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‘El llano en llamas’: una relectura

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‘El llano en llamas’: una relectura

Juan Gustavo Cobo Borda

 

A partir de 1945, Juan Rulfo (1917-1986) escribió 17 cuentos. En 1953, El llano en llamas reúne la mayoría de ellos.

 

Este delgado libro se ha convertido así en un clásico ineludible, elogiado tanto por Borges como por García Márquez, por Elias Canetti como por Günter Grass. Son cuentos secos, de largos silencios y contadas palabras. El árido paisaje es minuciosamente censado en plantas, insectos, montañas, cañadas y ríos. Sus personas, en el último aliento, huyen y son perseguidos por las tropas regulares, los federales, en medio de la rebelión cristera o en “Paso del Norte”, el difícil tránsito para cruzar la frontera con EE UU, hoy de tan triste y amarga actualidad.

 

Lo definitivo son los hombres secos y curtidos que caminan bajo el sol, sobre una tierra reseca donde los hijos abandonan pronto a los padres, sin futuro y agobiados por la miseria. En medio de este escenario, escueto y tajante, la violencia asoma brutal y descarnada. Oigámosla: “Al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé”.

 

Venganzas, retaliaciones, unos pocos pueblos encaramados en los cerros y gente que atisba a ver por dónde vienen los viajantes para asaltarlos. Y, en medio de esto, las mujeres usadas, desgastadas, con su ristra de hijos escondiéndose en capillas vacías.

 

Omnipresente, el problema de la tierra. La mala tierra que les han dado a algunos, en ese reparto desigual. O esos generales que quieren más y más, incendiando ranchos, atropellando con sevicia, lanzando gritos intimidantes: “Viva el general Tal, arriba el coronel Pascual”. Y todos van y vienen en sus caballos alucinados, o descalzos con sus rifles, mientras el sueño los vence y los de adelante en la fila desaparecen, vueltos sombras o fantasmas. Pero nada de eso importa. Hay que volver al camino, a buscar a la mujer que se les fue con un arriero. No hay paz posible. Así transcurren los años, sin consuelo posible, mientras el clima los agota a todos y los seca para siempre.

 

Rulfo marcó a muchos. En el caso colombiano, de Manuel Mejía Vallejo a Policarpo Varón y Luis Fayad quedaron envueltos por esas ráfagas de dolor, por esa pila de muertos bajo un cielo impasible. El padre, derrumbándose, sin fuerzas, debe seguir cargando a la espalda al hijo herido, como lo hará luego Eduardo Caballero, para llevarlo a Tonaya a que lo curen. Solo que al llegar allí los perros que no oían los cercarán con sus ladridos cuando ya no importe. Así, la agonía se hace absoluta y la escena se cierra entre sombras.

 

Hay también una feroz veta satírica como cuando en “El día del derrumbe” el discurso del gobernador es recordado años después por los testigos que ven el desafuero que consume ponche y carne de venado, cuando supuestamente habían venido a consolar y a reparar a los afectados por el terremoto.

 

Muy pocas líneas, pero ya inmortales, tal la relectura de El llano en llamas.

 

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