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Momentos estelares de la astronomía

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Momentos estelares de la astronomía

Antonio Vélez M.

 

Quizás el primer problema enfrentado por la astronomía fue el de conocer la forma y el tamaño de nuestro planeta. Para algunos buenos observadores, contrariando el sentido común, la Tierra debía ser esférica. Muchos dudaron, pues, al aceptarlo, los habitantes situados al otro lado de la esfera, nuestros antípodas, caerían en el espacio infinito. Imposible, entonces, alegaban los incrédulos.

 

En 1609, Galileo construyó su primer telescopio, utilizando un juguete que se empleaba para observar objetos terrestres. Con la curiosidad de los niños, esto es, la de los científicos, el 7 de enero de 1610, desde el jardín de su casa, en Padua, decidió observar el cielo con su instrumento. Puede afirmarse, sin exageración, que los comienzos de la astronomía moderna datan de esa noche: al enfocar a Júpiter, observó que lo acompañaban unos pequeños puntos luminosos. No eran estrellas, pues giraban alrededor del planeta, luego eran satélites. Fue una noche estelar para la astronomía.

 

El hombre, al fin conoció su residencia cósmica, el sistema solar, y era muchísimo más grande que lo que el ciudadano corriente podía imaginar. Y, ¿qué sabemos de su edad? Creen los astrofísicos que el Sol y los planetas que lo acompañan comenzaron su formación hace un poco más de 5.000 millones de años, y que fueron integrados a partir de los desechos de una supernova de gran masa que explotó antes de dicha época. Es decir, estamos hechos de basura cósmica.

 

El astrónomo Edwin Hubble, mientras estudiaba las galaxias en el cielo nocturno, observó un hecho notable: la mayoría de ellas se alejaban de la nuestra con velocidades directamente proporcionales a sus distancias. En otras palabras, el Universo estaba en expansión. Entonces, ¿qué sucedería si miráramos la película el revés? Pues se contraería. Pero, ¿hasta dónde? Con gran atrevimiento, los astrofísicos respondieron: hasta reducirse a un punto. Y así comenzó el universo, hace unos 14.000 millones de años. En ese momento, toda la materia existente estaba reunida formando una pequeñísima esfera, con una densidad y una temperatura imposibles de imaginar. El cronómetro cósmico apenas iniciaba su marcha, mientras el espacio iba creciendo, o mejor, creándose, al compás de esa primera explosión o big bang. Se nos reveló en ese momento estelar el Génesis de los astrofísicos, ocurrido hace 13.700 millones de años, muy anterior al de los bíblicos.

 

Las dimensiones del cosmos conocido empezaron a crecer con velocidad vertiginosa. Además de nuestra galaxia, se descubrieron otras situadas a miles de millones de kilómetros. La Vía Láctea se convirtió en un modesto rincón del universo; una entre miles de millones de galaxias a distancias de miles de millones de años luz. Y ya no fueron simples galaxias las que formaban nuestro universo, sino cúmulos galácticos y supercúmulos. Y con la ampliación de las distancias fueron incorporándose nuevos cuerpos celestes. Además de los objetos de nuestro sistema solar, se fueron agregando a la lista estrellas gigantes y enanas, estrellas de neutrones, supernovas, cúmulos globulares, cuásares, púlsares, nebulosas de tipos variados y galaxias de todas las formas, agujeros negros, agujeros de gusano y la denominada materia oscura, invisible la mayor parte de ella.

 

Ante semejante avalancha nos vimos obligados a reconocer con suma humildad lo que somos frente a lo que es el Universo, ante sus magnitudes que superan la fantasía más desbordada. Un mundo de objetos impensables e impensados, fuera del alcance de nuestros sentidos, inimaginable. 

 

Este es el poder de la ciencia que, entre otras cosas, nos dice que el universo observado está compuesto por unos 100.000 millones de galaxias. Tam­bién nos dice que, de toda la materia en el universo visible, solo alrededor del 4 % es materia ordinaria, de la que están formadas las estrellas y las galaxias (y nosotros). La parte restante corresponde a materia y energía oscuras, invisibles, y nadie tiene la menor idea de lo que eso pueda ser. La con­clusión es que ignoramos qué es el 96 % de la masa-ener­gía de nuestro universo. Decimos “nuestro”, pues no sabemos aún nada sobre la existencia de civilizaciones extraterrestres, ni de universos paralelos, imposibles de percibir si acaso existieran. 

 

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