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Más sobre la utilidad de las universidades

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Más sobre la utilidad de las universidades

Nicolás Parra Herrera

 

En mi última columna, exploré la pregunta, quizás odiosa, de para qué sirven las universidades. Digo odiosa porque, en ocasiones, la pregunta por la utilidad emerge en contextos de ignorancia, incredulidad o denuncia. La pregunta por la utilidad, aunque importante, no siempre es sincera y genuina. En el mejor de los casos, proviene de alguien que no sabe qué es aquello que pregunta y quiere conocerlo: “No sé qué es el juicio de sustitución, eso para qué sirve”. En otras circunstancias, la pregunta proviene de alguien que no cree en la institución, disciplina o práctica e interroga para objetar su relevancia: “para qué sirve el impeachment, si nunca se ha condenado a un presidente de EE UU bajo esa figura”. Por último, la pregunta puede provenir de personas que quieren desmontar por completo la institución, disciplina o práctica: ¿para qué sirven las humanidades?

 

Hay algo loable en la pregunta por la utilidad cuando se desmarca de la noción implícita de que todo lo que hacemos debe tener un valor cuantificable, monetario o palpable. La pregunta por la utilidad cuando no proviene de las lógicas escépticas, cuantificables o capitalizables se convierte en una necesidad para saciar el impulso humano de actuar en el mundo y transformarlo, de comprender que para saber por qué hacemos lo que hacemos, debemos preguntarnos, igualmente, para qué hacemos lo que hacemos. El por qué y el para qué son, desde Aristóteles, preguntas inseparables.

 

En momentos de disrupción tecnológica o crisis, las razones que existían para justificar nuestra forma de vida o nuestras instituciones se antojan insuficientes. Es necesario adaptarse. Así que la pregunta por la utilidad de la universidad debe responderse con otra moneda de cambio. Ya no puede ser, a lo mejor nunca lo ha sido, la transmisión de conocimiento técnico, la domesticación en disciplinas y la competencia en juegos de lenguaje que domestican nuestra aproximación al mundo. Aunque lo anterior puede comprenderse dentro del concepto de “educación”, yo prefiero extender su alcance a la definición del escritor David Foster Wallace: “El verdadero valor de la educación no tiene casi nada que ver con el conocimiento, y todo que ver con ser conscientes; ser conscientes de lo que es tan real y esencial que está escondido a plena vista de todos [como el agua para un pez]”.

La utilidad de la universidad es dialógica, exploratoria y transformadora. Idealmente un espacio en el que podamos fusionar perspectivas y convivir con disensos radicales; en el que podamos explorar, desconocernos y reconocernos, como en una librería cuando entramos buscando un libro y salimos con otro en la mano por la extraña coincidencia (que llamamos necesidad) que el libro que hemos llevado nos ha escogido. En fin, un espacio que incuba narrativas, contrafácticos, alternativas institucionales y mundos posibles que nos enseñen a lidiar con nosotros, los otros y el mundo de otra forma y nos haga olvidar de lo patéticos y fascinantes, risibles e insignificantes que somos. Si la moneda de la utilidad no solo es el beneficio económico o epistémico, sino práctico y ético, la universidad sirve para explorar ese signo que llamamos humano. Esto no ocurre solo en las universidades, obvio. Pero ellas sí son espacios propensos para esos diálogos, exploraciones y transformaciones.

 

Antes de escribir esta columna, leí el perfil de Yuval Noah Harari publicado por The New Yorker hace un par de semanas. Cuenta, entre otras cosas, la historia de Hrabarska, una fotógrafa ucraniana, a quien leer Sapiens (De hombres a dioses) le cambió la vida. Harari le dio la tranquilidad de saber que, en la historia de la vida desde el mundo prehistórico, está bien no dejar huella o marca. La narrativa es tan larga que somos apenas una estela silenciosa. Esa consciencia le hizo recuperar su tranquilidad, su vida y la posibilidad de decir “soy un pequeño humano, a nadie le importa”. A raíz de ello, hoy dedica más tiempo a la fotografía creativa que a sus actividades “útiles”. Las universidades dialógicas, como el libro de Harari, pueden generar el sentido de pequeñez, ampliar la posibilidades reales e imaginadas de la vida y facilitar la comprensión de las narrativas que descifran ese signo que llamamos ser humano. Pero, a diferencia de lo que le ocurrió Hrabarska con el libro de Harari, cambian la vida no por reconocer que somos seres insignificantes en la historia del universo, sino porque registran, transmiten y resignifican las marcas que se han dejado en esa historia y lo significantes que han sido esas marcas para nosotros los animales fabuladores.

 

Si la universidad es un espacio en el que las marcas insignificantes se tornan en fabulas que nos acercan al otro, nos expanden el horizonte de comprensión (y de ignorancia) y habilitan explorar esas narrativas en la historia del universo que constante interpretan y reinterpretan qué clase de signo somos, entonces la pregunta por la utilidad de la universidad se convierte en ¿cuáles son las clases, actividades y espacios en las universidades en donde ocurren esas epifanías dialógicas, exploratorias y transformadoras?

 

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