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Relojes curiosos

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Antonio Vélez M.

 

Los primeros relojes conocidos consistían en una vasija de cerámica en la cual de ponía agua hasta cierto nivel, y en la base se hacía un orificio de un tamaño adecuado para asegurar la salida del líquido en un tiempo prefijado. El recipiente disponía en su interior de varias marcas para medir el nivel del agua, que servía para indicar el paso del tiempo. Las clepsidras, llamadas también relojes de agua, usaban el mismo principio, pero en ellas el agua pasaba de un recipiente a otro. Estos primitivos instrumentos datan de la antigüedad egipcia y se usaban especialmente durante la noche, cuando los relojes de sol perdían su utilidad.

 

Pero antes de la clepsidra, lo único que permitía calcular la hora del día era un reloj de sol, de poquísima precisión. El reloj solar emplea la sombra arrojada por un estilete sobre una superficie en la que se ha dibujado una escala que sirve para determinar la posición del Sol en su movimiento diurno. Con el paso de los años, las culturas china e hindú se encargaron de irlo perfeccionando.

El reloj de arena es un instrumento mecánico utilizado para medir un determinado periodo de tiempo. Está formado por dos receptáculos de vidrio unidos por un conducto estrecho que permite el paso de la arena de la parte superior a la inferior, hasta su completo vaciamiento. Una vez que el recipiente superior está vacío, se invierte el instrumento para empezar a cronometrar de nuevo.

 

Hubo que esperar hasta el siglo XIII cuando aparecieron los relojes mecánicos, controlados por cuerdas y pesas, aparatosos y de alto costo. Antes de inventarse el reloj personal se construyeron relojes de gran tamaño, formados por mecanismos complicados y pesados que se ubicaban en lo alto de las torres y campanarios de los pueblos y ciudades para que los ciudadanos tuviesen conocimiento de la hora del día. A estos relojes se los conectaba a una campana grande y sonora, encargada de indicar con un toque peculiar las horas y cuartos de hora. Todavía hay relojes de este tipo, reliquias que cada día se vuelven más apreciadas, como lo son el Gran Reloj de Westminster, en Inglaterra, y el de la Puerta del Sol, en Madrid.

 

Originalmente, los relojes portátiles eran grandes y se usaban colgados del cuello con una cadena, como si fuesen collares. El reloj de pulsera, tal como la conocemos hoy, fue inventado en 1868, y era considerado un artículo femenino, de tal suerte que solo las mujeres podían usarlo, mientras que los hombres usaban relojes de bolsillo, que poseían solo una manecilla, la de las horas, así que los minutos debían calcularse a ojo, lo que los hacía muy inexactos. Al llegar la Primera Guerra Mundial, los relojes de pulsera comenzaron a usarse entre los varones, porque durante una batalla era muy cómodo llevarlos en la muñeca. Y dos décadas después de terminada la gran guerra, se dio un paso gigante y se construyó el primer reloj electrónico digital.

 

En 1948 apareció el reloj atómico, con una precisión increíble, pero imposible de portar. La mayor precisión conseguida hasta ahora es la del último reloj atómico desarrollado por la Oficina Nacional de Normalización de los Estados Unidos (NIST, por su sigla en inglés), puesto en marcha en 1999. Es tan exacto que tiene un margen de error de solo un segundo cada 30 millones de años. Demasiado bueno, dirían ahora.

 

Pero existen relojes bien curiosos, aunque imposibles de usar por la gente, así que no pasan de ser meras curiosidades. Lineo construyó un reloj de flores, y para ello sembró una maceta de tal modo que los sectores se iban abriendo en secuencia, desde las 6 de la mañana hasta las 6 de la tarde. El naturalista sueco Carl von Linneo soñó siempre con crear un reloj de flores compuesto de hierbas del asno, caléndulas, clavellinas, pimpinelas escarlatas, dientes de león, correhuelas, hierbas de los pechos, pasionarias, hierbas del halcón moteadas y estrellas de Belén, “mediante el cual, -escribió- se podría saber la hora incluso cuando el tiempo estuviese nublado, con la misma precisión de un reloj corriente”. Las pasionarias, por ejemplo, se abrirían al mediodía, las hierbas del asno a las seis de la tarde, etcétera. El sueño de Lineo no se cumplió, pero por su misma época se creó algo parecido, un reloj de olor. Se trataba de un cigarro hecho de bloques diferentes, de tal modo que, al encenderlo, se iban produciendo los olores en secuencia, al quemarse el tabaco al ritmo de un reloj de verdad. Al fin se pudo oler el paso del tiempo.

 

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