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Javier Tamayo Jaramillo, el gran tratadista de la responsabilidad

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Foto: Cámara Lúcida

 

Tomo I: Parte general

La cantidad de lágrimas que derramó en el homenaje que le hizo la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, su alma mater; la Pontificia Universidad Javeriana y el Instituto Colombiano de Responsabilidad Civil, en octubre del año pasado, solo se compara con las miles de páginas de los libros jurídicos que ha escrito, y con los que se han formado centenares de abogados en las dos últimas décadas.

 

De tanto llorar, Francisco Javier Tamayo Jaramillo logró el mismo efecto en varios asistentes. El hombre de lágrima difícil no pudo doblegar su nostalgia al oír a familiares, amigos, colegas y discípulos diciéndole lo mucho que lo que querían y lo admiraban.

 

Para aliñar más el ambiente sentimental de un evento pensado para debatir sobre las tendencias de la responsabilidad civil, sonó la música que lo pone más melancólico de lo que es por naturaleza: los tangos.

 

Esas viejas canciones en un acontecimiento académico lograron su finalidad: bajar a Tamayo del pedestal de la erudición jurídica, para aterrizarlo en su mundo de recuerdos de éxitos profesionales alcanzados a puro pulso y después de superar una buena cantidad de dificultades que todavía le punzan el alma.

 

Y es que Tamayo tiene bajo su capa de jurista prestigioso una historia de dolores y alegrías que alcanzaría para escribir una obra como a él le gustan: varios tomos del tratado de un responsable que al comienzo de su vida lo que menos quería era estudiar y ser un modelo de disciplina académica.

 

Tomo II: Nociones básicas de irresponsabilidad

Quién iba a creer que la misma persona que escribió las 2.000 páginas de los dos tomos de El precedente judicial, las 2.400 de los dos tomos del Tratado de responsabilidad civil y las casi 3.000 en libros de responsabilidad médica, culpa contractual y acciones populares, entre otras, fue un joven envigadeño que desertó de sus estudios secundarios por mal estudiante.

 

Cuando llegó al grado octavo, le comunicó a su familia su primera gran decisión de adolescente disipado: “No quiero estudiar más”. Y su padre le informó de inmediato su condena: “Entonces, póngase a trabajar”.

 

Y Javier se puso a trabajar: administrando un café de malévolos y suicidas, como operario en una óptica, cargando bultos en una plaza de mercado, lavando sanitarios, de mensajero... en lo que podía conseguir un joven sin grado de bachiller. Pero nunca perdió su pasión por leer Filosofía y Literatura.

 

Eran los años sesenta. La época en la que sus amigos escuchaban a Elvis Presley y a The Beatles, mientras él prefería los tangos y la música popular que ponían en los cafetines que frecuentaba. Cuando los otros estaban a punto de ingresar a la universidad, él buscaba cupo en bares y con el sicoanalista.

 

¿Cómo el más culto e inteligente del grupo de amigos iba a desperdiciar su vida en la bohemia?, fue la pregunta que se hizo Carlos Ernesto Molina, uno de sus amigos de toda la vida y actual magistrado de la Corte Suprema de Justicia.

 

Finalmente, y ya con 20 años encima, Javier volvió a la educación formal. Así, terminó validando su bachillerato en la jornada nocturna, mientras en su vida ya pesaban grandes desventuras que marcaron su temperamento para el resto de su existencia.

 

Tomo III: El daño y la culpa

Encarrilado de nuevo en su verdadera vocación académica, Tamayo estudió Derecho en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Siempre fue el estudiante destacado, inquieto y contradictor de sus profesores.

 

Pero su brillantez académica estuvo acompañada de una historia llena de melancolía. A estas alturas, ya había sido diagnóstico con distimia, una enfermedad siquiátrica incurable, prima cercana de la depresión. Él la define como un dolor suavecito que siempre se carga en el alma, así existan mil motivos para estar feliz.

 

Al mismo tiempo que Tamayo brillaba en las aulas universitarias, se enamoró. Pero cuando cursaba el segundo año de Derecho, el que creía era el gran amor de su vida se ahogó en un paseo en el río Magdalena.

 

Vinieron dos años en los que la depresión y la distimia se agudizaron. Como no podía concentrarse en clase, se la pasaba encerrado en la biblioteca leyendo Filosofía del Derecho.

 

A pesar de tanto dolor acumulado, se graduó de abogado con honores. Comenzó a litigar como penalista, se volvió a enamorar, y también a sufrir por amor. Debido a ese duelo, se embarcó rumbo a Europa para continuar su preparación universitaria. En París (Francia), inició estudios en criminología, pero terminó con Derecho de Seguros en Lovaina (Bélgica).

 

En esta época, hacia finales de los setenta, pasó de ser un ratón de biblioteca a un ratón de laboratorio. Una farmacéutica le ofreció dinero para dejarse aplicar un nuevo medicamento, que querían probar en humanos. Y él aceptó. Durante cinco días, Tamayo estuvo encerrado en un hotel esperando el efecto adverso del ensayo. Pero nada pasó. Le pagaron 5.000 dólares, que destinó para recorrer Europa.

 

Ya graduado, experimentado y recorrido, volvió a Colombia. Inauguró su oficina de abogados y comenzó su carrera de jurista, por la que hoy es reconocido y recibe homenajes.

 

Tomo IV: La fuerza mayor

¿Cómo ha hecho Tamayo para alcanzar tantos logros?, se preguntan sus familiares y amigos entrañables. Para litigar con éxito. Para haber escrito tantos libros que se convirtieron en referentes académicos obligatorios. Para haber sido magistrado de la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema, de la que renunció pronto, porque se cansó de ser siempre el disidente, el de las tesis novedosas que siempre salvaba el voto (muchas de las cuales ahora son jurisprudencia pacífica) y porque no se adaptó al ambiente acartonado de las altas esferas del poder.

 

O para ser el profesor de pregrado y posgrados en un sinnúmero de universidades colombianas y extranjeras, en las que se ha hecho famoso por despalomado y por romper el hielo con sus estudiantes con su lenguaje desparpajado. Para preparar todas las conferencias a las que lo invitan. Para haber cazado una pelea contra el activismo judicial que le atribuye a la Corte Constitucional. Para defender sus tesis de teoría y filosofía jurídica en un momento de la vida en el que era más conocido por civilista que por teórico. Para ser uno de los paisas que más sabe de tangos. Y para que no le interese que la gente que no lo quiere le diga terco, soberbio, conservador, reaccionario.

 

Su esposa, Lucía Beatriz Gil, concluye que, por ser tan aburrido y disciplinado, ha aprovechado muy bien tiempo, pues lo que más hace en la vida es leer y escribir, escribir y leer.

 

Todo concluye en lo que sentencia el propio Tamayo: sus logros obedecen a que ha sido un consentido de la vida y, al mismo tiempo, un agradecido con ella. Y es cierto, así su cara siempre refleje ese dolor suavecito que lleva en el alma, a pesar de tener tantas razones para ser feliz.

 

 

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