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Suicidios famosos de la antigüedad

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Suicidios famosos de la antigüedad

Antonio Vélez

 

Para la biología, la ciencia de la vida, el suicidio es una especie de contradicción. Todas las formas vivas luchan incansablemente por vivir y reproducirse, así que el suicidio acaba con la aspiración a dejar múltiples semillas para el futuro. La evolución ocurre precisamente por la sobrevivencia de los más aptos, es decir, de los mejores, y estos no son propiamente los suicidas. Pero se dan a veces circunstancias en la vida de los humanos en que es preferible acabar con ella que prolongarla. Una enfermedad dolorosa e incurable o una decepción desmoralizadora pueden acabar con el deseo de seguir viviendo. No sabemos aún si el suicidio se da entre las especies animales, pero en los humanos ocurre con frecuencia.

 

La historia conserva el registro de suicidios, cuando estos ocurren entre los personajes notables. Y la lista es grande. Se conserva aún la historia de Periandro (siglo VI a. C.), uno de los siete sabios de Grecia. Pensó en quitarse la vida, pero temía que sus enemigos descuartizaran su cadáver. Entonces escogió un lugar apartado del bosque y encargó a dos militares de asesinarlo y enterrarlo allí mismo. Encargó también a otros dos militares de seguir y asesinar a los dos asesinos, y luego enterrarlos un poco más lejos. A su vez, otros dos asesinos debían seguir a los dos anteriores, asesinarlos y enterrarlos un poco más lejos. Y así sucesivamente, una lista seriada de asesinos que a su vez serían asesinados, lo que aseguraría que el cadáver del cuidadoso Periandro permanecería seguro en su lugar de sepultura. Se trataba de una masacre, un asesinato en serie y numeroso. No sabemos cuántas vidas costó el asesinato colectivo ni sabemos nada de la suerte final del cadáver del previsivo Periandro.

 

Demóstenes fue famoso en Grecia como orador, a pesar de ser tartamudo. El emperador Antipatro de Macedonia, quien regía los destinos de Grecia en la época del famoso orador, hizo aprobar un decreto que lo condenaba a muerte por considerarlo un peligroso agitador político. Demóstenes, al enterarse del decreto, se suicidó en el templo de Poseidón de Calauria, tomando veneno. Otro renombrado político griego, Sócrates, fue condenado a ingerir cicuta, pues se creía que sus discursos corrompían la juventud y, además, por incrédulo, pues no creía en los dioses de ese momento. 

 

El filósofo romano Séneca realizó un intento de envenenamiento, después de ser acusado de haber participado en la famosa conjura de Pisón, contra Nerón. Cuando Séneca se enteró de la sentencia, se cortó las venas en brazos y piernas. Al ver que su muerte no ocurría con la rapidez esperada, pidió cicuta, y tampoco obtuvo la muerte que esperaba. Moribundo, entonces, pidió que lo llevaran a un baño caliente, donde murió asfixiado por el vapor, debido a que era asmático.

 

Cleopatra, reina de Egipto y amante de Julio César y Marco Antonio, se suicidó después de la derrota de su ejército al enfrentarse al de Octavio, en Alejandría. Temía la reina que, después de la derrota, la tomaran prisionera y la llevaran a Roma para exhibirla como trofeo de guerra. Para su suicidio bebió una mezcla de cicuta, acónito y opio. Algunos historiadores dicen que murió por la mordedura de una serpiente, lo que probablemente era mentira. 

 

Eratóstenes, filósofo y astrónomo griego, es famoso por haber calculado por primera vez el radio de la Tierra. Cuando contaba casi 80 años, quedó ciego, lo que lo indujo al suicidio. Y lo hizo de una manera bien particular: dejó de comer hasta morir. Más tarde se descubrió que no era verdad: Eratóstenes padecía de depresión y era adicto a la cocaína, de la cual abusó hasta morir.

 

Terminaremos esta lista se suicidas famosos de la antigüedad con la historia de Nerón. El emperador se suicidó anticipándose a los mandatos del senado romano, que lo condenó a morir, debido a sus desmanes y a sus extravagancias, así que decidió anticiparse a la condena. Sacó su daga e intentó quitarse la vida, pero le tembló la mano y no pudo, o no supo. Pidió entonces a Epafrodito, un liberto que trabajaba para él, que le ayudase a morir. Dicen que entonces Nerón exclamó: “¡Júpiter!, un gran artista muere conmigo”. El liberto le clavó un puñal en la garganta hasta verlo morir. Y el mundo se liberó por fin de semejante artista basura. Era el jueves 9 de junio del año 68 d. C.

 

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