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Dos tipos de radicales: el reaccionario y el revolucionario

Dos tipos de radicales: el reaccionario y el revolucionario

Andrés Mejía Vergnaud

 

La palabra “reaccionario” suele emplearse para designar o para calificar a un conservador, a una persona de ideas conservadoras. Mark Lilla, profesor de humanidades en la Universidad de Columbia, tiene una idea contraria: no solamente es erróneo calificar de reaccionarios a los que son simplemente conservadores, sino que, si examinamos bien, nos daremos cuenta que quien es más afín al reaccionario es el revolucionario.

 

Esto puede sonar contraintuitivo. ¿Vamos a decir acaso que un reaccionario, aquel que se opone tercamente al cambio y añora la armonía que cree ver en tiempos pasados, es ideológicamente afín al revolucionario, a aquella persona que aspira a destruir el orden existente para remplazarlo por un proyecto nuevo donde todo lo anterior será desechado y surgirá en su lugar un orden casi perfecto? ¿No suena absurdo afirmar que quien aborrece el cambio es afín con quien propone el cambio total? Eso sería meter en un mismo saco a un Justus Möser y a Maximilien Robespierre; el primero, un nostálgico que lamentaba la rápida sucesión de cambios sociales que ocurrían a mediados del siglo XVIII, y que estaban trastornando un orden antiguo ideal en el que cada cual ocupaba el lugar que le pertenecía; el segundo, líder de la fase más radical de la Revolución Francesa, cuando en nombre de la superación de todo lo anterior se quisieron incluso cambiar los meses del año. La respuesta, según Mark Lilla, es que sí: que son afines. Veamos por qué.

 

De Mark Lilla ya habíamos hablado en esta columna, cuando comentamos su brillante ensayo El regreso liberal, a propósito de la llamada “política de la identidad” en EE UU: esa línea política, abanderada por la izquierda y por la centroizquierda en norteamérica, quiso promover la acción política a través del reconocimiento que cada individuo hiciera de su pertenencia a un grupo o a una clase, y la búsqueda de reivindicaciones para ese grupo en oposición a los demás. En uno de esos giros sorpresivos de la historia, que a veces son hasta cómicos (y en este caso tragicómicos), en ese juego de la política de la identidad terminó imponiéndose la derecha, con la elección de un presidente que abandera la nostalgia de una sociedad blanca y patriarcal.

 

Mark Lilla es autor de otros libros, y por cierto tiene la virtud de escribir corto y decir mucho. Y en un extraordinario libro llamado La mente naufragada hace una reflexión muy aguda sobre la figura del reaccionario, y es allí donde explica la afinidad que ella tiene con la del revolucionario.

 

“Los reaccionarios no son conservadores. Esto es lo primero que hay que entender. Los reaccionarios son, a su manera, tan radicales como los revolucionarios, en la medida en que se aferran a imaginarios históricos”. ¿Y cómo lo hacen? El revolucionario postula un imaginario futuro, una construcción ideal de sociedad, y hace de ella el faro y el objetivo de su acción política. El reaccionario, a su vez, postula un imaginario pasado: un estado de cosas ideal que supuestamente existió antes, y el cual en algún momento abandonamos neciamente, casi siempre por atender a ideas foráneas o perturbadoras. Ambos, a su manera, se aferran a ideales.

 

Curiosamente, los tiempos modernos, que en teoría deberían ser adversos al reaccionario, son su terreno ideal. Esto porque el reaccionario solo puede existir allí donde haya cambio, y la característica de la sociedad moderna, como lo vieron mejor que nadie Marx y Engels, es el cambio permanente y rápido, tanto que a veces produce vértigo. Y allí florece el reaccionario, pues ese vértigo que se siente con el cambio, y que a veces produce dolores y caídas, le permite aseverar su nostalgia y añorar un edén anterior donde nada de eso ocurría, y donde se vivía en una armonía imperturbable. Cada vez que hay cambio social, dice Mark Lilla, queda la idea de un paraíso anterior, que se vuelve objeto de la nostalgia del reaccionario. ¿Y quién puede refutarlo? Al tratarse de una elaboración ideal, no contrastable con experiencia o evidencia alguna, el reaccionario puede seguir por siempre aferrado a su nostalgia, afirmando la superioridad de su edén.

 

En esto tiene una ligera desventaja el revolucionario, pues si llega al poder y trata de poner en marcha su ideal, este puede ser evaluado en la experiencia concreta, con sus méritos y sus defectos. “De las esperanzas es posible decepcionarse. La nostalgia es irrefutable”, dice Mark Lilla. Tiene razón, aun cuando en mi opinión los revolucionarios, o muchos de ellos al menos, han encontrado la manera de manejar esta situación: cuando se señala el fracaso de sus proyectos, suelen responder que lo que finalmente se hizo no correspondía plenamente al ideal. Que el comunismo soviético era una desviación del ideal marxista-leninista. Que el régimen venezolano se desvió del verdadero programa socialista. Hallan entonces la manera de seguir aferrados a un ideal que por su misma naturaleza resiste todo intento de refutación.  

 

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