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El derecho a la hospitalidad universal

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El derecho a la hospitalidad universal

Andrés Mejía Vergnaud

andresmejiav@gmail.com

 

Matteo Salvini, ministro del Interior de Italia y vicepresidente del Consejo de Ministros, celebró recientemente como si fuera un gran triunfo el haberle denegado recepción en puerto a un buque llamado Aquarius, el cual transportaba a 629 migrantes que habían sido salvados previamente, mientras trataban de cruzar el mar en otras embarcaciones. No se trataba de una nave de traficantes: el Aquarius es propiedad de la Organización No Gubernamental SOS Mediterranée y de Médicos sin Fronteras, y se usa para rescatar a aquellos que tratan de llegar a Europa con riesgo inminente para sus vidas. Y que no lo hacen por deporte, ni porque quieran sabotear la armonía de las sociedades europeas: lo hacen porque huyen de la muerte violenta, de la miseria o de la tiranía. Tras haber sido negada su recepción el puerto italiano, y así mismo a sus 629 ocupantes, procedentes la mayoría de Sudán y de Bangladesh, entre ellos 123 menores sin acompañante (tal vez porque sus padres hayan sucumbido en la travesía) y siete mujeres embarazadas, Salvini celebró y reiteró su feroz mensaje contra los inmigrantes.

 

A mi memoria vino un concepto articulado en 1795 por el filósofo Immanuel Kant en su ensayo llamado Sobre la paz perpetua. Se trata del concepto de hospitalidad universal.

 

Kant, nacido en 1724, es uno de los grandes genios filosóficos de la historia humana. Es sobre todo conocido por su obra Crítica de la razón pura, en la cual examina las condiciones de posibilidad del conocimiento humano. Pero sus intereses fueron muy amplios, y cubrieron casi la totalidad de los ámbitos de la reflexión filosófica. Y hay un aspecto del pensamiento de Kant que tal vez estamos obligados a empezar a reexaminar, en estas épocas en que resurgen las ferocidades nacionalistas, y en que los ideales de cooperación entre países y entre pueblos han dado paso a una agresiva retórica de promoción de los intereses locales por encima de lo que sea. Se trata del llamado “cosmopolitismo” de Kant, del cual el concepto de hospitalidad universal es parte integrante.

 

¿Qué significa este principio de hospitalidad universal? Significa que, en todo aspecto y en toda ocasión, el trato que darán los Estados a los extranjeros se basará en una norma de no hostilidad. Los Estados no están obligados ni siquiera a acoger o recibir permanentemente a los extranjeros que se presenten ante sus puertas, pero están obligados a recibirlos sin hostilidad alguna. Escuchemos a Kant: “En este contexto, hospitalidad significa el derecho que tiene un extranjero a no ser tratado con hostilidad cuando llega a otro territorio. Puede incluso devolvérsele, si esto es posible sin provocarle la muerte, pero no debe tratársele con hostilidad, mientras se comporte de manera pacífica en el lugar a donde llega”.

 

¿Cómo justifica Kant este principio? En parte del texto parece justificarlo por su necesidad, por considerarlo necesario para el funcionamiento de unas relaciones entre países dentro de la legalidad, y porque sin él no habría posibilidad de una paz perpetua. Pero por supuesto Kant no se queda allí: este pensador, cuya filosofía moral precisamente es contraria a justificar los principios morales por las consecuencias prácticas de estos, va mucho más allá, y justifica su idea de hospitalidad universal en un principio aún más llamativo: la posesión común que tenemos los humanos sobre la superficie de la Tierra. Ello no significa desconocer la propiedad sobre el suelo, ni el derecho de los países sobre sus territorios (aunque sí produce una noción de soberanía mucho más débil): pero sí advierte Kant que la Tierra, por ser esférica, tiene una superficie limitada, por lo cual tenemos que aprender a vivir juntos en ella, y darnos cuenta de que, originalmente, nadie tiene más derecho que otro a poseer partes específicas de dicha superficie.

 

En el fondo, Kant soñaba con algo con lo que muchos aún soñamos: una humanidad que se reconozca como un cuerpo, lleno por supuesto de diferencias accidentales, pero unido por un reconocimiento universal de que somos parte de la misma comunidad. Y de que ello implica deberes prácticos, como auxiliar a quienes huyen de la opresión o del hambre, y no arrojarlos al mar a que perezcan en él o a que sigan mendigando auxilio. Y menos hacerlo en nombre de una engañosa preferencia por mi pueblo o por mi cultura, pues son precisamente ellos, mi pueblo, mi país y mi cultura, los que pierden y se empobrecen al negárseles el contacto con los demás. Y son mi pueblo y mi cultura los que ven su altura moral mancillada al ejercer, en nombre de ellos, actos de crueldad como el de rechazar a quienes imploran refugio. 

 

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