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¿Miedo al Estado o Estado contra el miedo?

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Germán Burgos Silva, Ph.D

Profesor universitario. Investigador Asociado de Colciencias. Investigador ILSA.

 

Las relaciones entre el Estado moderno y el miedo se pueden plantear en dos vías. De un lado, este se ha concebido como una respuesta a una importante cantidad de miedos individuales y colectivos ligados a la idea de seguridad. Pero, igualmente, distintos enfoques teóricos, que van del liberalismo al marxismo han planteado el miedo que genera el Estado como tal. En otros términos, el miedo a aquel que según otros nos ayuda a enfrentar el miedo.

 

El miedo a los otros y a su oportunismo individualista y el miedo al futuro, parcialmente producto de dichos ámbitos de acción personal, permiten entender una gran parte de los fines del Estado. En efecto, los Estados modernos se han legitimado en cuanto dicen existir para protegernos frente a los ataques de diverso tipo de nuestros conciudadanos o de otros Estados agenciados igualmente por otros homo sapiens y, para ello, cuentan con aparatos armados permanentes y, generalmente, costosos y hoy privatizados. El miedo al otro también está expresado en la idea del Estado de derecho según la cual no debemos obedecer a los seres humanos y sí a las leyes, es decir, no es dable aceptar decisiones políticas procedentes de otros como nosotros, sino de una referencia abstracta llamada ley que, por lo demás, ha sido construida y es interpretada por otros seres humanos. En ambas situaciones, existe el temor al oportunismo del otro sea por la vía del eventual ataque, el robo, el fraude, el engaño, el abuso de poder, la extralimitación de funciones, la arbitrariedad. En últimas, la antropología negativa en torno del ser humano expresada desde Hobbes como sustento de los fines del Estado.

 

Pero la idea del miedo frente al incierto futuro, asociado de alguna forma al oportunismo de nuestros congéneres, tiene que ver con el terreno de lo estatal a propósito de la seguridad jurídica, social, alimentaria, ambiental, humana, etc. En efecto, el Estado se legitima finalísticamente en cuanto dice ser y parcialmente logra ofrecer estabilidad normativa respecto del marco jurídico monopolizado por él; generar de alguna forma sistemas de salud y jubilación de carácter colectivo; velar por el medio ambiente para evitar problemas de salud y/o de alimentos, etc. Ya las Naciones Unidas hace algunos años trataron de recoger este amplio terreno de la seguridad fundada en el miedo al futuro en la idea de seguridad humana que sintetiza, de cierta forma, todo lo anterior. El Estado, en cuanto antídoto a los miedos al otro y al futuro, es el remplazo o complemento de Dios en la Tierra según como se mire.

 

Ahora bien, si el Estado puede ser considerado como una respuesta a miedos individuales y colectivos, según ciertos marcos teóricos, él mismo infunde miedo. Ya el liberalismo clásico había dejado claro que el Estado, en cuanto actor de fuerza organizada, debe ser el último valedor de nuestras libertades individuales, pero, al mismo tiempo, dejó claro que puede ser su principal amenaza. En este sentido, y retomando a Bobbio, el Estado sería un mal necesario para el liberalismo. Por su parte, el marxismo ha planteado que el orden político estatal es un aparato de dominación de clase, que se funda finalmente en el miedo que genera vía su inevitable abuso de la fuerza en pos de la defensa del capitalismo. En tal sentido, la fuerza del Estado siempre será ilegítima. Con todo, la discusión sobre la legitimidad o no del Estado está directamente asociada a la vieja pregunta de San Agustín sobre qué diferencia al Estado de una banda de ladrones, siendo parte de la respuesta la idea que aquel está para ayudarnos a superar el miedo y no para hacerlo sentir. A pesar del intento jurídico de legitimar la fuerza, no podemos, finalmente, perder de vista que el Estado es simultáneamente un antídoto contra ciertos miedos que, a la vez, genera miedo.

 

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