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¿Quién quiere ser “Latinx”?

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¿Quién quiere ser “Latinx”?

Daniel Raisbeck

 

“El declive de un idioma tiene consecuencias políticas y económicas”, escribió George Orwell en 1946. A lo que se debe agregar que la política también puede ser una causa del deterioro del lenguaje.

 

Hoy, el esfuerzo por imponer palabras recién fabricadas o construcciones gramaticales forzadas y ridículas sobre una población indiferente es del todo político. Un ejemplo reciente es la insistencia en catalogar a la población hispana de EE UU como “Latinx”, una invención “neutral en cuanto al género” que, como se ha vuelto usual, surgió entre académicos practicantes de la corrección política antes de que la adoptaran celebridades, periodistas y políticos ansiosos por demostrar su sintonía con la moda intelectual. Por ahora, sin embargo, la población que el término pretende definir se rehúsa a adoptarlo.

 

Como reportó la revista Reason el pasado mes de noviembre, un sondeo nacional concluyó que solo un 2 % de los hispanos aprobaba la palabra “Latinx”, pese a ser este “uno de los términos favoritos de los activistas universitarios y de las facultades de estudios étnicos”. Una encuesta reciente del Pew Research Center confirmó la irrelevancia del término, el cual solo el 3 % de los hispanos usa para describirse a sí mismo. Una gran mayoría de la población hispana -el 76 % de los encuestados- ni siquiera ha oído la palabra “Latinx”, aunque el diccionario Merriam-Webster la incluyó en su edición del 2018 y la cadena de noticias CNN la usa regularmente.

 

Es irónico que, en inglés, el término Hispanic sea inclusivo y neutral en cuanto al género. Pero, como explica el estudio de Pew, la palabra generó “resistencia” en la década de los noventa, porque “demostraba una fuerte conexión con España”. Sin embargo, su reemplazo, el término “Latino”, no solo especifica el género, razón por la cual es repentinamente problemático, sino que escasamente se deshace de todo vínculo con España, mucho menos con el colonialismo europeo.

 

Como explicó el historiador John Phelan, uno de los primeros promotores del concepto de una “América Latina” como alternativa a la más antigua “América española” fue Michel Chevalier, un economista político francés decimonónico que, “ya en 1855 (...) había creado un programa geopolítico e ideológico que justificaba la expansión económica de Francia en América y el Lejano Oriente”.

 

El elemento “pan-latino” del proyecto era esencial, porque buscaba convertir a Francia en el líder de un bloque imperialista de naciones católicas que, junto a España y Portugal, resistiera el poder de los eslavos del oriente ortodoxo y de los anglosajones y germanos del norte protestante.

 

Aunque Chevalier desarrolló sus tesis después de la independencia de la mayoría de países iberoamericanos, consideró que “las naciones hispanas del Nuevo Mundo pertenecían al bloque latino-católico de la Europa meridional”. Como tal, no solo promovió la construcción francesa de un canal interoceánico en Centroamérica, sino que también fue “el principal apologista de la expedición mexicana del Emperador Napoleón III” en 1861, tras la cual los franceses derrocaron al presidente nacionalista Benito Juárez y convirtieron al príncipe austríaco Maximiliano de Habsburgo en el efímero Emperador de México. Todo esto ocurrió, escribe Phelan, “en medio de una gran descarga propagandística a favor del pan-latinismo”.

 

Mientras que la conversión de los iberoamericanos en “latinos” fue un resultado del imperialismo francés en el siglo XIX, el término “latino” rechaza a la España moderna solo para acoger -de una manera muy extraña- al Imperio Romano. Los franceses querían que los parlantes de castellano y portugués de las Américas fuesen “latinos”, dado el origen lingüístico de los idiomas romances. Y fueron, por supuesto, las legiones romanas -no exactamente pacifistas afines a la corrección política- quienes conquistaron la Península Ibérica y las Galias (luego Francia y Bélgica) e impusieron ahí la lengua de Lacio. Esto significa que usar términos como “latino”, “latina” o inclusive “Latinx” para distanciarse del colonialismo europeo requiere tener un sentido del humor.  

 

De manera contraria, “Hispania”, el nombre de la Península Ibérica en latín, posiblemente tiene raíces autóctonas ibéricas. No obstante, aún se debate el asunto y varios filólogos han sugerido que el origen de la palabra es más bien fenicio. Es curioso, sin embargo, que una mayoría parezca intuir el carácter espurio de la cuestión. Como reporta Pew, “la mitad de los estadounidenses que rastrea sus orígenes a la América Latina hispanohablante y a España ha dicho constantemente que no tiene preferencia entre ‘hispanos’ y ‘latinos’ como términos para definir al grupo. Y cuando se escoge un término en vez del otro, la palabra ‘hispano’ se antepone a ‘latino’”.  

 

En cuanto a “Latinx”, es evidente que, según los dictámenes de la moda progresista, entre más artificial y carente de sentido sea el lenguaje, mejor. Como escribió Orwell, el idioma “se vuelve feo e inexacto porque nuestros pensamientos son tontos, pero el descuido del idioma nos facilita pensar tonterías”.

 

Etcétera

22 de Septiembre del 2020
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