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La importancia de la historia militar

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La importancia de la historia militar

Daniel Raisbeck   

 

En 1959, el profesor noruego Johan Galtung creó el International Peace Research Institute. Con ello lanzó oficialmente la moda por los “estudios de paz” que ha proliferado en las universidades europeas y estadounidenses durante las últimas décadas y, en los últimos años, en las colombianas.

 

No se debe descartar la validez de los estudios de paz a raíz de las preferencias políticas de su fundador. Como nota el escritor Bruce Bawer, Galtung se refirió a la China de Mao Zedong como “una sociedad abierta” y a la Cuba de Fidel Castro como un baluarte de la libertad y el antimperialismo. Sí se debe resaltar, sin embargo, que la versión leninista de Galtung de la economía, según la cual los países capitalistas deben librar guerras para abrir mercados y controlar recursos, confunde el sistema librecambista con el mercantilismo colonial. 

 

Similarmente, la noción fundamental de los estudios de paz de que todo conflicto se puede -y se debe- solucionar a través del diálogo y de la comprensión de las motivaciones del otro es fácilmente refutable. Está, por supuesto, el ejemplo clásico de Neville Chamberlain, primer ministro de Reino Unido desde 1937 hasta 1940, cuya política de servil apaciguamiento hacia Alemania no solo no impidió la Segunda Guerra Mundial, sino que aseguró que la posición británica fuese considerablemente más débil al estallar el conflicto que cuando los nazis comenzaron a violar el Tratado de Versalles. La política de la debilidad condenó a millones -incluyendo a los débiles- a la muerte.

 

Ciertamente, la tesis de que las repúblicas democráticas modernas no suelen enfrentarse en conflictos bélicos tiene un sostén histórico. Por otro lado, en Occidente, la función tradicional de los ejércitos de repúblicas o monarquías constitucionales -desde los hoplitas griegos en adelante- ha sido el combate más allá de las fronteras nacionales y/o la defensa de la población. Las tiranías, sin embargo, juegan según otras reglas.      

 

Actualmente en Venezuela, por ejemplo, es evidente que la función principal de las Fuerzas Armadas y sus asesores cubanos es suprimir a una población sometida, hambrienta y sin armas. También es claro que el futuro del régimen socialista depende de la lealtad -o la falta de ella- de los altos mandos militares. Las únicas otras alternativas -la intervención militar de una coalición extranjera o de un ejército privado (como sugerí en mi última columna y como ha propuesto el fundador de la empresa Blackwater)- involucran necesariamente el uso de las armas. 

 

En otras palabras, aún en el siglo XXI, los ejércitos importan. Por ende, importa la historia militar, la cual la moda de los estudios de paz ha relegado de las universidades.

 

Desde el punto de vista occidental, es necesario ir al inicio de la historia militar y entender el arte de la guerra de los griegos y romanos. En el libro Reflexiones acerca de la gran estrategia macedonia y romana (Universidad La Gran Colombia, 2019), los profesores F. S. Naiden, Richard Talbert (ambos de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill), Kenneth Harl (Tulane University) y yo analizamos diferentes aspectos de la historia militar antigua.

 

Entre las lecciones relevantes para el presente está la decisión del comandante Cneo Pompeyo Magno de expandir el poder de la República Romana en Asia únicamente hasta la región montañosa del Antitauro en Turquía. Como explica Harl, esto implicaba que Roma controlaría Anatolia y solo el norte de Mesopotamia. Así podía mantener la integridad territorial de la Cuenca del Mediterráneo y, a la vez, amenazar al reino de Armenia, usualmente aliado de los persas o los partos. La estrategia de establecer el Éufrates como frontera oriental del imperio, mantenida en gran medida durante siete siglos, “no era ni aleatoria ni arriesgada”. Enseñanza que, imprudentemente, no acataron los estadounidenses y sus aliados tras la invasión de Iraq del 2003.    

 

Desde el punto de vista macedonio, la estrategia de Alejandro Magno era opuesta a la de los romanos, quienes buscaban controlar territorios y eventualmente administrarlos como provincias. Por su parte, Alejandro buscó decapitar el liderazgo del Imperio Persa y situarse él mismo en el ápice de una estructura de gobierno existente. Tras la Batalla de Gaugamela y el asesinato del Rey Darío III, Alejandro no conquistó, sino capturó un imperio que, aparte de Macedonia y Grecia, abarcó los territorios que hoy se extienden -en su totalidad o en buena medida- desde Libia, Egipto, el Levante Mediterráneo y Turquía hasta India.

 

Necesariamente, Alejandro debió asumir diferentes títulos políticos y religiosos a través del imperio: en Macedonia, rey y sacerdote, pero líder entre iguales de la nobleza; en Egipto, faraón y dios; en Babilonia, rey y sujeto de sortilegios. Cada uno de estos roles chocaba con los demás, pero Alejandro debió ejercerlos para unificar a su imperio.

 

Como comenta Naiden, Alejandro se arrodilló ante dioses orientales para consolidar su poder. Desde entonces, no muchos líderes occidentales han estado dispuestos a emularlo.  

 

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