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Una solución libertaria para Venezuela

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Una solución libertaria para Venezuela

Daniel Raisbeck


En mi última columna, expliqué por qué es poco probable que Donald Trump decida enviar tropas estadounidenses a Venezuela. El corolario es que Diego Arria y los demás venezolanos opositores que se dedican a hacer cabildeo en Washington para lograr una liberación de su país por parte de los marines desperdician su tiempo.

 

Según Arria y sus seguidores, la intervención extranjera es necesaria, porque la única otra opción para derrocar la tiranía chavista es un clásico coup d’ètat. Este escenario se puede descartar, porque, en Venezuela, las altas esferas militares están en manos de comunistas, colaboracionistas y hasta narcotraficantes cómplices del régimen. Dada la veracidad de este último argumento y la improbabilidad de un rescate militar estadounidense, ¿está Venezuela condenada a subyacer bajo Nicolás Maduro -o aún peor, bajo un Diosdado Cabello o un Tarek El Aissami- durante años o décadas?

 

Ciertamente el tiempo juega a favor de los chavistas. El mandato de Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional -y por ende como presidente interino reconocido por EE UU, Colombia y docenas de otras democracias- es vigente durante un año. Por su parte, Maduro cuenta con la ventaja estratégica de la longevidad dictatorial.

 

Fidel Castro, por ejemplo, sobrevivió el mandato de 10 presidentes de EE UU, resistiendo a quienes lo presionaban y manipulando a quienes lo apaciguaban. Cualquier giro a la izquierda en países como Argentina, Chile o inclusive EE UU en los próximos años rompería gradualmente el “cerco diplomático” contra Maduro, el cual es tan efímero como la vida de los gobiernos democráticos que lo forjaron.

 

Resulta, sin embargo, que las posibilidades de liberar a Venezuela no se limitan a una invasión norteamericana o a un golpe de Estado en Caracas. La única opción viable para restablecer la democracia liberal en ese país es la menos explorada. También es la alternativa con mayor coherencia filosófica, del todo consistente con la tesis de John Locke de la posibilidad legítima de los ciudadanos de disolver un gobierno que sistemáticamente viola sus derechos naturales a la vida, la libertad y la propiedad.

 

Concretamente me refiero a la habilidad del gobierno legítimo de Venezuela -el de Guaidó- (o inclusive de cualquier grupo de ciudadanos que cuente con suficientes recursos) de contratar un ejército libertador. Si no hay suficientes venezolanos entrenados en armas para asumir el reto, el ejemplo por seguir es el de Angola y Sierra Leona. En los años noventa, los gobiernos democráticos de dichos países financiaron a fuerzas mercenarias extranjeras, proveídas por la empresa surafricana Executive Outcomes (EO), para combatir a guerrillas que amenazaban con tomar el control territorial absoluto.

 

En 1994, EO, contando con aproximadamente 500 hombres y numerosos vehículos armados, helicópteros y aviones, derrotó por completo a la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), una fuerza guerrillera nacionalista que no reconocía los resultados electorales de 1992 y, pocos meses antes, había estado a punto de derrocar al gobierno legítimo. Crucialmente, EO logró recuperar con rapidez las zonas productoras de petróleo y diamantes que yacían bajo control rebelde. Así obligó a UNITA a someterse a la paz del Protocolo de Lusaka.

 

De manera similar, en 1995, EO liberó al distrito de Kono en Sierra Leona, zona estratégica para la extracción de diamantes que había capturado la insurgencia nacionalista del Frente Revolucionario Unido, fuerza armada que la firma mercenaria obligó a someterse al gobierno electo.

 

En Venezuela, las operaciones de un ejército libertador bajo el mando de una compañía profesional al estilo de EO, empresa que dejó de existir en 1999, tendría como meta capturar los principales campos petroleros, ejercer presión sobre bases y guarniciones hasta ahora invulnerables (por falta de una resistencia organizada) y neutralizar a actores irregulares como el ELN o los colectivos chavistas. Pronto la presión militar sobre un régimen débil sería apabullante.

 

Ni la escasez de hombres en armas ni la falta de recursos serían obstáculos insuperables para dicha fuerza libertadora, cuyos pocos profesionales de infantería serían de infinitamente mejor calidad que los miembros del ejército venezolano. En cuanto al dinero, se le podría ofrecer a la compañía encargada el gran incentivo de una concesión sobre las rentas petroleras durante varias décadas una vez derrocado el régimen chavista.

 

No sería la primera vez que mercenarios extranjeros liberan a Venezuela. Simón Bolívar llamó a los mil hombres de su Legión Británica los “salvadores de la América” y a Luis López Méndez, el encargado de reclutar a los mercenarios en Londres, “el verdadero libertador” de las nuevas naciones. Con algo de su usual hipérbole, Carlos Marx escribió que los miembros de la Legión Británica eran “más temidos por los españoles que diez veces el número de colombianos”.

 

Los venezolanos que exigen la libertad pueden forjar el destino de su país. Solo hace falta que actúen según las lecciones que les brinda su propia historia.  

 

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