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Muertes notables

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Muertes notables

Antonio Vélez M.

 

Hay muertes que resultan notables debido a la calidad humana del sujeto, o por las circunstancias que rodearon el hecho. A veces por los dos motivos. Como es de esperar, se han dado en todas las épocas y los personajes pertenecen a todas las actividades humanas.

 

Quizá la muerte más notable de la historia, por sus repercusiones, haya sido la de Jesús de Nazaret, a manos de los militares romanos. La crucifixión debió ocurrir entre los años 30 y 33 d. C. La muerte por crucifixión después de torturar al sujeto puede ocurrir de varias maneras: por shock hipovolémico, debido a la hemorragia causada por los azotes y los clavos; por sepsis generalizada, debido a las heridas infectadas; por deshidratación, o por insolación y cansancio crónico, dos cosas que conducen eventualmente a un paro cardíaco. La verdad es que en el caso de Jesús no se conoce con certeza la causa de su muerte.

 

Indudablemente, una de las muertes notables más antiguas puede ser la de Esquilo, ocurrida en el año 458 a. C. Esquilo escribió más de 80 obras literarias de gran valor, en las que trata el sufrimiento humano y la falta de intervención divina en el destino del hombre. Se sabe que Esquilo recibió una predicción por parte del oráculo, en la que se anunciaba que moriría aplastado por una pared. El escritor tomó bien en serio la profecía: al poco tiempo viajó lejos de la polis para estar más seguro. En su exilio voluntario, en el campo, un golpe de azar improbabilísimo se materializó de esta manera: en su cabeza cayó una tortuga pesada que le produjo un trauma severo y lo llevó a la tumba. Un quebrantahuesos, buitre carnicero que entre sus alimentos se cuentan las tortugas, una tarde cazó un espécimen de buen tamaño, luego alzó vuelo buscando una roca para dejar caer su presa sobre ella desde una altura apropiada y fracturar así la caparazón del animal, pero confundió la cabeza del escritor, completamente calvo, con una roca. Error fatal. 

 

La matemática, astrónoma y filósofa más famosa de la antigüedad fue Hypatia de Alejandría, una mujer famosa por sus conocimientos y por su belleza, quien vivió alrededor del año 400 de nuestra era. Pero, según los cristianos de su época, ella era pagana y debía morir. Un grupo de cristianos exaltados, cuando ella contaba 45 años de edad, la asesinó de una manera muy cruel.

Cuentan que con conchas afiladas le quitaron la piel.

 

Es famoso el tribunal que el 21 de mayo de 1431 acusó a Juana de Arco de apóstata, mentirosa, sospechosa de herejía y blasfema hacia Dios y los santos, y la condenó a morir en la hoguera. Lo más irónico de este suceso fue que la misma iglesia, impulsada por el papa Calixto III, 25 años después reconoció la inocencia de Juana y declaró como herejes a los que la habían condenado.

 

Y más notable aún, en 1920, Benedicto XV la declaró santa, y ese mismo año fue declarada la santa patrona de Francia.

 

Grigori Rasputin, apodado el monje loco, fue un personaje bien extraño, dotado de una personalidad arrolladora, y quien llevó una vida llena de misterios. Se hizo importante ante los Romanov, zares de Rusia, cuando, al parecer, logró curar de una hemorragia al hijo del zar, que era hemofílico. Al final, sus enemigos, que eran influyentes y a quienes estorbaba, decidieron envenenarlo con cianuro de potasio y luego presentar lo ocurrido como si hubiese muerto ahogado, sumergido en el río Neva, congelado en esa época del año. Al recuperar el cadáver, mostraba señales de tortura: había sido castrado y presentaba heridas múltiples en la cabeza.

 

Hay muertes cargadas de ironía. Moliere, el apodo de Jean-Baptiste Poquelin, famoso dramaturgo, actor y poeta francés, murió después de un ataque de tos e intensos dolores mientras él mismo actuaba en su obra El enfermo imaginario, ¡Qué ironías de la vida! Lo llevaron de urgencia a su casa y allí murió a las pocas horas. El último drama de su vida.

 

Francis Bacon, uno de los personajes más influyentes del siglo XVI, político, filósofo y científico, murió tratando de rellenar de nieve un pollo. Una tarde de 1625, Bacon estaba mirando el crudo invierno y pensó que la nieve podría conservar la carne como lo hacía la sal. Decidido a comprobarlo, compró un pollo, lo mató y se quedó fuera de casa para ver cómo el animal cubierto de nieve se congelaba. El pollo nunca se congeló, pero Francis sí, y murió de pulmonía.

 

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