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Sesgo causal

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Sesgo causal

Antonio Vélez M. 

 

Uno de los rasgos más notables de la mente humana es la propensión a establecer relaciones de causalidad. Basta que el efecto y su pretendida causa aparezcan muy próximos en el tiempo o en el espacio, para que se invente un lazo causal.  

 

Y esto corresponde a potentes algoritmos grabados en la red neuronal desde tiempos antiguos, cuando la racionalidad no había hecho su aparición. Una creencia comienza por asociar dos fenómenos, F y G, que ocurren en sucesión. A partir de ese momento, si ocurre F, el cerebro espera que ocurra G, y acierta muchas veces. Pero también falla: en 1618 aparecieron (fenómeno muy improbable) tres cometas en el cielo, bien visibles. Casualmente, en ese año se inició la llamada Guerra de los treinta años. Anótese que los casinos basan parte importante de sus ingresos en falsas asociaciones de sus clientes. 

 

Después de un tiempo de no presentarse la secuencia FG, la pretendida relación entre ellos se va extinguiendo. En cambio, si G de nuevo sigue a F, cada vez será más difícil persuadirnos de que no existe relación entre los dos fenómenos. Entonces la superstición toca a nuestra puerta. De allí que los algoritmos de interpretación del mundo se conviertan tantas veces en fuente generosa de supersticiones. 

 

Un alimento nuevo y los trastornos digestivos que le sigan siempre deben enlazarse causalmente para no beber dos tazas del mismo caldo. La supervivencia del hombre primitivo dependió del mecanismo que grababa con firmeza en la memoria esas supuestas duplas de causa y efecto, de tal suerte que luego fuese fácil reconocerlas para evitar consecuencias nefastas.  

 

La falla consiste en el abuso frecuente que hacemos del mecanismo de anticipación, característica programada en los genes y llamada sesgo causal. 

 

Tal vez la ventaja adaptativa que confiere sea aquella que la sabiduría del pueblo ha condensado en la fórmula “es mejor prevenir que curar”. Vale la pena destacar que la tendencia a establecer relaciones causales también está programada en la mente de algunos animales. Por esto un perro no vuelve al lugar donde lo caparon.  

 

Tendemos a considerar que las coincidencias son las huellas visibles de leyes misteriosas o, como decía alguien, a confundir siguiente con consecuente. He ahí en acción el llamado principio de causalidad, tan útil en la ciencia como en la vida diaria, pero utilizado por nosotros de manera abusiva. Y fue precisamente su utilidad en la vida corriente primitiva el motivo por el cual la evolución lo incorporó entre el conjunto de funciones cognitivas automáticas de la mente humana. 

 

La memoria animal colecciona lo raro; lo común y habitual lo pasa por alto, de lo contrario terminaríamos llenos de recuerdos inútiles. Esta operación selectiva de la memoria es la que sirve de apoyo a las populares leyes de Murphy: ¿por qué la tostada cae siempre con el lado de la mantequilla contra el suelo? Una queja debida a que llevamos mal las cuentas, en que no contabilizamos aquellas ocasiones en que la mantequilla se queda mirándonos. Son eventos mudos. Otra queja murphiana muy común es que siempre en el supermercado hay una fila de espera que se mueve con mayor rapidez que la nuestra. Steven Pinker nos explica: “Porque hay varias”. Y, ¿por qué al cambiarnos para la fila que se muestra más rápida, esta deja de serlo? Porque hay varias, contesta Pinker. 

 

Ese “vicio causal” de la mente humana, importante para la supervivencia y génesis de avances científicos, también es la génesis de un sinnúmero de imbecilidades: astrología, horóscopos, superchería... 

 

Señalemos que este tipo de comportamiento no es prerrogativa humana, pues se ha dado el caso de palomas que por azar fueron recompensadas con alimento mientras ejecutaban algún movimiento casual, levantar un ala, por ejemplo, y después siguieron repitiendo el movimiento a la espera de más recompensas, pues “suponen” una inexistente relación causal entre los dos acontecimientos. Superstición animal. Y de esa manera es posible amaestrar los animales, lo que prueba que el “vicio causal” es más viejo que andar en dos pies. 

 

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