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Escritores suicidas

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Escritores suicidas

Antonio Vélez

 

El poeta colombiano José Asunción Silva, autor de los bellos y muy leídos Nocturnos, obra corta pero importante, murió de un disparo en el pecho. El día anterior, pidió a su médico de cabecera que le dibujara en el pecho el lugar exacto que ocupaba su corazón. Es probable que una de las causas de su terrible decisión haya sido la muerte temprana de su hermana Elvira, su gran amor. Otro motivo para tomar tan drástica determinación fue aquel triste naufragio que se llevó a las profundidades marinas la inmensa mayoría de sus escritos, no publicados aún. Pasado un tiempo, los restos de Silva fueron trasladados al panteón de la familia. Abrieron el féretro y encontraron el cadáver del poeta totalmente desnudo, pues sus ropas habían sido consumidas por los gusanos. La piel se hallaba apergaminada, pero aún se distinguía el agujero causado por la bala asesina, justo encima de su corazón. Como curiosidad, se cuenta que ese mismo día se llevaron al Panteón los restos de Elvira, y allí se juntaron de nuevo y por toda una eternidad.

 

El poeta francés Gérard Labrunie, conocido con el seudónimo de Gérard de Nerval, fue un verdadero romántico del libro. Para él, el mundo real era un infierno: “Esta vida es un tugurio y un lugar de mala reputación. Me avergüenza que Dios me vea aquí”, escribió. Como un verdadero romántico, se enamoró perdidamente de la actriz Jenny Colon, pero ella no le correspondió y se casó con otro hombre, para morir al poco tiempo. A lo largo de su vida, el escritor acumuló muchos reveses, por lo que tuvo que ser internado varias veces en un hospital siquiátrico. Durante sus momentos más lúcidos y sagrados, escribió una crónica detallada a la que puso punto final ahorcándose. Era el 26 de enero de 1855.

 

Ernest Hemingway, premio Pulitzer en 1953 y Nobel de Literatura en 1954, un mal día se metió el cañón de su escopeta en la boca y apretó el gatillo. Ahí terminó todo. El escritor amaba el boxeo, las corridas de toros, la cacería y el licor; pero se suicidó, sin que nadie entendiera por qué. Razones suficientes de una herencia fatal existían: su padre, sus hermanos y su nieta se suicidaron. El FBI investigó cuidadosamente su muerte, pero nada se descubrió, salvo su fatídica herencia. Los siquiatras que estudiaron su caso creen que sufría trastornos mentales escondidos en su herencia genética, más traumas infantiles, miedos e inclinaciones al suicidio. Poco después de la publicación de El viejo y el mar, el escritor se fue a un safari en África, viaje en el que sufrió dos accidentes aéreos sucesivos, que dejaron como secuela dolores continuos y otros problemas de salud por el resto de su vida. Se casó cuatro veces, matrimonios que terminaron en cuatro divorcios. Estuvo presente en el desembarco de Normandía y luego, en París, trabajó como corresponsal de guerra. En 1961 se trasladó a EE UU y ese mismo año se suicidó.   

 

El escritor Arthur Koestler, al saber que padecía de leucemia linfática crónica además de la enfermedad de Párkinson, decidió suicidarse, y no tener que vivir momentos tan horribles. Con su mano ya temblorosa debido a la enfermedad, escribió: “El propósito de esta nota es dejar inequívocamente claro que tengo la intención de suicidarme tomando una sobredosis de drogas sin el conocimiento o la ayuda de ninguna otra persona”. Y cumplió lo prometido al pie de la letra: el 1º de marzo de 1983 tomó una sobredosis de barbitúricos mezclados con alcohol, acompañado en el sacrificio por Cynthia, su amada pareja.

 

A la poetisa argentina Alfonsina Storni le diagnosticaron cáncer de seno, lo que convirtió su vida en una tragedia insoportable. Entonces decidió lanzarse desde un acantilado que había muy cerca del Club Argentino de Mujeres. Antes de ejecutar su terrible decisión, escribió estas líneas dirigidas a su hijo: “Suéñame, que me hace falta, y aunque no la soñemos, sí que le canturreamos. Te vas Alfonsina con tu soledad, ¿qué poemas nuevos fuiste a buscar?”. 

 

El novelista, ensayista y poeta japonés Yukio Mishima se considera uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX. Su personalidad era compleja, llena de contradicciones, problemas sexuales y líos políticos. Después de un año planeando su muerte, y una vez terminada su última novela, se hizo el harakiri, método japonés de suicidio. El mismo día de su muerte, envió a su editor la última novela, especie de testamento ideológico, en el que se revelaba contra una sociedad decadente, moral y espiritualmente.      

 

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