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Fútbol y muerte

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Antonio Vélez

 

El fútbol es un deporte rudo, con lesiones frecuentes, llegando algunas veces a producir la muerte. Hay patadas, rodillazos, golpes con el codo o con la cabeza y, no podía faltar, severos golpes con el balón. Hasta los rayos inoportunos se han metido en el campo de juego y han cobrado sus víctimas.

 

La primera muerte que registra oficialmente la historia del fútbol, con el sujeto en plena actividad, ocurrió en 1906. David Wilson, jugador del Leeds United, murió debido a un ataque cardíaco mientras su equipo se enfrentaba al Burnley. Otra muerte muy antigua ocurrió en 1918: Abdón Porte, jugador del Nacional de Montevideo, en pleno partido sacó una pistola y, para horror de los espectadores, se pegó un tiro en el corazón. Todo se debió a la amargura que le produjo el haber sido sustituido.

 

En 1922, Jacobo Urso, ídolo del San Lorenzo de Almagro, murió tras un fuerte choque contra dos jugadores del equipo Estudiantes de la Plata. A pesar del fuerte encontrón, el jugador prefirió seguir jugando, debido a que en esa época no era permitida la sustitución de jugadores. Al finalizar el encuentro, Jacobo se desmayó y fue llevado a urgencias con una costilla fracturada que le había perforado un riñón. Después de dos operaciones consecutivas, falleció. En 1931, John Thomson, jugador el Celtic Glasgow, jugando contra el Rangers, al tratar de despejar un balón, su cabeza chocó con la rodilla de un jugador contrario. Salió en camilla y más tarde murió en el hospital.

 

Una muerte de película correspondió a Luciano Re Cecconi, jugador del Lazio de Roma. En 1977, él y su compañero de equipo Pietro Ghedin, decidieron realizar una broma bien pesada: entraron a una joyería vecina y se hicieron pasar por dos ladrones. El dueño tomó en serio la imbécil broma de los dos futbolistas, sacó una pistola y le dio a Luciano un tiro en el pecho. Con pistolas no se juega, Luciano.

 

En 1987, Andrea Ceccotti, jugador del Treviso (italiano), pidió ser sustituido, pues una de sus piernas le dolía bastante. Ya en el vestuario sintió hormigueo en sus brazos y cierto endurecimiento de los músculos de una de sus piernas. Los males aumentaron durante el traslado en ambulancia al hospital, donde le diagnosticaron “trombosis carotidea en su pierna izquierda, acompañada de embolia pulmonar”. Al día siguiente entró en coma irreversible, y a los cinco días falleció en la unidad de cuidados intensivos. En 1990, en Brasil, durante un partido por el campeonato estatal de Paraná, Vágner Bacharel, después de un choque de cabeza contra un defensor rival, fue llevado al hospital de la localidad en el que le detectaron una fractura craneal. Falleció al día siguiente.

 

La mala suerte del colombiano Andrés Escobar comenzó aquel día en que anotó un autogol jugando con la selección Colombia frente a la de EE UU. Nos eliminaron, y al infortunado Andrés también: al salir de una discoteca, varios mafiosos lo asesinaron, pues habían perdido una apuesta debido al infortunado autogol de Escobar. Ese día luctuoso fue el 2 de julio de 1994. En el 2002, Hernán Gaviria, jugador del Deportivo Cali, murió después de que en un entrenamiento un rayo cayó justo a su lado. Igual suerte corrió Alekséi Simonov, jugador del Altay, de Turquía: en el 2016, en mitad de un partido, recibió una descarga eléctrica enviada del mismo cielo.

 

En el 2004, Miklós Fehér, del Benfica, en un partido contra el Vitória de Guimaraes, recibió la tarjeta amarilla con una sonrisa burlona dirigida al juez, mientras se retiraba del campo caminando lentamente. De repente, se inclinó y cayó inconsciente en la gramilla. Se trataba de una mortal tromboembolia pulmonar.

 

En el 2009, el portero rumano Alexandru Latan fue golpeado por el balón en el abdomen al tratar de atajar un penal. Continuó jugando, pero, un momento más tarde, colapsó y murió de un paro cardiaco. En el 2014, Peter Biaksangzuala, jugador hindú, realizó un salto mortal, a lo Hugo Sánchez, dicen, después de anotar el gol del empate. Todo le salió al pie de la letra: el salto fue mortal, pues cayó mal y se lesiono gravemente. En el 2017, el croata Bruno Boban recibió un fuerte pelotazo en el pecho y cayó en la gramilla, luego falleció después de 40 minutos intentando su reanimación. Anatoli Kozhemyakin, jugador del Dínamo de Moscú, no murió en la cancha, sino al quedar atrapado en un ascensor. Abrió un poco las puertas, y cuando comenzaba a salir, el ascensor se movió y lo destrozó cruelmente.

 

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