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Antonio José Cancino (1940 - 2017)

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Sala Edición 5 - Imagen Principal

 

El día miércoles comenzó con la triste noticia del fallecimiento del maestro Antonio José Cancino, y resulta inocultable el sentimiento de tristeza y de nostalgia que nos embarga a todos quienes pasamos por una facultad de Derecho; a su vez, brotan los recuerdos del ser generoso, culto,  inteligente, bondadoso, ocurrente, profundo, del jurista brillante, del maravilloso ser humano y del académico inagotable en el que vimos un héroe y una inspiración para elegir nuestra profesión.

 

Con estas palabras póstumas uno de sus discípulos, el abogado Francisco Bernate, rindió tributo a la figura de este destacado penalista. Por su parte, la Universidad Externado de Colombia lo recordó con la siguientes remembranza.

 

Desde aquellos lejanos años 60, cuando cursaba su carrera de Derecho en la vieja sede del barrio Santafé, ya practicaba el talante externadista y aprovechaba el ámbito libre que le ofrecía la facultad para controvertir, contradecir, poner en juego ideas, cuántas veces audaces, con una inteligencia y una facilidad de expresión que siempre se le envidió. (Lea: Carlos Restrepo Piedrahita, el más importante pensador del Derecho Constitucional en Colombia)

 

Vale la pena recordar que también cursó en su alma mater la especialización en Ciencias Penales y Criminológicas; en la Universidad de Nueva York, Introducción al sistema legal norteamericano; en la Universidad de Harvard, cursos de Derecho Penal, Procedimiento y Siquiatría Forense; en la Universidad San Pablo de Madrid, cursos de Derecho Penal Económico y en la Complutense de Madrid el Doctorado en Derecho, donde obtuvo la calificación sobresaliente cum laude.

 

Sobre su paso por el servicio público, llegó a magistrado del Tribunal Superior de Bogotá e hizo parte de la comisión especial legislativa durante el proceso de expedición de la Constitución de 1991. (Lea: Alejandro Martínez Caballero, el arquitecto de consensos en la Corte Constitucional)

 

Así mismo, en otra de sus vocaciones, ejerció como docente en el Externado, la Universidad del Rosario y en varias universidades españolas.

 

Retomando las palabras de su discípulo Bernate, “Cancino es, como lo dice su hijo Iván Alfonso, el mejor litigante que tuvo Colombia en la segunda mitad del siglo XX. Un jurista integral, ético, dotado de una inteligencia excepcional, que sabía diseñar estrategias de defensa para los casos más complicados, pero que siempre entendió la importancia de contar con una sólida formación jurídica y aquello que permanentemente repetía, la necesidad de visualizar y comprender la realidad nacional”.

 

Respecto a su legado como abogado penalista, la comunidad externadista resaltó sus alegatos judiciales, sus defensas, sus argumentaciones vehementes, propias de un estilo particular, las cuales eran reproducidas por los medios de comunicación y comentadas en los círculos de poder y de opinión. (Lea: Carlos Gaviria Díaz, un coloso inagotable de cultura y sabiduría)

 

 

 

Permanecerá su trabajo académico sobre Derecho Penal, plasmado en varias obras, pero también su energía y vitalidad le alcanzaron para trabajos intelectuales como “El Derecho penal en la obra de García Márquez” y “Deporte y delito”.

 

A propósito de su libro sobre el Nobel de literatura, recordamos este fragmento del libro El Derecho Penal en Macondo, que escribió en compañía de Iván Alfonso Cancino y José David Teleki (Librería Ediciones del Profesional, 2005), el cual fue publicado en la edición 221 de Ámbito Jurídico.

 

 

Gabriel García Márquez: un abogado en ejercicio

 

El nobel de literatura colombiano abandonó formalmente el Derecho, pero sustancialmente nunca pudo hacerlo. El periodista, el novelista, el crítico de cine, en toda su obra no olvida su paso por las aulas universitarias  y emplea la más extraordinaria y sofisticada terminología jurídica.

