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Premios Nobel (I)

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Antonio Vélez

 

Mario Vargas Llosa, tal vez desengañado, afirmó alguna vez que no haber recibido el Nobel de Literatura era una distinción, pues se encontraba “muy bien acompañado” por todos aquellos grandes de la literatura que nunca fueron distinguidos por la Academia Sueca. Dijo Vargas Llosa sentirse orgulloso de pertenecer a ese grupo de distinguidos “Anobeles”. No sé qué dirá ahora. Vargas Llosa se refería a escritores de la talla de León Tolstoi, Marcel Proust y Jorge Luis Borges, quienes fueron olvidados injustamente por esa institución. Esta falla ha sido una de las críticas más reiteradas contra la Academia Sueca que, año tras año, emite un veredicto que tiene el poder de consolidar la carrera de un escritor, convertirlo en best seller y otorgarle una categoría planetaria.

En todas las premiaciones ocurre algo inevitable: no existe un acuerdo universal. Y esto se debe a que necesariamente se miran los galardonados desde culturas, idiomas e intereses muy diferentes. Esto hace inevitable que se cometan injusticias grandes, sobre todo cuando se juzgan a largo plazo las decisiones de la Academia Sueca. Más de uno coincidirá en tachar de imperdonables ciertas omisiones al dejar de lado algunos inmortales como Paul Valéry, James Joyce y Vladimir Nabokov.

 

De otro lado, hay galardonados dudosos, como son los casos de Gabriela Mistral, Miguel Ángel Asturias y Pablo Neruda. Y, ¿cuál fue el legado trascendental de Orhan Pamuk?, se preguntan algunos. Por su lado, Albert Einstein, aunque recibió el Nobel de Física por explicar el efecto fotoeléctrico, nunca fue galardonado por su Teoría general de la relatividad, obra que, junto con Los Principia de Newton, quizá sean las más grandes jamás concebidas por el intelecto humano. Y es sorprendente que el nombre de Rosalind Franklin apenas se mencione, no obstante haber jugado un papel primordial en el descubrimiento de la estructura helicoidal del ADN, la molécula de la vida.

 

Los chismes tienen su historia en el Nobel. Algunos han preguntado por qué no existe el premio Nobel de Matemáticas. Un falso rumor corrió por el mundo: se trataba de un pecado de Mittag-Leffler, matemático sueco de quien se dice haber tenido un affaire con la mujer de Alfred Nobel, y quien hubiese sido ganador seguro de tal premio. Pero la historia es bien improbable, pues Nobel jamás se casó, y de sus dos amores, Sophie Hess y la baronesa Bertha von Suttner (primer Nobel femenino), no hay evidencias de que Mittag-Leffler siquiera las hubiese conocido. Resulta más probable que un inventor de explosivos encontrara en las matemáticas una disciplina poco útil y de poco beneficio para la sociedad. Quizá para compensar esa omisión se creó décadas después el Nobel de Economía. Y a propósito de este último, se afirma, medio en serio, medio en broma, que el de economía es el único premio al cual pueden aspirar especialistas de escuelas opuestas, aunque predigan lo contrario.

 

En las premiaciones del Nobel han ocurrido errores imperdonables. En 1949, el máximo galardón en medicina y fisiología se confirió a los neurocirujanos Walter Hess y Antonio Moniz por haber descubierto el supuesto valor terapéutico de la lobotomía. Una década después, el brutal procedimiento fue proscrito, debido a sus terribles efectos secundarios (Moniz pasó los últimos 20 años de su vida confinado a una silla de ruedas después de que uno de sus pacientes siquiátricos le propinara ocho balazos).

 

En 1927, el siquiatra Julius Wagner recibió el Nobel por el descubrimiento de la piroterapia, técnica según la cual podía curarse la locura induciendo cuadros febriles en los pacientes. Johannes Fibiger fue laureado por haber “resuelto el enigma del cáncer”, patología de “origen inflamatorio”, de acuerdo con las obtusas conclusiones del médico danés. En el desarrollo de la insulina, el premio Nobel fue para Macleod y Banting, pero se olvidaron de Best, pieza fundamental de la investigación llevada a cabo en el laboratorio de Macleod, mientras que el rol de este último se consideró despreciable.

 

Como ocurre en todas las premiaciones, en la lista “no están todos los que son, ni son todos los que están”. Algunos merecedores se han quedado en blanco. Los amantes de la literatura hubieran querido que se premiaran a grandes maestros como Franz Kafka, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y James Joyce. Cuatro escritores de categoría y más que merecedores de un Nobel. Y en 1991, Gabriel Márquez decía, refiriéndose a su amigo Graham Greene: “Yo estaba seguro de que este año le daban el premio Nobel, pero al viejo cabrón se le ocurrió morirse”. Y Borges, decepcionado, dijo: “Yo soy en América Latina el escritor que nunca se ganó el Nobel. Esa gente en Estocolmo pensó que ya me lo habían dado”. Y a Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo también se le ocurrió morirse sin recibir lo que tanto merecía.

 

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19 de Noviembre del 2020
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