchos lo logran y con buenos trabajos, pero a qué precio y costo de salud. Por supuesto que este símil es exagerado, como muchas cosas que escribo y pienso, lo hago para llamar la atención sobre el tema. Cuidado, esa no es la idea, o no debe ser la regla.

 

Una propuesta ideal, pero imposible, sería parar la recepción de cohortes hasta que se titulen o gradúen la mayoría de los estudiantes. Este sería el ideal.

 

Insisto, construir tesis doctorales es de gran complejidad, los eternos candidatos a doctores abundan. Lo único que garantiza una buena tesis doctoral (no trabajos de nivel de maestría con algo más) o la culminación de los estudios son los estudiantes con verdadera vocación doctoral, dedicados de manera completa a la realización del programa y con compromisos claros de entrega, sustentación y cumplimiento de todos los requisitos. Podemos hablar de excepciones, insisto, pero no es la regla.

 

Me preocupa que estos niveles doctorales proliferen como los posgrados, algo así como doctorados en profundización, ojo con eso.

 

La situación es compleja, las instituciones y el Ministerio de Educación no pueden caer en la construcción de una academia que no sea sostenible y de calidad. Suficiente crisis tenemos en el mundo de la formación de los abogados para abrir otra puerta de problemas. Los doctorados deben ser una solución, nunca un problema.

 

Que la frase no sea: necesita un doctorado, se lo tengo.

 

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