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China y EE UU: ¿una guerra inevitable?

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China y EE UU: ¿una guerra inevitable?

Andrés Mejía Vergnaud

 

¿Están destinados China y EE UU a terminar enfrentándose en un conflicto bélico? La respuesta a esta pregunta, nos dice el profesor de Harvard Graham Allison, la encontraremos en un texto del siglo V a. C., y en especial en este pasaje: “Fue el ascenso de Atenas, y el temor que ello causó en Esparta, lo que hizo que la guerra fuera inevitable”.

 

El texto al que Allison se refiere es uno de los más grandes clásicos del pensamiento occidental. A él hemos tenido ya oportunidad de referirnos antes en esta columna: Historia de la Guerra del Peloponeso, escrito por Tucídides, testigo de dichos tiempos, e historiador riguroso además de analista. Y a esa circunstancia que describe el pasaje le da Graham Allison el nombre de “trampa de Tucídides”, y alrededor de ese concepto construye su nuevo libro, en el cual se pregunta si es inevitable una guerra entre China y EE UU. El libro, publicado hace pocos meses en inglés, seguramente estará pronto en español. Su título original es Destined for War: can America and China Escape Thucydides’s Trap? (Destinados a la guerra: ¿pueden Estados Unidos y China escapar a la trampa de Tucídides?).

 

Allison, profesor de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, y autor de libros como La esencia de la decisión y Terrorismo nuclear, define la trampa de Tucídides como aquella situación en la cual una potencia en ascenso empieza a desafiar la preeminencia de una potencia ya establecida. En palabras del autor: “La trampa de Tucídides se refiere a la perturbación, natural e inevitable, que ocurre cuando una potencia en ascenso amenaza con desplazar a una potencia dominante”. Y Allison tiene la convicción de que, en la mayoría de los casos, este tipo de situaciones terminan produciendo enfrentamientos bélicos: “En los últimos quinientos años, ha habido dieciséis ocasiones en las cuales una potencia en ascenso ha amenazado con desplazar a una potencia dominante. En doce de esos casos el desenlace fue guerra”. Pero advierte el mismo autor que ello no es de ninguna manera un destino inexorable: de hecho, en la muestra que él examina hay cuatro casos que no condujeron a la guerra, y hay razones importantes: “En los cuatro casos en los que se evitó este desenlace, fue solo gracias a que se hicieron ajustes grandes y dolorosos en las actitudes y en los actos tanto del desafiante como del desafiado”.

 

La preocupación de Allison es honda. En primer lugar, percibe que con el ascenso de China se está configurando una típica trampa de Tucídides: la supremacía de EE UU como potencia queda cuestionada a medida que China gana más y más poder, tanto económico como militar. Y si la historia sirve de guía, la probabilidad de que ello conduzca a una guerra no es despreciable. Y esta preocupación se multiplica si consideramos que este no es simplemente otro caso típico de la trampa de Tucídides, sino que es un caso acentuado. Acentuado por la rapidez y las dimensiones del ascenso de China. Allison dedica la primera parte del libro a describir con cifras y datos este ascenso, y el lector no puede más que quedar asombrado. Prácticamente en todo aspecto, desde el tamaño mismo de la población y la economía, hasta la construcción de infraestructura, pasando por el desarrollo de ciudades, los lazos comerciales, la investigación científica y el desarrollo universitario, China no solo crece y crece muy rápido, sino que está ya cerca de sobrepasar a EE UU, o lo ha sobrepasado. El autor recuerda las palabras proféticas de Napoleón, quien decía que era preferible dejar dormir a China, porque cuando ella despertara sacudiría al mundo. Y también recuerda las palabras de Lee Kwan Yew, el famoso déspota ilustrado que durante tres décadas gobernó a Singapur, y quien tal vez fuera el mayor conocedor y experto sobre el milagro chino; su opinión, citada por Allison, es esta: “No crean que China es simplemente otro gran actor: será el más grande actor en la historia del mundo”.

 

Día tras día, los sucesos parecen darle la razón a Lee Kwan Yew y a Graham Allison. Apenas hace pocas semanas, en el XIX Congreso del Partido Comunista, Xi Jinping, el jefe del gobierno chino, anunció en su discurso que China ya se siente lista para proyectar su poder e influencia como nuevo gran actor del orden mundial, y de hecho invitó a los demás países a que sigan su modelo político y económico. Hay esperanza de que esta transición pueda ser bien manejada. Pero es imposible ignorar el riesgo. Más cuando China se hace consciente de su poder, y del derecho que tiene a ejercerlo. Y sus líderes no olvidan la enseñanza de Mao, según la cual el poder nace del cañón del fusil.  

 

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