 

Podría decirse, en principio, que Gabriel García Márquez es un abogado frustrado y un escritor plenamente realizado; pero como la frustración es el resultado de lo que no ha tenido efecto, de lo malogrado, la verdad es que el nobel colombiano es, ha sido y será, en el más amplio de los términos, un abogado en ejercicio. No existe el registro en el que pueda inscribirse un abogado de causas universales que no puede reducirse a las convencionales limitaciones de un proceso.

 

Ha tenido que nutrirse el nobel con la jurisprudencia constante y sui generis que la humanidad produce desde el burdel de Pilar Ternera, hasta los palacios de los presidentes, para poder empaparse de la angustia de los hombres. Ha litigado sin sujeción a términos, ni distancias, con alegatos cuyo contenido se queda entrelazado en el tiempo y en el espacio, pues no existen tribunales creados con competencia suficiente para dictar fallos que contengan determinaciones universales con equilibrio general y persistente.

 

 

Versos, mejor que incisos

 

Todo parece que no terminó formalmente la carrera por amor a la poesía. Jaques Gilard nos cuenta que después de obtener bachillerato en el Colegio Liceo Nacional de Zipaquirá el 12 de diciembre de 1946, García Márquez se matriculó en la Universidad Nacional el 25 de febrero de 1957. Aprobó todas las materias el primer año, salvo Estadística y Demografía. Su matrícula en segundo año no lleva fecha; el documento conservado en la Universidad Nacional –una sola hoja para primer y segundo año– indica en el reglón de cada una de las asignaturas de segundo que “perdió por fallas” o que “no se presentó”. Posteriormente, fue añadida una nota a lápiz, casi ilegible, en la que se estipula que se matriculó en la Universidad de Cartagena.

 

En realidad, agrega Gilard, la situación universitaria de García Márquez no se resolvió sino en junio. Las matrículas, sus calificaciones y la decisión del decano se conservan en la Universidad de Cartagena. Son bastantes las faltas de asistencia; en segundo año hubo nueve faltas en Derecho Internacional Público y seis en Derecho Romano. En tercero fueron 37 en Derecho Civil, seis en Seminario de Derecho Civil, 21 en Derecho Español e Indiano. Por perder tres materias en ese tercer año, García Márquez fue reprobado y parece ser que se enteró de su fracaso solamente 14 meses después, en febrero de 1961, al querer matricularse en cuarto año...

 

El mismo Gabo le cuenta a Apuleyo Mendoza que “cuando terminó el liceo y entró a estudiar Derecho en la Universidad Nacional, en vez de códigos, leía versos y recorría los cafés taciturnos de la ciudad vieja en busca de alguien que le hiciera la caridad de conversar con él sobre los versos y versos y versos que acababa de leer”. Y en relación con esa materia que perdió en primero, es decir, Estadística y Demografía, al escribir un artículo periodístico en noviembre de 1952 en El Heraldo sobre el grado de Doctor en Derecho de su antiguo compañero Eduardo Mendoza Lince, advierte:  “Un helado día de principios de febrero entró a dicha clase que era una especie de asesinato colectivo, no solamente por lo que ya cualquiera puede suponer, sino porque, además, la dictaba a las seis de la mañana un profesor que tenía una forma muy propicia para obligarlo a uno a arrepentirse a tiempo de estudiar Derecho”.

 

Un abandono formal

 

Creo no equivocarme al afirmar que nuestro personaje abandonó formalmente el Derecho, pero sustancialmente nunca pudo hacerlo.

En primer lugar, el periodista, el novelista, el crítico de cine, en toda su obra no olvida su paso por las aulas universitarias y emplea la más extraordinaria y sofisticada terminología jurídica.

 

No puede decir, por ejemplo, que para él el domingo es un día excepcionalmente fastidioso, sino que tiene que expresar que es un día equivocado, inútil, que se metió de contrabando cuando los astrónomos tomaron las medidas del tiempo.

