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“La muerte nunca avisa”

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“La muerte nunca avisa”

OSCAR ALARCÓN NÚÑEZ

 

El lunes 24 de octubre del 2017 deambulaba por la avenida Jiménez cuando me encontré con Gabriel De Vega y me comentó, turbado, que acababa de fallecer el profesor Gérard Marcou, de la Universidad de París, a quien una hora antes le escuchó una conferencia en la Universidad del Rosario, dentro de las Jornadas de derecho constitucional comparado. “Es que la muerte nunca avisa”, me dijo con asombro.

 

Días después, a finales de febrero del año pasado, con De Vega y tres amigos más (Alejandro Venegas, Carlos Ariel Sánchez y Gabriel Silva) nos sentamos a departir. “No me puedo demorar -comentó Gabriel-. Esta mañana amanecí con un dolor de cabeza y el médico me recomendó unos exámenes”. Lo que estaba programado para un par de horas se redujo a lo más mínimo y Venegas se ofreció a acompañarlo a la clínica.

 

Días después los resultados de los exámenes no fueron favorables y la salud de Gabriel comenzó a decaer, a pesar de su deseo de no desfallecer y de seguir adelante. Tuvo mejoría, tanto que en una ocasión me envió un wasap haciéndome algunas precisiones jurídicas de una columna que había publicado. Y luego, días después, un mensaje muy tierno: “Recibe un abrazo solidario por la partida del gran Roberto Burgos”.

 

Quién se iba a imaginar que pocos meses después su mujer, Patricia, y su familia estaban recibiendo los abrazos solidarios que él me enviaba por la muerte de mi gran amigo, Roberto, quien falleció, prematuramente, en la gloria de su éxito como escritor.

 

La última vez que vi a Gabriel De Vega fue en diciembre, en la presentación de un libro del excontralor Edgardo Maya, en el Gimnasio Moderno, departiendo con muchos de sus amigos, sorprendidos, al verlo rebosante. Estaba más delgado, con una cachucha de esas que abundan en las tardes de toros en La Santamaría.

 

Como Burgos, De Vega estaba en la gloria de sus éxitos profesionales, en el ejercicio y en la cátedra. Hombre tranquilo y sabio, en un hogar con Patricia y sus hijos. Ella también en sus actividades profesionales, sacando tiempo para estudiar la música de Juan Sebastián Bach con el profesor Alfonso Pérez. Sus hijos, Pablo, cultor del clavecín en Francia, como Rafael Puyana, y Sofía, siguiendo sus pasos en el Derecho.

 

Qué le vamos a hacer. Se nos fue Gabriel De Vega, prematuramente, porque, como me dijo él, “la muerte nunca avisa”.

 

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