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Subir con Lasso, caer con Castillo

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Subir con Lasso, caer con Castillo

Daniel Raisbeck

 

El pasado 11 de abril, fue un gran día para el libertarianismo en el mundo de habla hispana. Los medios de comunicación describieron a Guillermo Lasso, el ganador de la elección presidencial en Ecuador, como un conservador. Esto es cierto en cuanto a sus creencias y valores, algo que refleja, por ejemplo, su pertenencia al Opus Dei. Las políticas económicas con las cuales Lasso ganó la presidencia, sin embargo, son netamente liberales. 

 

Contrario a las tesis que circulan en Colombia, según las cuales es necesario adoptar posturas colectivistas para derrotar al colectivismo en las urnas, Lasso presentó una agenda indiscutiblemente contraria al socialismo: recortes de impuestos y del gasto público, incrementos en la producción petrolera, más tratados de libre comercio con el resto del mundo y la eliminación del impuesto a la salida de divisas. Esta última propuesta fue de particular importancia, ya que su rival, Andrés Arauz, había publicado un plan para usar el control de divisas como método para desdolarizar a Ecuador, medida a la cual se opone un 88 % de la población del país.

 

Mientras se confirmaba definitivamente el triunfo de Lasso, Hernando de Soto, un economista prolibre mercado y sin experiencia previa como candidato político, ocupaba el segundo lugar en las elecciones peruanas y clasificaba al balotaje. En 1986, de Soto publicó El otro sendero, obra que, como escribió Mario Vargas Llosa en su prólogo, demuestra por qué el problema de la informalidad en los países pobres no son los trabajadores informales, sino las disfuncionales y frecuentemente corruptas burocracias del Estado. Estas aseguran que la formalización empresarial y los derechos de propiedad sean privilegios de los actores económicos establecidos y de los grupos con influencia política.

 

Como escribió de Soto en la revista Reason, en el 2001, la ilegalidad de los empresarios informales “normalmente se percibe como un asunto ‘marginal’. En realidad, la legalidad es marginal, mientras que la informalidad se ha convertido en lo común”.

 

Al argumentar que la falta de derechos de propiedad es la causa principal de la pobreza en gran parte del mundo, de Soto revolucionó el pensamiento acerca del desarrollo económico. Esto también lo convirtió en un objetivo militar de los comunistas de Sendero Luminoso, grupo terrorista que, con sus amenazas y atentados en su contra, le rindió a de Soto, tal vez, su mayor halago.   

 

Pero el éxito electoral que tuvo de Soto resultó ser ilusorio; un día después de la elección, lo sobrepasó en el conteo de votos Keiko Fujimori, quien se disputará la presidencia en segunda vuelta con el ganador de la primera, Pedro Castillo. En su programa de gobierno, este líder sindical del magisterio peruano exalta al marxismo-leninismo en nombre de su movimiento, Perú Libre. También rinde pleitesía al legado de Vladimir Lenin y de Fidel Castro y llama a abolir la actual Constitución peruana, a nacionalizar los “sectores estratégicos” de la economía, a “regular” la libertad de prensa y a planificar centralmente la actividad económica a través de un Estado “interventor” y “protector”. Tras su victoria en primera vuelta, Castillo también prometió que expulsaría del país a los inmigrantes ilegales en cuestión de tres días.

 

En el 2011, Ian Vásquez, del Instituto Cato, describió a Perú como “una democracia librecambista e incrementalmente exitosa”. Tal es el peligro que representa Castillo para los sólidos avances económicos del país durante las últimas décadas –Perú redujo su tasa de pobreza desde un 54 % hasta un 30 % entre el 2001 y el 2011– que Vargas Llosa decidió apoyar públicamente a Keiko Fujimori, hija de su rival en la determinante elección presidencial de 1990.

 

Vargas Llosa aclara que ha “combatido al fujimorismo de manera sistemática”. Recuerda que la actual candidata no solo participó directamente en la dictadura de su padre, sino que se benefició de ella y, posteriormente, del dinero de Odebrecht, cuyo escándalo de corrupción sacudió la política en Perú más que en cualquier otro país, salvo Brasil. No obstante, escribe Vargas Llosa, Fujimori “representa el mal menor y hay, con ella en el poder, más posibilidades de salvar nuestra democracia, en tanto que con Pedro Castillo no veo ninguna”. 

 

Hasta el momento, sin embargo, tales intervenciones han sido poco efectivas. Según la primera encuesta que mide la intención de voto para la segunda vuelta, Castillo le ganaría cómodamente a su contrincante, algo que tal vez no debe sorprender, dado el alto nivel de rechazo que genera la familia Fujimori en el país.

 

La fuerte posibilidad de que Castillo sea el próximo presidente de Perú, con un mandato directo para instaurar el marxismo-leninismo en el país vecino, me recordó mis antiguos colegas que, en el 2017, huyeron de Venezuela para buscar nuevas oportunidades en Lima. No deja de ser sabio aquel tuit “viral” que equipara el emigrar dentro de Latinoamérica a cambiar de camarote dentro del Titanic.

 

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