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En memoria de Luis Carlos Sáchica Aponte (1928 - 2013)

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ÁMBITO JURÍDICO lamenta el fallecimiento del abogado constitucionalista Luis Carlos Sáchica Aponte, exmagistrado de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, de la Sala de Consulta y Servicio Civil del Consejo de Estado, excatedrático y excolumnista de esta publicación.

 

Como un homenaje a su memoria, compartimos con nuestros lectores el perfil titulado Luis Carlos Sáchica: el provocador intelectual, que se publicó en la edición 277 de la edición impresa.

 

Expresamos nuestras sentidas condolencias a los familiares y amigos de este eminente jurista.

 

 

Luis Carlos Sáchica: el provocador intelectual

 

Un pensador libre, que estimula la controversia intelectual. Así es Luis Carlos Sáchica, el precursor del análisis crítico del derecho constitucional colombiano.

 

Por Clara Juliana Neira Rueda

 

Desde su oficina en el piso 44 de la Torre Colpatria, Luis Carlos Sáchica Aponte divisa la ciudad que le dio sus más grandes satisfacciones laborales, con la nostalgia del maestro que considera sus 50 años en las aulas de Derecho como la mejor recompensa a una vida de estudio.

 

Bogotá fue el centro de su formación académica y testigo de una carrera en ascenso que envidiaría cualquier jurista. Sáchica ha ejercido la abogacía en todos sus campos de acción.              

 

Fue magistrado, profesor, investigador, árbitro, litigante, asesor y columnista. Tuvo experiencia política y administrativa. Y es uno de los autores de derecho constitucional más prolíficos del país.

 

Las generaciones de estudiantes que atendieron sus clases y las innumerables ediciones de sus libros respaldan el prestigio que ha distinguido a este abogado boyacense que, a sus 81 años, defiende sus convicciones con la lucidez extraordinaria que le permite su constante disciplina intelectual.

 

Sáchica fue juez y parte de la construcción de la ciencia jurídica colombiana y el responsable de imprimirle un sentido crítico al estudio del derecho constitucional, que va más allá de la exégesis, para evaluar el contexto que precede a la Carta Política.

 

Seguidor de Carl Schmitt y detractor de Kelsen, Sáchica se reconoce como un autodidacta, que tuvo que formarse a sí mismo para afrontar los retos que le impuso el azar.

 

La vocación

Su llegada a la cátedra fue producto de una de esas casualidades. 1953 marca el origen del educador y del autor memorable. Ese año, el destino quiso que Luis Carlos Sáchica se convirtiera en uno de los principales protagonistas de la historia del derecho constitucional colombiano.

 

Julio César García, el rector de la Universidad La Gran Colombia, le propuso que asumiera la cátedra de derecho constitucional en esa institución. “García me ofreció que continuara con el curso que dictaba Belisario Betancur, que tuvo que salir del país por su oposición a Rojas Pinilla. Yo me resistí, porque no me atraía la docencia, pero me convenció”.

 

Su trayectoria inicia con el descubrimiento de su vocación. Después de La Gran Colombia, Sáchica fue profesor de las universidades del Rosario, Externado de Colombia, de Los Andes, de La Sabana, Santo Tomás, Libre y Católica. Pero los recuerdos más gratos de su trayectoria académica se los dio la Universidad Nacional, donde estuvo 17 años. 

 

Un buen estudiante era el mejor incentivo que podía tener Sáchica como maestro. Así piensa Jorge Orjuela, su profesor auxiliar en el Rosario por más de 10 años y uno de sus grandes amigos: “El poder discrepar de lo establecido es lo más importante que uno aprende del doctor Sáchica. Él es un hombre dialéctico. Por eso, produce más cuando tiene un contradictor”.

 

¡Lo dice Sáchica!

A los 40 años, Sáchica tenía un prestigio profesional suficiente para ocupar las más altas dignidades del Estado. Había sido catedrático, escritor, diputado y Presidente de la Asamblea de Boyacá, Secretario de Hacienda de ese departamento, Vicecontralor de la República, contralor encargado y Superintendente de Regulación Económica.

 

Cuando se encontraba en este último cargo, fue llamado a integrar la Sala de Consulta y Servicio Civil del Consejo de Estado. A la Sala Constitucional de la Corte Suprema llegó siete años después, con la expectativa lógica que le generó su fama como doctrinante de esa área del Derecho.

 

“¡Imagínese cómo me pulí para mi primera ponencia!”, cuenta emocionado. “Hice un proyecto que pensé que iba a dejar ciegos a mis colegas. Cuando terminé de exponerlo, dos magistrados me felicitaron. El tercero, Sarmiento, un paisano mío, dijo: ‘perfecto el trabajo del doctor Sáchica, lástima que la norma demandada esté derogada”. Sáchica recuerda que, a raíz de ese incidente, ordenaron que el secretario revisara la vigencia de las disposiciones acusadas.

 

Una de las características más sobresalientes de Sáchica es su buen humor. Orjuela explica que la ironía y el sarcasmo nunca faltan en sus conversaciones. Y el verdadero humor se demuestra en la capacidad de reírse de uno mismo. En eso, Sáchica es campeón.

