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El alma y la química

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El alma y la química

Antonio Vélez M.

 

En su largo recorrido por los eones de la historia, la evolución ha descubierto todas las posibilidades que la química proporciona. Y es el amistoso átomo de carbono el elemento alrededor del cual ha girado toda la vida que conocemos. Gracias a su prodigiosa versatilidad y a su facilidad para hacer alianzas, se ha construido el frondoso árbol de la vida, del cual los humanos constituimos una rama pequeñísima.

 

Todo lo que nos rodea en el mundo que ocupamos es hijo o pariente de la química. En cada rincón de la Tierra, cada segundo que pasa es testigo de un amplio conjunto de procesos químicos. Más aún, en cada uno de los millones de células que conforman un organismo vivo se están llevando a cabo, en forma permanente, miríadas de reacciones complejas. Porque cada célula viva no es más que un laboratorio microscópico, en el cual ocurren las reacciones más complicadas que podamos imaginar. Se producen solo milmillonésimas de gramo, pero los compuestos elaborados son tan complejos, que el hombre, disponiendo ahora de sofisticados laboratorios, no ha podido aún sintetizar la mayoría de ellos.

 

El mismo hecho de vivir no es más que una de las múltiples manifestaciones de la química. Tomamos elementos del exterior, los modificamos y convertimos en energía y carne propia. Con ellos corregimos defectos, remendamos daños y compensamos el desgaste que nos deja el duro oficio de vivir. Y también con ellos construimos nueva vida, herederos que en cierta forma son copias parecidas a nosotros. Gracias a la química nos movemos, percibimos, pensamos y nos comunicamos. Y nos alimentamos, pues los nutrientes son también el resultado final de elaborados procesos químicos.

 

Nuestros pensamientos, deseos, dolores y emociones no son más que nuevas manifestaciones sensibles de la química. Más aún, los fantasmas de nuestros sueños, la conciencia y el alma vaporosa son meros subproductos de la magia de la química. Basta que un accidente perturbe las reacciones químicas del cerebro para que nuestro Yo, tan convencido de su eternidad, deje de existir, o se sume en un sueño profundo y nos convierta en vegetales, anclados a un sitio, ausentes del transcurrir del tiempo. El alma desaparece, o se oculta muy bien.

 

Con toda razón el etólogo Konrad Lorenz decía, al observar lo que ocurre después de un accidente cerebral, que el alma, a la que consideramos tan inmortal, es, al fin de cuentas, mucho más mortal que el cuerpo. Para reafirmar sus palabras, basta observar el deterioro mental de quienes sufren la enfermedad de Alzheimer. A medida que se van formando placas amiloideas en el tejido nervioso, las redes neuronales se van descomponiendo y, a la vez, el Yo se va desvertebrando con sádica lentitud, para quedar al final desconectados de la realidad, vegetando al amparo de parientes y amigos, sin conciencia ni razón. Vivos, gracias al empeño de las tenaces reacciones químicas de las células de los tejidos, obedeciendo ciegamente a las instrucciones genéticas de supervivencia.

 

Y si alteramos la delicada química cerebral, de inmediato se transforma la realidad. Por medio de las drogas alucinógenas inventamos realidades fugaces, un mundo que solo pertenece al sujeto afectado. Unos microgramos de más de serotonina, una alteración insignificante de la dopamina en las brechas sinápticas o un desequilibrio minúsculo en alguno de los neurotransmisores son suficientes para distorsionar por completo la realidad percibida, para transformar por completo nuestro estado de ánimo, o para convertirnos en locos de amarrar. La diferencia entre razón y locura, entre tristeza y felicidad, entre llanto y risa no son más que la expresión sensible de una alteración insignificante de la química neuronal.

 

Creen los químicos que hoy estamos aquí respirando gracias al descubrimiento más extraordinario de la evolución: la fotosíntesis; esto es, un complicado proceso, no entendido aún por completo, que, a partir de un pigmento fotosensible, la clorofila, y en presencia de agua, bióxido de carbono y energía luminosa, produce hidratos de carbono y oxígeno libre. Se purifica el aire y a la vez se obtienen calorías en empaque económico. Y fue por medio de la fotosíntesis como la vida inició la conquista del oxígeno, con el oxígeno se conquistó el movimiento, con el movimiento la inteligencia y con la inteligencia la cultura.  

 

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