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Saulo o Pablo, el gran cosmopolita

Andrés Mejía Vergnaud

 

Imaginemos que estamos en una conversación en la que se pone el tema de quién fue el personaje más importante de la historia. Y asumamos, en gracia de discusión, que tal indagación es incluso posible, pues contra ella puede elevarse un montón de objeciones: la principal de ellas, seguramente, es que se trata de una pregunta eurocentrista u occidentalista, pues seguramente lo que ella tendrá en cuenta son los sucesos históricos ocurridos en el desarrollo de Europa y de Occidente, y no tomará en cuenta los milenios de historia oriental.

 

Asumiendo entonces que tal cosa puede preguntarse, creo que las respuestas variarán de acuerdo con los intereses de cada contertulio, y de cómo interpreten la expresión “el más importante”: algunos mencionarán a Colón, otros a Sócrates, otros a Newton, etc. Y es absolutamente seguro que muchos mencionarían a Jesús de Nazareth, más conocido como Jesucristo.

 

Y no necesariamente lo harían por razones religiosas. Es perfectamente posible que esa sea la respuesta de una persona no creyente, si la manera como interpreta la pregunta tiene que ver con el impacto histórico: es decir, cuál fue el personaje cuya vida, obra y acciones tuvieron un mayor impacto subsiguiente en el desarrollo de la historia. Y en esa perspectiva, el caso a favor de Jesús de Nazareth parece bastante sólido, pues de él podría decirse que fundó una religión que se volvió global, que cambió para bien o para mal la manera de pensar de media humanidad o más, y que definió el curso de los acontecimientos políticos de allí en adelante, por lo menos hasta bien entrada la modernidad. Si fue el fundador y el iniciador de tal marea de acontecimientos, sin duda debería ser el elegido. Pero Jesús no lo fue.

 

Y atención: lo anterior no lo digo por falta de respeto ni queriendo ofender a los creyentes (yo no lo soy), sino por rigor histórico. Rigor que puede ser reafirmado con la lectura de un breve y extraordinario libro que relata la vida y la obra de quien sí fue responsable de todo ello: Saulo de Tarso, luego conocido como San Pablo. El libro, publicado en español por Urano, se titula San Pablo: el apóstol más incomprendido, de la historiadora Karen Armstrong.

 

A los 17 años de edad, Karen Armstrong, nacida en Inglaterra, pero de origen irlandés y católico, ingresó en el convento. Siete años después se retiraría, y años después hablaría de duras experiencias que allí vivió. Trató de emprender una carrera académica, y tampoco lo logró: su disertación doctoral en Oxford fue reprobada. Y esta mujer, a quien parecían cerrársele todas las puertas, y que tuvo que empezar desde abajo como maestra de escuela, se volvería luego una de las más destacadas y leídas historiadoras de la religión. Tal vez el más famoso de sus libros es Historia de Dios, que traza el recorrido histórico del monoteísmo, desde sus orígenes abrahámicos hasta el Islam.

 

El libro de Karen Armstrong sobre Pablo presenta, de manera muy precisa, el panorama inicial de la religión cristiana tras la crucifixión de Jesús: era una pequeña secta judía, de muchas que había en la Judea romana de entonces. Por un accidente histórico que la leyenda (o para algunos la historia sagrada) atribuye a una revelación mística que recibió el judío Saulo de Tarso (luego llamado Pablo) mientras iba hacia Damasco, este decidió dedicarse a predicar la religión cristiana. Pero con una diferencia, que lo separó de inmediato de los seguidores iniciales de Jesús: quiso sacarla del contexto del judaísmo y convertirla en una religión universal.

 

Esa divergencia se manifestó, inicialmente, en torno a la cuestión de si los conversos al cristianismo debían circuncidarse, obedeciendo así la ley judía. Pablo quiso eliminar el requisito. Ese, y muchos otros. Porque su interpretación de la prédica de Jesús es que esta se dirigía al universo entero, y no solo al pueblo judío. Y aunque Pablo no fue el fundador del cosmopolitismo, sí fue, con esto, su más grande y decisivo impulsor. Fue él quien en sus cartas insistió en que ya no había diferencias entre pueblos, nacionalidades y religiones, pues la humanidad era un solo cuerpo, destinataria del mensaje de Jesucristo. De no haber sido por Pablo, el cristianismo habría permanecido en los confines de Judea y de su vecindad, y luego habría desaparecido, pues como observa Karen Armstrong, la secta judía de los cristianos aguardaba una inminente segunda venida de Jesús. Cuando pasados pocos años esto no ocurrió, esta pequeña secta se empezó a desintegrar. Pero por obra de Pablo ya el cristianismo había penetrado el mundo romano, y estaba en camino de volverse un credo universal, y de moldear siglos y milenios de historia como vendría a suceder. Y de imprimir, en adelante, el elemento cosmopolita en la cultura occidental, aquel que luego aparecerá en ideales como el liberalismo y los derechos humanos.

 

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