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Momentos estelares de la Medicina

Momentos estelares de la Medicina

Antonio Vélez M.

 

Los momentos estelares de la Medicina son bien numerosos, pero hay cuatro bien sobresalientes: el descubrimiento de los microbios, y las invenciones de las vacunas, los anestésicos y los antibióticos.

 

Antonie van Leeuwenhoek, a la vez que llevó a cabo mejoras notables en el microscopio, fue el primero en señalar y describir las bacterias y otros microorganismos patógenos; sin embargo, ni él ni sus contemporáneos se dieron cuenta de que esas miniaturas de la naturaleza estaban relacionadas con las infecciones.   

 

Se cree que las primeras vacunas se aplicaron en China, dos siglos antes de Cristo. El sujeto inhalaba fragmentos secos y molidos de las pústulas de la viruela, con resultados que no se conocen hoy con exactitud, pero se sospecha que algunas personas pudieron responder al tratamiento. Siglos después, en 1796, en un momento en que la viruela se había expandido por toda Europa, el médico inglés Edward Jenner observó que las ordeñadoras adquirían una forma atenuada de la enfermedad, “viruela vacuna”, la llamaron, y se la atribuyeron al contacto permanente con esos animales, después de lo cual mostraban una perfecta inmunidad a esa terrible y mortal enfermedad. Jenner, con gran acierto y temeridad, retiró costras de la mano de una enferma, las molió y preparó una solución que luego, usando una jeringa, se la inoculó a un niño sano. Al comienzo, el pequeño mostró algunos síntomas de la enfermedad, pero pronto se recuperó totalmente. Mes y medio después, Jenner tomó una muestra de viruela de un enfermo y la inyectó en el mismo niño, sin que el menor mostrara síntoma alguno de la mortal enfermedad. Por primera vez en la historia humana, una persona había sido inmunizada contra una enfermedad. Más tarde, Louis Pasteur introdujo los términos “vacuna” y “vacunación”, como un homenaje al trabajo de Jenner.

 

Después de publicar por primera vez su descubrimiento de la vacuna contra la viruela, los colegas de Jenner lo atacaron con furia casi inhumana. Aparecieron ensayos y panfletos desbordantes de veneno. Sin embargo, a pesar de la mala prensa, la noticia corrió por el mundo y Jenner, convertido en un personaje célebre, disfrutó desde 1802 de una lujosa y merecida pensión vitalicia concedida por el Parlamento inglés.

 

Crawford W. Long, médico estadounidense, sospechaba que al inhalar éter, la gente se volvía insensible al dolor. Coincidió esto con que un estudiante de Medicina presentaba dos pequeños tumores que requerían extirpación, pero el miedo al dolor había hecho postergar la operación. Long le propuso utilizar éter, a lo cual el enfermo, temblando, accedió. El 30 de marzo de 1842 se llevó a cabo la intervención quirúrgica, con un resultado feliz: el paciente no sintió dolor. Ese día nacieron para el mundo las anestesias, las benditas anestesias, sin las cuales el mundo moderno estaría lleno de infelicidad.

 

En 1846, en Boston, William Morton realizó otra demostración del efecto anestésico del éter para extirpar un tumor en el cuello de un paciente. Y en diciembre de 1847, en Edimburgo, James Simpson practicó el primer parto sin dolor usando cloroformo, un gas parecido al éter, pero sin sus efectos secundarios. Se violó por primera vez el mandato bíblico de “parirás, con dolor”. La madre quedó tan agradecida que bautizó a su recién nacida con el nombre de “Anestesia” (habría bastado con bautizarla “Anastasia”).

 

En 1928, mientras Alexander Fleming realizaba experimentos con cultivos de Staphylococcus aureus, notó que en uno de ellos la colonia de un hongo contaminante había crecido espontáneamente. Fleming comprobó que en aquella colonia que se encontraba rodeada por el hongo (más tarde identificado como Penicillium notatum), todas las bacterias estaban muertas. Así, entonces, por afortunado azar, descubrió que el Penicillium producía una sustancia, que luego se llamaría “penicilina”, con claros efectos antibacterianos.

 

Fleming no pudo obtener la penicilina pura, pero su descubrimiento despertó el interés de dos químicos: el alemán Ernst B. Chain y el australiano Howard W. Florey, quienes desarrollaron en Inglaterra un método de purificación de la penicilina que permitió su distribución comercial. Fleming compartió el premio Nobel de Medicina en 1945 junto con Chain y Florey. Y la ciencia dio un paso macroscópico gracias al microscópico hongo.                     

 

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