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¿Llegó el atardecer de la democracia liberal?

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¿Llegó el atardecer de la democracia liberal?

Andrés Mejía Vergnaud

 

Aunque es duro —duro, porque nos puede despertar como una ducha fría, sacarnos de nuestras ensoñaciones y hacernos conscientes de la realidad— a veces es bueno tener algo de sentido de perspectiva. De perspectiva histórica y de perspectiva material, sobre todo. ¿Qué quiero decir? Cuando estemos regodeándonos en la grandeza de nuestros valores, y cuando estemos ensimismados contemplando lo que parece ser la infinita virtud de nuestras instituciones, nos vendría bien una consideración sobre la vigencia de las mismas en perspectiva histórica, y las condiciones materiales que la han hecho posible.

 

Nuestra sociedad ha elevado al nivel de valores universales la democracia y las libertades, al punto de que ha armado y despachado ejércitos para instalarlas en lugares donde no existen. Y al haberles dado ese estatus ético universal y atemporal, nos vamos dejando llevar hacia una ensoñación cuasihegeliana, en la cual admiramos a la democracia y las libertades como el producto final y último de la evolución del espíritu humano.

 

Pero la ducha fría vendrá, tal vez más temprano que tarde. Y cuando ella nos caiga encima, descubriremos con sorpresa que, como cualquier otro sistema de gobierno y de valores políticos, la democracia liberal es un producto histórico, nacido en la evolución política y material de unas ciertas sociedades en un momento de la historia, y posteriormente atada al éxito material efectivo de esas sociedades que la enarbolaron. Y si seguimos la lógica de este descubrimiento, llegaremos a la más dura de las conclusiones: la de que aquello que surgió y se estableció como efecto de un proceso histórico, podría también perder vigencia si la historia toma otros rumbos. Y descubriremos, entonces, que aquello que creíamos eterno e inmutable, casi divino, no es más que un hecho temporal y contingente que se irá, así como llegó.

 

En el escenario de la historia política, que es mucho más amplio de lo que usualmente pensamos, la democracia liberal es apenas un pequeño segmento: aproximadamente 300 años (400, si somos generosos) en un ámbito de casi 10.000 años. Fue además producto de una circunstancia histórica restringida a unas pocas sociedades, las de la Europa occidental de la baja Edad Media y los comienzos de la Edad Moderna. Y luego, gracias al accidente histórico de que dichas sociedades se volvieron ricas y poderosas, y tal enriquecimiento les permitió adquirir preeminencia global, la democracia liberal pudo ser elevada al nivel de valor universal.

¿Pero qué pasará si estas sociedades pierden su preeminencia material, como parece estar pasando? ¿Qué pasará si otras sociedades, portadoras de valores diferentes, asumen el liderazgo económico y militar? Seguramente empezarían a proyectar hacia el mundo sus propios valores e instituciones, así como en su momento lo hicieron Inglaterra, Francia y EE UU. En la columna anterior comentábamos las declaraciones de Xi Jinping, el jefe de gobierno de China, quien en su discurso ante el XIX Congreso del Partido Comunista Chino (octubre del 2017), ponderó las virtudes del sistema chino de gobierno, y más importante aún, invitó a los demás países del mundo a estudiar su adopción. Y al hacer esto, Xi Jinping habla con la confianza y el entusiasmo de quien sabe que va hacia arriba, y que todavía tiene mucho espacio para crecer. La misma autoconfianza con la que alguna vez hablaron las potencias occidentales.

 

Esas potencias que, por otro lado, se ven débiles y desgastadas, especialmente EE UU. Como dijo Robert Gordon en su magnífico libro The Rise and Fall of American Growth (Auge y caída del crecimiento estadounidense), es perfectamente concebible que se haya acabado el combustible del crecimiento económico de EE UU. Y lo mismo puede estar pasando en las grandes economías occidentales. Con ello vendría el declive de su influencia global, y se podría desvanecer el atractivo de las instituciones que estas naciones han promovido.

 

Solo hay una posibilidad de que esto no ocurra. Hay quienes sostienen que el camino histórico y causal ha sido el inverso: es decir, que fue la adopción de la democracia liberal la que permitió el enriquecimiento de las potencias occidentales y, por tanto, solo quien acoja esas instituciones podría alcanzar un nivel de influencia global. No es esta mi opinión, pero solo el laboratorio de la historia nos dará la respuesta.

 

Mil felicidades en el nuevo año.  

 

Etcétera

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