 

Con desparpajo, evoca anécdotas ajenas a su vida profesional, como su participación en un comercial de televisión. “Un ex alumno me propuso que me dejara grabar anunciando una nueva compañía de seguros. Yo consulté a mis hijos, porque se trataba de explotar mi apellido”. Con la autorización de la familia, se sometió a las jornadas de ensayos y de cambios de vestuario. Ejecutó su propio rol, el de maestro. Debía entrar a un salón de clase y escribir en el tablero: “Ningún contrato tiene la posibilidad de cumplirse a la letra, si no toma un seguro de la compañía”. Después, se oía la voz en off: “¿Quién lo dice? ¡Lo dice Sáchica!”.

 

“Muchos abogados se burlaron de mí. Decían que hice el comercial, porque no era capaz de ganarme la plata con la profesión. Pero lo que tenían era envidia. Ninguno pudo utilizar su nombre como usaron el mío. El único abogado que se dio ese lujo fui yo. ¡Sufran, muérdanse la lengua! ¡Lo dice Sáchica!”.

 

Un hombre de letras

“Mi experiencia se traduce en el lenguaje”. Así resume Sáchica su paso por la Rama Judicial, por la academia, el litigio y el periodismo. “Yo escribí de seis maneras distintas. ¿Qué importa en la sentencia? Precisión y claridad. En cambio, en los libros vale la sencillez para transmitir el conocimiento, porque se trata de instruir al estudiante”.

 

El estilo del periodista era otra cosa. “Cada una de mis columnas fue un ensayo mínimo sobre un tema, en el que cabía el humor, para llegarle a cualquier lector”. Como litigante, fue implacable. Sáchica se casaba con la causa del cliente, era polémico, agresivo. También desarrolló un estilo propio como árbitro y como redactor de varios proyectos de ley. 

 

Y sigue escribiendo. Ahora, trabaja en un libro en el que vuelve a cuestionar el derecho positivo y la manera en que ha perdido peso como consecuencia de la injerencia del derecho natural. También escribe literatura, aunque esos textos se los reserva.

 

La novela ha sido siempre su lectura preferida. “La gente cree que uno sólo lee los Anales del Consejo de Estado o la Gaceta Judicial de la Corte Suprema, pero yo sé más de novela que de Derecho. La prueba son los 8.000 libros que acumulé en mi biblioteca”. 

 

El paraíso de Sáchica son los libros y la universidad; su frustración, no haber sido un profesor de tiempo completo. “Ese es mi cielo. Vivir en una universidad inmensa, donde entro a clase, salgo y entro a otra, y sigo y no me canso nunca”.

 

Sáchica, que se formó a sí mismo leyendo a los grandes ideólogos de la filosofía política, confiesa que nació para ser maestro, para aprender cosas y enseñarlas. La lectura que más lo conmueve resume ese sentimiento. Se trata de la carta que le escribió Maquiavelo a su amigo Franceso Vettori, cuando perdió su empleo, por el regreso de los Médici a Florencia. Maquiavelo se trasladó al campo, donde pasó hambre y trabajos. Pero en la noche, se ponía sus mejores trajes, y volvía a su biblioteca, a debatir con los que consideraba sus iguales.

 

“... y así, ataviado honorablemente, entro en las cortes de los hombres de la antigüedad. Recibido de ellos amorosamente, me nutro de aquel alimento que es privativamente mío, y para el cual nací. En esa compañía, no me avergüenzo de hablar con ellos, interrogándolos sobre los móviles de sus acciones, y ellos, con toda humanidad, me responden. Y por cuatro horas no siento el menor hastío; olvido todos mis cuidados, no temo la pobreza ni me espanta la muerte”.

 

Sáchica, el lector insaciable, conserva ese hábito. Así es como su espíritu provocador se mantiene intacto.

 

 

Independencia académica

 

La publicación de Constitucionalismo colombiano, el primer libro de Luis Carlos Sáchica, significó el punto de partida de una revolución académica que llevó a analizar la norma jurídica no como origen, sino como resultado de la economía, de la sociología, de la política y de la religión.

 

Augusto Trujillo, director de la Revista de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, cree que las tesis de Sáchica significaron un cambio fundamental en el contenido de la pedagogía del derecho constitucional, porque permitieron superar la construcción institucional y le dieron paso a la formulación de unas concepciones críticas que ligaron el Derecho con la teoría del Estado y la Historia.

 

El constitucionalista Juan Manuel Charry opina que ese aporte tuvo origen en la independencia del maestro: “Él rescató los elementos propios del derecho constitucional. Se separó de la opinión extranjera, no tuvo temores ni le hizo falsas reverencias a ninguna institución”.

 

Jorge Orjuela, amigo de Sáchica, cree que la idea de que la realidad y el contexto determinan la Constitución fue lo que hizo que dejara la cátedra de derecho constitucional. Sáchica le atribuye esa decisión a sus convicciones teóricas. “En la última etapa de mi vida académica, preferí dictar ideas políticas, porque allí no estaba amarrado a un texto jurídico. Yo tenía un enfoque realista, que sabe que las normas las hacen los políticos. Mis autores favoritos, mis clases y mis libros fueron políticamente incorrectos, porque cuestioné la teoría pura del Derecho”.

 

 

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