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La universidad dialógica

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La universidad dialógica

Nicolás Parra Herrera

 

@nicolasparrah

 

Hace un poco más de cien años, el filósofo y pedagogo John Dewey sostuvo que la educación expande nuestro horizonte de experiencias y ensancha nuestra imaginación moral para que, con suerte, nos convirtamos en mejores ciudadanos. Las universidades hoy han tenido que seguir los pasos de la filosofía: además de hacer lo que hacen deben justificar, ante la crítica, su existencia y utilidad. En la entrevista publicada en Arcadia de Sara Malagón y Camilo Jiménez, Alejandro Gaviria y Brigitte Baptiste tuvieron que responder una pregunta difícil para quienes hemos orientado nuestras vidas alrededor de la enseñanza universitaria: ¿cuál es, hoy en día, el propósito de la universidad?

 

El diagnóstico no es alentador. Gaviria comentó que cuando le fue entregada la rectoría, existía una falta de propósito colectivo en los profesores, un aislamiento de la universidad de cara a la sociedad y una disminución de la demanda. Todo queda resumido en una alternación de valores consignada en una frase que citó Gaviria en su discurso de posesión como rector –y que repite en la entrevista–: “Aquí nadie lee porque todo el mundo está muy ocupado en escribir artículos que nadie lee”. Aquí está el ensimismamiento y la falta de interacción entre disciplinas, y la fascinación por los criterios académicos de excelencia que no siempre coinciden con la tarea de educar a las futuras generaciones, y quizás una posible razón de la baja demanda: los profesores ya no tienen tiempo para enseñar, solo para investigar. Pero también está aquí el olvido del diálogo con otros, y la ausencia de escucha, y la falta de propósito, y la soledad.

 

Por eso, creo que la entrevista es oportuna e incisiva. Especialmente cuando dicen “Queremos preguntarles por la utilidad de la universidad más allá de una perspectiva filosófica e histórica; es decir, pensando más bien en un joven de hoy, le preguntas a los nuevos rectores, “¿por qué seguir yendo a la universidad, según ustedes?”[1].  Dicho de otra forma: ¿qué bien o experiencia ofrece la universidad que no lo hacen las carreras técnicas u otras formas de afinar conocimientos técnicos en alguna especialidad? Las respuestas de los rectores a estas preguntas, aunque con matices, coinciden. Para Gaviria, la universidad garantiza “las posibilidades de autodescubrimiento” y de aprender a aprender y aprender a discutir. Para Brigitte, la universidad es el “ámbito de la construcción de discusiones”, un espacio para saber cómo expresarnos, cómo dialogar y cómo participar en el debate intelectual. Creo que esto apunta al modelo de una “universidad dialógica” que promueva la discusiones difíciles –quizás imposibles– individuales y colectivas donde se exponen nuestras diferencias, se pone en riesgo nuestra identidad y, quizás lo más importante, se abre el espacio para que seamos conscientes de nuestros sesgos, puntos ciegos y prejuicios.

 

De lo que pude inferir, tres propósitos, diría yo, tiene la universidad dialógica que imaginan. Primero, expandir nuestras posibilidades de perdernos y descubrirnos en un mundo ajeno a través del diálogo y encuentro con otros o redescubrirnos luego de escuchar al otro en un regreso a nuestra cosmovisión. Segundo, generar espacios de diálogo en donde descubramos lo inestables y falibles que son nuestras creencias nucleares y lo parcializada que está nuestra mirada a los problemas, la superioridad moral con la que hablamos de ellos, y lo poco que sabemos de ellos. Y tercero, incentivar la curiosidad no solo para aprender y desaprender, sino también para experimentar y convivir con la inestabilidad de lo que creemos saber. Probablemente hay otros fines, esto son para mí los mejores.

 

Sin embargo, estos propósitos no solo se cumplen en las universidades. Hay quienes, como yo, que irracionalmente creen que en las aulas de clase –o las aulas en la calle– pueden, con apertura y aceptación del riesgo que ello implica, transformar ese espacio en una ventana y un espejo: una ventana para ver aquello que nos mira de frente y no queremos ver y un espejo para ver aquello que siempre vemos, pero que, por alguno motivo desconocido, no nos deja ver.

 

Las universidades dialógicas, como los espejos y las ventanas, a lo mejor, no nos hagan mejores ciudadanos, como sugería Dewey, pero sí son espacios para percibir lo que no vemos y nombrar por qué lo que vemos no nos deja ver más allá. Una educación en el diálogo, en la construcción de discusiones –como dijo Brigitte Baptiste– o en el aprendizaje de aprender a discutir –como dijo Alejandro Gaviria– es una tarea titánica, pero también una respuesta posible a la utilidad y necesidad de las universidades. 

 

[1] “La universidad de hoy debe ser activista”, entrevista con Alejandro Gaviria y Brigitte Baptiste. Por Sara Malagón y Camilo Jiménez Santofimio. Revista Arcadia. 20 de enero del 2020.

 

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