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El peligro de la deuda estadounidense

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El peligro de la deuda estadounidense

Daniel Raisbeck

 

Pese a los múltiples temas de debate que surgieron en la actual campaña presidencial en EE UU, ninguno de los candidatos principales puso énfasis en un asunto que puede ser el más peligroso de todos. Concretamente, la combinación entre la acumulación de la deuda más alta de la historia y una política monetaria explosiva ha creado las condiciones para una tormenta económica de una magnitud no vista en décadas recientes.

 

Al final del segundo trimestre del 2020, el nivel de la deuda de EE UU como porcentaje del producto interno bruto (PIB) fue de un aterrador 136 %, comparado a un ya alarmante 106 % del PIB que debía el país al final del año pasado. En el 2013, EE UU pasó el peligroso umbral donde una nación debe más de lo que produce anualmente su economía, según cifras de los autores Kimberly Amadeo y Michael J. Boyle. 

 

El último precedente histórico comparable surgió como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. En 1946, la deuda equivalió a un 118 % del PIB de EE UU, pero el monto se redujo en los años siguientes en medio de la bonanza de la posguerra. En 1974, el país debía el 31 % del PIB, el menor nivel desde 1931.

 

Aunque sucesivos gobiernos de ambos partidos endeudaron más al país, esto sucedió de manera incremental. En cambio, bajo la administración de Barack Obama, hubo una explosión de la deuda. Mientras que el último presidente demócrata encontró a EE UU debiendo el 68 % del PIB al posesionarse en el 2009, dicha cifra creció hasta el 104 %, en el 2017, cuando Obama entregó el poder. Porcentualmente, este fue el mayor incremento bajo un presidente desde el mandato de Franklin Delano Roosevelt, quien gobernó entre 1933 y 1945, aumentando la deuda desde un mero 40 % del PIB hasta un 114 % en el último año de la guerra.

 

Bajo Donald Trump, la deuda medida frente al PIB ha aumentado más del 30 %, aunque la mayor parte de este incremento se dio en los últimos meses como resultado de la pandemia. Por ende, no es difícil imaginar por qué ni al presidente Trump ni a Joe Biden, antiguo vicepresidente de Obama, les interesa mucho hablar de los abrumadores niveles de deuda en sus debates y otros eventos de campaña.

 

En el siglo XVIII, Benjamín Franklin advirtió que acumular deudas significa entregar la libertad. Hoy, sin embargo, numerosos opinadores aseguran que el endeudamiento extremo es de poca relevancia para el país, una tesis usualmente defendida con alusiones a las ínfimas tasas de interés del momento. Pero lejos de ser algo positivo, la reducción de las tasas de interés a niveles cercanos al 0 % y la drástica expansión del crédito revelan un profundo malestar en la economía y en los mercados financieros.

 

Como escribe el inversionista Seth Klarman, director del fondo Baupost Group, la Reserva Federal “ha infantilizado a los inversionistas con su implacable actividad” de intervención en los mercados. El banco central no solo ha reducido las tasas de interés e inyectado liquidez al sistema monetario como reacción al desplome de la bolsa, sino que también ha recurrido a la compra directa de bonos corporativos de empresas grandes e ilíquidas. El economista David Rosenberg, a quien cita Klarman, declara que la Reserva Federal “distorsiona los mercados de riesgo en una escala nunca antes vista. Se mofan del capitalismo al rescatar a los perdedores. El sistema está roto”.

 

El rescate de grandes empresas al borde de la extinción es una continuación de las políticas del 2008 y 2009. Entonces, el gobierno federal salvó a bancos y compañías automotrices; en el 2020, fue el turno de las aerolíneas. Como comenta el autor Nassim Nicholas Taleb, esta manera de colectivizar las pérdidas privadas no es más que una versión corporativista del socialismo.  

 

La raíz del problema es la intervención monetaria. En el 2009, Mark Spitznagel, gestor del fondo de cobertura Universa Investments, se refirió a las tesis de Ludwig von Mises, el economista austríaco, para recordarles a sus lectores que “sin interferencias, las tasas de interés se ajustarían de tal manera que la oferta y la demanda determinarían la cantidad de crédito requerido”. Pero cuando un banco central sobrepasa tales límites e inunda a los mercados con crédito, “empiezan a ocurrir cosas grotescas”. 

 

Castigar el ahorro e impulsar el consumo crea mayores niveles de empleo, salarios y crecimiento, pero únicamente en el corto plazo. Y cuando las tasas de interés artificialmente bajas dirigen las inversiones hacia empresas endebles e insostenibles, explica Spitznagel, el gobierno “crea las condiciones para un derrumbe bursátil”.    

 

En el mundo financiero, las acciones dicen más que las palabras. Al invertir en contra de un mercado que consideraba inflado más allá de toda proporción, el fondo de Spitznagel obtuvo un retorno del 4.144 % en el primer trimestre del 2020.

 

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