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Ejercicios espirituales

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Ejercicios espirituales

Nicolás Parra Herrera

 

Cuando hablo de ejercicios espirituales o mentales me refiero a unas estrategias que utilizaron algunos filósofos helénicos para poner más atención, lograr un estado de serenidad o equilibrio que llamaban ataraxia y alcanzar una vida feliz, sea lo que ello signifique. He practicado algunos de estos ejercicios y no puedo decir que me hayan convertido en una mejor persona, desde luego que no, ni que han generado un sentimiento de armonía con el universo. Simplemente me han enseñado a mirar distinto, lo cual ha resultado en unos nuevos hábitos vitales profundamente transformadores.

 

Voy a hablar de tres ejercicios espirituales que llamaré (i) el pensamiento contrafáctico, (ii) el pensamiento de la ausencia y (iii) el pensamiento de la muerte. Un contrafáctico es un pensamiento condicional que toma la expresión “como si…”, en el que se plantea una situación inexistente e hipotética. Otra manera de entender esta noción es con la frase intuitiva de la tía o el tío -que todos tenemos- que después de presenciar una tragedia, supongamos un accidente automovilístico en el que quedamos heridos, dice: “uy mijo, si el carro hubiera dado otra vuelva se hubiera estrellado con el poste y eso hubiera sido peor, menos mal que no fue así”. La expresión “si X hubiera pasado…” es un contrafáctico, pues en el mundo real X no ocurrió. Pero, se asume ese estado de cosas para ver qué consecuencias tendría si efectivamente hubiera pasado. El ejercicio espiritual de pensar en contrafácticos nos hace entender una realidad muy básica, pero a veces elusiva: todo puede estar peor o mejor. Pensar en contrafácticos nos llevará a concebir estados de cosas distintos, con implicaciones diversas, y que nos muestran que siempre hay un estado de cosas peor y uno mejor. Esto nos permite vivir los momentos sin juzgarlos tan radicalmente. Y así, no existe una necesidad que gobierna los estados de cosas en el mundo, pues siempre es posible imaginar unos diferentes. Si son mejores, debemos actuar en el presente sabiendo que el mundo puede ser distinto y si son peores, debemos aceptar el presente sabiendo que pueden existir otros mundos peores.

 

El pensamiento de la ausencia es una especie de pensamiento contrafáctico, pues parte de lo siguiente: qué ocurre si tal persona dejara de existir. ¿Cómo sería mi vida si tal persona no existiera? Desde luego que si es alguien que le causa daño a uno, esta idea solo traerá ideas positivas, pero este ejercicio sirve cuando nos rodeamos de personas que apreciamos, pero cuya existencia no valoramos lo suficiente. Hay una película de Frank Capra que se llama It’s a Wonderful Life (Qué hermoso es vivir). Trata precisamente sobre este ejercicio espiritual. La hipótesis de la película es mostrarle a una persona que está a punto de suicidarse qué sería del mundo si él no hubiera existido. La película muestra la importancia que tuvo la persona en su familia, sus amigos y la comunidad en general. Este ejercicio espiritual nos permitirá vivir más plenamente las experiencias con esas personas, pues valoraremos en su justa medida su presencia.

 

Por último, el pensamiento de la muerte es un clásico experimento mental de origen platónico, pero desarrollado por Cicerón y Montaigne: la filosofía es un arte para aprender a morir. Esto significa que si asumimos la propia finitud no solo como una idea hipotética, sino como una idea real que acontecerá en el futuro, el presente y, en general, la vida adquirirá otra dimensión. Si yo me tomo esta cerveza particular con la idea de que moriré, muy posiblemente mis sentidos se avivarán y disfrutaré la cosa como si fuera una experiencia única e irrepetible. Así las cosas, el ejercicio de pensar en su propia muerte conlleva actuar con más atención en lo que hacemos, a apreciar las experiencias e imágenes que pasan a diario sin darnos cuenta y, sobre todo, a actuar de otra manera: dándole la importancia proporcionada que se merecen las cosas en nuestra vida.

 

Al aplicar estos ejercicios espirituales por primera vez, sentiremos fastidio e incomodidad. Posiblemente pensaremos que las experiencias se distorsionan con estos pensamientos, que pensar en mi muerte acabará con el placer que siento al comerme este helado, que pensar en la muerte del otro hará que esta conversación jovial adquiera notas de nostalgia y que pensar en que el mundo puede ser distinto me hará insatisfecho con lo que tengo o escépticamente agradecido por lo que no tengo. Puede ser. Pero luego de hacerlo con más habitualidad, comprenderemos que estos ejercicios espirituales nos permiten vivir con mayor atención y mirar distinto nuestra relación con los otros, con nosotros mismos y con el mundo. Seguramente no nos hará mejores personas, pero sí acabará con la ceguera, muy humana, de dejar pasar los instantes sagrados como si fueran experiencias repetibles y canjeables.

 

 

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