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Trampas de la autoayuda

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Trampas de la autoayuda

Andrés Mejía Vergnaud

 

El pasado 29 de enero me llamó la atención algo muy interesante en Twitter. Una cuenta llamada @SecretOfCrypto había publicado el 27 de enero un tweet con una fotografía: en ella se ve una modesta oficina, casi como de estudiante: un escritorio sencillo, nada de decoración, una ventana sin vista, y muchos cables enredados. Un hombre calvo de aspecto también sencillo está en el escritorio trabajando. Y en una pared, un letrero hecho con aerosol sobre algún pedazo de papel o de tela dice “amazon.com”. El texto del tweet dice lo siguiente: “Jeff Bezos en 1999. La próxima vez que sientas que ya no puedes más o que te quieres rendir, piensa en esto”.

 

Jeff Bezos, recordemos, es el fundador de Amazon, y hoy es el hombre más rico del mundo. La intención del tweet es clara: al mostrarnos cómo aquello que hoy es grande alguna vez fue humilde, nos anima a seguir adelante cuando enfrentemos dificultades, y cuando nuestros proyectos parezcan débiles o insignificantes. Basta pensar que esa empresa, entonces modesta, es un gigante que ha revolucionado al mundo. Y que ese hombre, a quien vemos ahí trabajar en condiciones francamente poco glamorosas, y que podría ser cualquiera de nosotros, es poseedor de una fortuna de 116.000 millones de dólares. Impresionante.

Pero lo que me llamó la atención no fue este tweet. Como ese hay muchos, y abundan en todo formato: historias de motivación que nos llaman a no desfallecer, y para ello usan como ejemplo a personas que empezaron de cero, o que tuvieron orígenes humildes, o que alguna vez enfrentaron una gran dificultad. El desafío entonces se resume así: si esta persona logró salir adelante y ser exitosa, no tienes por qué quejarte de tus dificultades actuales. Se trata, repito, de un mensaje que vemos por todas partes y con múltiples ejemplos distintos. Casi ya un cliché.

 

Lo que me llamó la atención, entonces, fue una respuesta a este tweet. Un hombre llamado Ogbeni Dipo (@OgbeniDipo), nigeriano, comenta el tweet con estas palabras: “Estudió en una de las mejores universidades del mundo. Tuvo un empleo de alto nivel en Wall Street. Construyó una fantástica red global de contactos. Sus padres invirtieron más de $ 300.000 dólares. Creció en una familia de clase alta. Contemos siempre la historia completa”.

 

Sería absurdo negar que Jeff Bezos es un genio, y que Amazon, su invención, es una de las mayores revoluciones de la historia empresarial. Pero al contextualizar mejor la foto, ya no vemos en ella a un hombre cualquiera trabajando en una oficina sencilla; ya no vemos a quien podría ser cualquiera de nosotros. Vemos a un hombre nacido en las clases altas, con acceso a la mejor educación, que estudió en una de las grandes universidades del mundo (Princeton), que trabajó en dos firmas de Wall Street en las que ganó mucho dinero, y que inició su empresa, no de la nada, sino gracias a una inversión muy generosa de sus padres, cosa con la que solo muy pocas personas cuentan. Nada de lo cual le quita mérito: son su inteligencia, su capacidad, su carácter visionario y su tenacidad lo que le han llevado al lugar donde está hoy. Pero pretender, de manera engañosa, convertir esa fotografía en un mensaje de alcance general, que pueda llegar a todos y ser aplicable a todos, es transmitir la falsa idea de que lo único que se necesita para lograr el éxito es voluntad. Falsedad esta que suele estar en el núcleo de la mayoría de los mensajes, libros y videos que componen el mundo de la autoayuda.

 

Y como en ese mundo se comercian falsedades por doquier, y ellas se venden con la máscara de mensajes inspiradores como el que aquí estamos comentando, suele ocurrir un efecto (el cual, por cierto, entiendo que está documentado en estudios empíricos): el de los consumidores de autoayuda que no logran el éxito que se les prometió, ni los resultados que querían, a pesar de que le pusieron toda la fe, la energía y la tenacidad que el libro de turno o el conferencista de turno sugerían. Y no lo lograron por uno de muchos factores, ajenos a su voluntad: por dificultades objetivas, por decisiones erróneas, porque su idea no gustó en el mercado, y porque un hecho natural del mundo de los negocios es el de que la mayoría de emprendimientos finalmente fracasan. La persona se culpa a sí misma, y suele caer en un estado de gran desmotivación.

 

¿Está mal entonces compartir las historias de los grandes y los exitosos, con el fin de ayudar a otros en sus empeños? Claro que no. Pero habría que compartirlas contando toda la verdad, de modo que, en cada caso, el lector pueda analizar con enfoque crítico cuáles fueron las condiciones que permitieron o que llevaron al éxito. Lo contrario es una cruel estafa.

 

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