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La peste antigua y moderna

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La peste antigua y moderna

Daniel Raisbeck

       

Cuando Europa se convirtió en el epicentro global del coronavirus, el último episodio de la historia occidental apuntó al inicio de la literatura clásica. Nuestras letras comienzan con la Iliada, y la Iliada comienza con la peste.

 

En el primer canto de la épica de Homero, una terrible epidemia causa la fuerte disputa entre Aquiles, máximo guerrero entre los aqueos (griegos), y Agamenón, rey de Micenas y líder de la expedición contra Troya. Apolo lanza la peste sobre el ejército aqueo cuando Agamenón se rehúsa a devolverle su hija, a quien había raptado como botín, al sacerdote del dios del sol. Agamenón termina por entregar a la joven, pero toma como compensación a la preciada concubina de Aquiles.

 

Esto desata la brutal furia de Aquiles y desencadena una serie de calamidades: Aquiles se retira de la guerra contra Troya; Zeus les brinda a los troyanos la ventaja marcial; Patroclo, el más cercano compañero de Aquiles, muere bajo el ataque de Héctor, príncipe de Troya y el mejor guerrero de su ciudad; Aquiles regresa al combate y mata a Héctor, asegurando la eventual caída de Troya, pero no antes de que París, hermano de Héctor, cause su muerte al disparar contra su célebre talón. Todo resulta de la peste.   

 

En el mundo mítico de Homero, la epidemia se resuelve con relativa facilidad: los aqueos apaciguan a Apolo al devolver a la hija de su sacerdote y sacrificar un “espléndido ganado” en su honor. Otro es el caso que narra fríamente el historiador Tucídides, autor del relato de la Guerra del Peloponeso entre Atenas y Esparta.

 

Tucídides escribe que, en el año 430 a. C., el segundo del conflicto, surgió una devastadora peste en Ática, región que dominaba Atenas, “y nadie pudo recordar una enfermedad tan destructora de la vida humana”.

 

Como el covid-19, la peste que azotó Atenas provino del oriente: desde Etiopía se esparció por Egipto y Libia, “y a través de la mayor parte del Imperio Persa”. Como las metrópolis de hoy, Atenas estaba expuesta a la epidemia, porque su puerto, el Pireo, se había convertido en el principal emporio de Grecia. Sus habitantes eran altamente vulnerables al contagio.

 

Además, la estrategia de guerra de Pericles, máximo líder político de Atenas, buscaba mitigar el efecto de los ataques espartanos contra la campiña de Ática al obligar a sus habitantes a refugiarse detrás de los muros defensivos de la ciudad. A mayor hacinamiento, mayor el efecto de la infección; Pericles mismo sucumbió bajo la peste.

 

Quienes morían más rápidamente, explica Tucídides, eran los médicos. Aunque eran “incapaces de controlar la enfermedad”, tenían el contacto más frecuente con los afectados. Muchos enfermos murieron en soledad; sus parientes y amigos temían contagiarse al visitarlos. Los pocos que se acercaban a los enfermos para enfatizar su propia virtud tendían a enfermarse y morir.

Tucídides, quien padeció y sobrevivió la peste, describió sus efectos en gran detalle para advertir a sus lectores en caso de nuevos brotes. Los síntomas incluían fiebre, inflamación de los ojos, sangrado en la garganta y la lengua, tos, dolor en el pecho, vómito, diarrea, espasmos violentos, úlceras.

 

Posteriormente, numerosos estudios médicos han analizado dicha descripción. Muchos sugieren -sin mayor certidumbre- que se trató de una epidemia de tifus o viruela. En la Atenas clásica, la ciencia médica ciertamente se vio rebasada. “La enfermedad desafiaba cualquier explicación”, dice Tucídides, “y su crueldad contra todas las personas era excesiva para la naturaleza humana”.

La palpable cercanía de la muerte y el pánico general dispararon el crimen en Atenas, porque “nadie esperaba vivir hasta ser juzgado y condenado”. En medio del terror, los atenienses recordaban antiguos versos proféticos que advertían que una guerra contra los dorios (como los espartanos) traería una peste. También mencionaban un oráculo délfico, proveniente de Apolo, quien habría asegurado que castigaría a Atenas para ayudarle a Esparta, tal como castigó a los aqueos al inicio de la Iliada.

 

Aunque la modernidad desprecia la superstición antigua, últimamente las redes sociales han esparcido numerosas profecías acerca del coronavirus. Estas incluyen una frase atribuida falsamente a Nostradamus, y la predicción de la síquica Sylvia Browne (1936-2013) acerca de una severa neumonía que recorrería el mundo alrededor del 2020.

 

En cuanto a la religión, los atenienses antiguos consideraron ineficaz alabar a los dioses, escribe Tucídides, porque devotos e impíos morían por igual. De manera contraria, en el 2020 la intensidad de la búsqueda en Google de la palabra “rezo” en inglés (prayer) se ha duplicado por cada 80.000 casos nuevos del virus, según un estudio de la Universidad de Copenhague.

 

La peste en Atenas se mantuvo durante cuatro o cinco años. Según un cálculo, causó la muerte del 25 % de la población de la ciudad. No obstante, los atenienses persistieron en la guerra contra los espartanos durante más de dos décadas.

 

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