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23 de Junio de 2024 /
Actualizado hace 27 minutos | ISSN: 2805-6396

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Opinión / Etcétera

Doxa y Logos

Jane Addams, la activista de la paz

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Nicolás Parra Herrera

n.parra24@uniandes; @nicolasparrah

 

En el imaginario colectivo, los referentes culturales de los líderes de paz en la historia de la humanidad son los sospechosos de siempre: Mahatma Gandhi, Martin Luther King Jr., Nelson Mandela. Hace poco, casi por accidente, descubrí la biografía de una líder de paz que debería ser parte de esos referentes. Me refiero a Jane Addams, una activista, diplomática, filósofa y reformista social nacida en Cedarville (Illinois), que luchó por el derecho a la participación política de las mujeres, trabajó para transformar las condiciones “espirituales” de los inmigrantes que llegaban a Chicago a comienzos del siglo y fue una voz potente en contra de la Primera Guerra Mundial. Si de credenciales se trata (aunque claro esto no es la única métrica disponible), en 1935, fue galardonada con el premio Nobel de Paz por su trabajo de reformista social y presidir la Women’s International League for Peace and Freedom, dedicada a estudiar las causas de la guerra y las salidas del conflicto.

 

Addams se codeaba con los grandes intelectuales de comienzos del siglo veinte en EE UU, como John Dewey, Frank Lloyd Wright y William James para intercambiar ideas. También recibía llamadas (y decenas de flores) de candidatos presidenciales como Woodrow Wilson para que su primer voto, luego de que el Estado de Illinois aprobara el voto de mujeres, fuera para él. Ella era, para algunos, la estadounidense más respetada y querida de ese periodo que los historiadores denominan La era progresista (1896-1916).

 

Esa época tenía muchas similitudes con la nuestra. La desigualdad económica y la polarización política e ideológica en las grandes ciudades estadounidenses era alarmante, en parte por el influjo de inmigrantes de Europa y en parte por no haber lidiado con los traumas de la guerra civil y el periodo de reconstrucción moral, política y económica del país. La ignorancia que existía entre las clases “altas” y “bajas” causaba violencia, incomprensión y falta de empatía. Los cambios tecnológicos y la industrialización ocasionaban desbalances en el lugar de trabajo y sometimiento de unos a otros que carecían de los medios de producción. Jane Addams vivía en ese mundo, un mundo masculinizado que, además, le obstaculizaba el camino para dedicarse al mundo de la acción, de la política social y de la transformación cultural. Pero Addams no se dejaría de ese mundo, dedicaría su vida a cambiarlo.

 

En 1887, leyó en una revista sobre Toynbee Hall, una institución filantrópica en Londres, establecida por Samuel Barnett, un anglicano. Toynbee Hall era lo que se conocía como un settlement house, un lugar en el que la élite o personas con mucho dinero convivían con personas de bajos recursos en un barrio de estratos bajos y hacían reuniones e intercambios culturales. En estas casas se intercambiaban libros; se impartían clases de arte, literatura y filosofía; se dictaban cursos y se cuidaban a los niños durante el día. Era un lugar de colaboración social y de contacto entre dos mundos sociales desconocidos entre sí. Luego de visitar Toynbee Hall, Addams fundó en Chicago algo similar: la casa Hull (Hull House), en donde las personas, tanto de escasos como de abundantes recursos, se percibían como iguales. El movimiento social de Addams no consistía en proveer recursos económicos a los necesitados, sino en transformar su espíritu. Aunque Rembrandt y Emerson no llenaban el estómago, para Addams, sí llenaban el espíritu y esos intercambios culturales fortalecían la democracia de tres maneras: reducía la ignorancia social, aumentaba la empatía (término malgastado en el mercado de las ideas actual) y generaba una práctica social compartida en donde la toma de decisiones fuera distribuida independientemente del poder económico, el género, la raza o el lugar de origen. Hull House era, entonces, un centro comunitario orientado a elevar el “espíritu”.

 

En el Hull House, Addams y la elite de Chicago que la frecuentó aprendieron de la vida de los trabajadores de las diversas industrias y de las mujeres de pocos recursos que hacían lo imposible para mantener su hogar a flote. Conocieron la necesidad en esa época de sindicatos y otros movimientos colaborativos para hacer contrapeso al poder. Sus visitantes también accedieron a la teoría de la no violencia de Tolstoi, a la deliberación sobre diversas ideologías políticas, filosofías prácticas y movimientos artísticos. Pero la pregunta que organizaba la filosofía de todos esos encuentros en el Hull House era una con la que todos se podían identificar: ¿A dónde pertenezco yo?

 

La empatía, entonces, que Addams quería cultivar no era la de sentir como el otro, o adoptar la perspectiva de otra persona, sino experimentar con otro, dialogar con otro y compartir un espacio en el que, por unos momentos, días, o semanas, experimentaran algo más próximo a imaginar cómo siente o percibe el otro.

 

Estos espacios se volvieron lugares de encuentro de nuevas ideas políticas, a veces radicales y a veces experimentales, que buscaban fomentar los procesos democráticos, la igualdad y la colaboración social. En 1920, ya existían más de 500 settlement houses en todo el país. Addams había iniciado un movimiento social para repensar la democracia y la igualdad desde otras experiencias comunitarias. Addams es menos leída que otros líderes. No hay película sobre ella (que yo sepa). Creo que en español no todos sus libros se han traducido. Pero su experimentalismo social puede dar luces de cómo cerrar fronteras entre unos y otros y repensar la democracia, la empatía y la colaboración en tiempos en los que esas monedas escasean.

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