Escribe sobre Eva Perón y de ella dice que con su esposo Juan Domingo se entregó al apasionante y cotidiano deporte de convertir los tremendos problemas de Estado en sencillos pasatiempos conyugales, pero que a la vuelta de pocos meses, ella, sola, era un tratado completo de Derecho Administrativo, corregido y aumentado, por los caprichos de su carácter ejecutivo, voluntad legislativa y de su inteligencia judicial.

 

No puede en sus notas periodísticas acatar una determinación policiva mediante la cual un funcionario de Bogotá ordenaba destruir a hachazos las acacias que adornaban la ciudad, por ser árboles tristes, sin acudir a la más sorprendente terminología jurídica. Dice que a “esas acacias no se les reconoció siquiera la garantía constitucional de sentenciarlas solo después de que hubieran sido vencidas en juicio y que no se les reconoció la prerrogativa que permite a los sentenciados a realizar antes de su muerte su último deseo; sin saber si el último de las acacias sindicadas de tristeza, no hubiera sido el deseo de volverse alegres”.

 

Si de la noche a la mañana se convierte en aficionado al fútbol, para comentar el partido en el que jugaba el abogado Heleno de Freitas, afirma que este ciudadano con doble profesión, cierta tarde en el estadio de Barranquilla, redactó memoriales y sentencias judiciales no solo en portugués, sino en español alternativamente, con citas de Justiniano, en purísimo latín antiguo.

Obviamente, si se trata de hablar de poesía, se atreve a consignar que el ser poeta es la mejor forma de legislar en un país.

 

 

Alto grado de peligrosidad

 

Critica la música de algunos boleros de su época de periodista y expresa que los fabricantes de esas piezas musicales tienen un alto grado de peligrosidad y que este detalle no debe pasar inadvertido a los redactores del Código Penal. Sin rodeos, opina que el autor del bolero que lleva por título Hipócrita debe seguírsele juicio criminal, porque subvierte el orden público en cada cuadra y ha logrado dar, sin el apoyo de la clandestinidad, sino abiertamente, un golpe de estado contra la paciencia colectiva.

 

Cuando el mambo de Pérez Prado empezó a hacer estragos en EE UU, lo que para Gabo ocurrió en verdad fue “un asalto a mano armada por la vía legal y con pasaporte en regla, que permitió la fabricación de piezas de jazz con ritmo de mambo”.

Los modistos suelen, cada año, en forma despiadada, vigilar la parte externa o artificial de las damas del alto mundo social y dicha actividad la critica profundamente cuando escribe que es tan arbitraria e ilógica como también lo sería el que los penalistas se reunieran a deliberar con el propósito de establecer cuáles son los personajes mundiales más propensos a la criminalidad.

 

Si transcribimos plenamente los ejemplos que hemos encontrado en la obra de Gabo, este trabajo se haría casi interminable, porque a cada paso brota ese abogado aparentemente mimetizado. Terminamos este aparte poniendo de relieve que para García la muerte no es más que un cambio de estado civil; la locura no es un estado anormal de la psiquis humana, sino un derecho, el único derecho que permite a quienes lo son, sentirse completamente cuerdos. El zapatero no es un simple remendón, es una especie de juzgador que sabe, cuando se le lleva un par de zapatos viejos, cuál es el lado débil de cada quién, por dónde cojea la justicia y hacia qué lado recarga el cuerpo la autoridad. La opinión pública, con personalidad de mujer doblemente divorciada, tiene el poder de desbarrar sin consecuencias jurídicamente funestas y lo aprovecha con una gracia exquisita, con un estratégico sentido de la irresponsabilidad deliberada.

 

Sabe García Márquez que nuestra jurisprudencia en veces se anquilosa, se estanca o se endogmatiza en exceso. Y para expresarlo acude hábilmente a la siguiente metáfora: “Hay máquinas que escriben prosa rimada, que generalmente pertenece a los poetas clandestinos. Otras que escriben en exámetros griegos. Las de los juzgados tienen una prosa igual, monótona, y con sólo apretar una tecla, queda consignado en el papel un tratado de lugares comunes”.

 

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