Sala Edición 5 - Imagen Principal

 

Martha Cecilia Paz

Magistrada auxiliar de la Corte Constitucional

 

Era el año 1996 cuando regresé de la Escuela de Derecho de Harvard, luego de asistir al programa de formación para abogados Constitutional Law and Jurisprudence.  Llegué cargada de libros para Carlos Gaviria, a quien en ese momento no tenía la dicha de conocer, pero serví de emisaria a sus amigos y a sus compañeros en los años sesenta, mientras duró su maestría en esa universidad, y quienes para los noventa ya eran sus afamados profesores y dirigentes.

 

Literalmente, engaveté los libros, porque si bien para la época tenía desde la Procuraduría General de la Nación (donde trabajaba como asesora del procurador Carlos Gustavo Arrieta) alguna conexión con la Corte Constitucional, los tentáculos no alcanzaban para presentarme ante un magistrado de la talla de Gaviria, que, para ese entonces, era el presidente de la corporación y uno de los magistrados que imponía un gran respeto reverencial. Esperé pacientemente a que algún foro académico me diera la oportunidad de verlo o en un encuentro universitario pudiera acercarme a comentarle de los presentes que ya empezaban a empolvarse en mis cajones.

 

No llegó el foro, pero se dio la oportunidad de llegar a la Corte Constitucional como magistrada auxiliar de la Sala Plena, para lo cual debía enfrentarme a un proceso de méritos, en el que todos los magistrados postulaban un candidato, pero faltaba el de Gaviria. Era una ocasión propicia para llevarle la remesa de libros al magistrado y, de paso, darle mi hoja de vida. Así lo hice, entregué los libros, le entregué mi historia académica y laboral y conocí a quien años después definiría como mi mejor amigo. Gaviria me presentó ante el pleno de la corporación como su candidata, logró sacar mi nombre adelante y me designaron en el cargo anhelado. 

 

Lo vi hacer una magistratura impecable al lado de grandes colegas como Eduardo Cifuentes, Fabio Morón, José Gregorio Hernández, Antonio Barrera y Alejandro Martínez.

 

Hace poco, confronté mis recuerdos de Gaviria con esta anécdota más actual. Me tropecé, hace unos días, con un amigo de “toda la vida” nombrado recientemente como magistrado titular en una de las altas cortes. Lo llamé por su nombre con un cariñoso diminutivo apocopado, como solemos hablar en la costa. El personaje, muy avergonzado, me dijo: “Acuérdate que ya soy magistrado y debes dirigirte a mí como doctor”. Es la muestra de la estirpe de los magistrados de hoy en contraste con el magistrado Gaviria, que nos exigió llamarlo con un “Carlos, a secas” y a los señores, el despojo de corbatas y demás adornos que implicaran servilismo y pleitesía.

 

Libros y música

 

Luego de su salida de la Corte por finalización del periodo, empezamos una amistad que él calificó como “literaria” y que duró hasta sus últimos días. Mis constantes viajes a España y los de él a México y a Argentina eran la ocasión para tener, de primera mano, los libros que abrirían paso a una bitácora con la lectura de escritores de culto.

 

Empezamos en el año 2001 con el húngaro Sándor Márai, de quien nunca pudimos desprendernos. Luego de El último encuentro, La Herencia de Eszter, Divorcio en Buda, Liberación, ¡Tierra, Tierra!, La Gaviota, Los rebeldes, La mujer justa, La hermana, La amante de Bolzano (su preferido) y Confesiones de un burgués. Nos pasamos a Coetzee. Sintió Gaviria fascinación por Infancia, En medio de ninguna parte, Juventud y Desgracia, leímos toda la obra al punto de que ya el saludo nunca volvió a ser el protocolario “hola que tal”, sino aquel que acuñó él mismo y se concretaba en preguntar antes de cualquier otra cosa: “¿Qué estás leyendo?”.

 

Según Gaviria, el baremo para conocer el bienestar del alma era la clase de libro que leíamos. Por ello, cuando en una ocasión, en tono de broma, le dije que últimamente solo me alcanzaba el tiempo para leer la jurisprudencia de la Corte, con preocupación, me respondió “¿Tan mal anda tu corazón, querida Martha?”. Entre Márai y Coetzee también nos distrajo, no con pasión, pero sí con interés, Magda Szabó, con La Puerta y la Balada de Iza; Los relatos de amor y desamor, de Kawakami; Hanif Kureishi con Intimidad; Las herencias ocultas, de Monsiváis, y el tríptico especial para Gaviria escrito por Elias Canetti, La antorcha al oído, La lengua salvada y Juego de ojos.

 

No le conocí a Gaviria la vena del tango de la que muchos hablaban. Le oí decir, en cambio, que solo bailaba boleros y “que todo lo bailaba como bolero”. Sí, doy buena cuenta de su arteria para la música clásica, coincidimos en muchas ocasiones oyendo los chelos de Mischa Maisky y de Yo-yo Má, los pianos de Lang Lang y Tzimon Barto y los violines de Itzhak Perlman y Vengérov. Así era Gaviria, un coloso inagotable de cultura y sabiduría.

 

Maestro de maestros

 

Para quienes tuvimos el privilegio de ser sus discípulos y haber compartido una parcela de su maravillosa vida, nos queda la satisfacción de habernos autoimpuesto la senda recta y el camino ético del esfuerzo y la disciplina de vida, procurando siempre no fallarle al maestro. En el 2013, me conmovió con la edición de su nuevo libro sobre los mitos platónicos y una especial dedicatoria que decía: “a Martha Cecilia, una amiga entrañable con quien comparto mi pasión por los libros”. 

 

Nuestro último encuentro, al decir de Márai, fue en la navidad del 2014, cuando curiosamente no nos dimos libros de regalo, solo en una larga conversación nos deseamos un feliz año. El deterioro de las altas cortes fue, hasta el fin de sus días, su principal preocupación y, en marzo del 2015, lo vimos partir.  

 

No dejé de visitarlo en la clínica donde murió, porque quise asegurarme de que estuviera acompañado por la fuerza del cariño y de la gratitud, así como de las campanas cuando doblan al final de los días, según decía Hemingway; quise también  decirle al oído que había sido fiel a Sándor Márai hasta en sus últimos días, en aquello de que “los grandes hombres responden con su buena vida a las preguntas más importantes de la existencia” y que, con certeza, un opus de Brahms, quizás el 49, lo esperaba en el cielo. Junto a María Cristina, sus hijas y amigos, rendimos el mismo día de su muerte un tributo silencioso a quien tanto nos enseñó: a Carlos Gaviria, una deuda impagable y un homenaje eterno al maestro de maestros.