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El Tratado Urrutia-Thomson

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El Tratado Urrutia-Thomson

Óscar Alarcón Núñez

 

Después de la separación de Panamá en 1903, las relaciones de Colombia con EE UU quedaron bastante resquebrajadas. En el gobierno del general Reyes se intentaron tratados que no lograron salir adelante. Solo el 6 de abril de 1914 se firmó el Urrutia-Thomson, que vino a ser aprobado en 1921 por el Congreso colombiano, luego de largos debates. Uno de sus más acérrimos enemigos fue el expresidente José Vicente Concha, quien, estando de embajador en el Vaticano, regresó al país para combatirlo.

 

Pero tan de malas, casi no pudo hacerse oír, por una afección a la garganta. Pedro Juan Navarro, parlamentario de la época y testigo de excepción de ese debate, dijo que el tratado fue aprobado fácilmente, por la afonía de Concha, a pesar de las intervenciones en contra de Luis Cano y Laureano Gómez (El parlamento en pijama. Talleres Mundo al Día. Bogotá, 1935, págs. 38 y 39).

 

Pero así es la política colombiana en toda la historia. Concha y Laureano Gómez fueron grandes beneficiarios de ese tratado que combatieron. No hicieron más que sostener cómo era de indigno para el país recibir los 25 millones dólares que EE UU daba de indemnización por la pérdida de Panamá. Era mucha plata. Equivalía, en su época, a 10 veces más que todas las reservas bancarias colombianas en aquel momento.

 

Pues bien, gracias a ese dinero, Laureano Gómez pudo hacer obras como ministro del ramo en el gobierno de Pedro Nel Ospina (la avenida Jiménez, líneas de ferrocarril, obras en Bocas de Ceniza, concluir el Capitolio Nacional). Se mostró así como gran ejecutor y comenzó a construir su camino hacia la Presidencia de la República. Por su parte, José Vicente Concha, quien regresó al país para combatir el Urrutia-Thomson y buscar infructuosamente la reelección presidencial, le tocó conformarse con aceptar la propuesta del presidente Jorge Holguín de volver a la embajada en el Vaticano. La gripa que lo afectó para impedir el hundimiento del tratado le permitió regresar a su querida ciudad eterna. En esa sede diplomática murió y tuvo la misma suerte de Olaya Herrera, fallecido también con olor de santidad, como recientemente Guillermo León Escobar, artífice de la visita del papa Francisco.

 

Cosa extraña: dos expresidentes-embajadores pasaron a la vida eterna en Roma, la ciudad ídem. En cambio, cuando era embajador allí Carlos Arango Vélez (candidato presidencial en 1942 y abuelo de Andrés Pastrana), quien falleció fue el Papa Pio XII (1958). 

 

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