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‘Versailles’ en Netflix

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‘Versailles’ en Netflix

Andrés Mejía Vergnaud

andresmejiav@gmail.com

 

Versailles, una serie de BBC Two sobre Luis XIV de Francia, sobre su reinado, y sobre su obsesión con construir aquel magnífico palacio a unos veinte kilómetros de París, está disponible en Netflix, y vale la pena verla.

 

Por supuesto, Versailles es una serie histórica, y sobre este tipo de series, como sucede con el mismo tipo de películas, está siempre abierto el debate sobre cuán importante es en ellas la precisión histórica. A mí me encantan las películas históricas y las series históricas, y podría decirse que soy ávido consumidor de ellas. Y para mí la precisión tiene importancia, pero en un sentido muy especial: me siento muy mal, y a veces soy incapaz de continuar viendo una serie histórica o una película, si en ella hay imprecisiones notables en asuntos como la ambientación física e histórica, el vestuario, el lenguaje y las maneras. No soporto aquellas películas históricas donde los personajes aparecen hablando con modismos propios de nuestro tiempo, o donde se cometen errores manifiestos de contexto.

 

Cosa diferente pasa con respecto a la precisión en los hechos y en los personajes: cumplido el requisito anterior, el de la exactitud en los contextos, no siempre exijo de una serie o de una película precisión absoluta en cuanto a los hechos y a los personajes. ¿En qué casos lo demando? En aquellos casos en los que la producción sí reclama ser una narración fiel de los hechos, y asume como propósito transmitir, narrar o retratar un hecho histórico sin variación alguna frente a lo que las investigaciones históricas nos dicen sobre él. Pero hay casos en los que una serie o una película, incluso si tiene como propósito comunicar una realidad histórica, admite por razones narrativas o artísticas alguna variación frente a los hechos originales, y -esto es lo más importante- así lo declara desde el principio. Disfruté y volvería a disfrutar 10 veces de Dunquerque, no importa si el peso que allí se da al papel que cumplieron las pequeñas embarcaciones civiles es un poco exagerado. Disfruté y volvería a disfrutar cien veces de Las horas más oscuras, a pesar de grandes desviaciones como la famosa (y maravillosa) escena de Churchill en el metro, cosa que no ocurrió y que además es ajena al carácter de un conservador aristocrático empedernido como era el Primer Ministro británico.

 

A esta última categoría pertenece Versailles. Por razones narrativas, la producción incorpora algunas variaciones frente a la historia, y así lo hace saber la misma BBC Two en la página web de la serie, donde enumeran y explican cuáles elementos son de ficción narrativa. Y muy bien les quedaron esos elementos, el más prominente de ellos el jefe de policía Fabien Marchal, que si bien es una invención, retrata la manera como se ejercía el poder en un mundo lleno de conspiradores.

 

Versailles, en espíritu, retrata muy bien la época, las intenciones y los hechos de Luis XIV (1638-1715). Este rey de la dinastía borbónica es, si no me equivoco, el soberano que más tiempo ha reinado en occidente (72 años). Heredó la corona a los cuatro años de edad, y durante su infancia gobernaron su madre y el cardenal Mazarino. Ya como soberano en ejercicio, la larga obra de Luis XIV tiene un tema en común: la gradual concentración del poder en el gobierno central. Esto, que hoy llamamos absolutismo, fue un paso en la creación del Estado moderno, y fue un paso que se dio primero que todo en Francia. Empezó a darse mucho antes, en la baja Edad Media, durante el reinado de Felipe IV. Pero fue Luis XIV quien más intensificó esa política de acabar con la dispersión del poder: en su caso, quiso sobre todo irles quitando poder a los nobles: estos, desde el feudalismo medieval, eran centros por sí mismos de poder, y ello impedía la consolidación de una entidad política central, cada vez más necesaria para desarrollar políticas estructuradas en medio de un mundo que se desarrollaba rápidamente, y cuya población crecía en número y expectativa de vida. Una entidad política como el Sacro Imperio Romano Germánico, compuesta por numerosos principados que, como dice Voltaire, se recorrían en media hora, ya empezaba a hacer agua, y a incubar a lo que serían gigantes como Austria y Prusia. Pero fue Luis XIV quien dio los pasos decisivos en Francia: no en vano la célebre frase que se le atribuye: “El Estado soy yo”.

 

Versailles se enfoca bastante, por razones también narrativas, en las conspiraciones palaciegas y en la desenfrenada vida sexual de los reyes, príncipes y nobles. Nobles estos a los que Luis obligó a irse a vivir a su nuevo palacio afuera de París, para que se dedicaran allí el día entero a jugar cartas, oír música y tomar vino. Una jaula de oro, pues al entrar allí iban quedando en manos de Luis.       

 

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