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Crueldades humanas (I)

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Crueldades humanas (I)

Antonio Vélez M.

 

La crucifixión fue una de las técnicas más arcaicas que se conocen, y se sabe que muchos pueblos de la antigüedad la usaban para someter, castigar e incluso divertirse en macabros espectáculos de masas. Se cree que fueron los asirios, famosos por su implacable crueldad, los que la introdujeron en el Cercano Oriente, y se sabe que los persas la usaban, y, que Alejandro Magno la copió de estos.

 

Los fenicios extendieron la crucifixión por todo el Mediterráneo, llevándola hasta Cartago, de donde la copiaron los romanos. Era una tortura fácil de ejecutar: al condenado se lo ataba o clavaba en una cruz de madera o, más económico, en un árbol. Normalmente lo dejaban desnudo hasta su muerte por asfixia, shock hipovolémico o paro cardíaco, dependiendo de la salud y resistencia del pobre sujeto. Despiadados los fenicios.

 

En el Imperio Romano, la crucifixión era una forma muy extendida de disuadir a los enemigos de la sociedad. El castigo incluía un breve juicio, la flagelación del reo y el hacerle cargar el travesaño de madera o patibulum hasta el lugar en donde se le iba a clavar en una estaca vertical, después de despojarlo de sus pertenencias (que formaban parte del salario de los soldados). Si el sujeto era de clase social gentil, se le inhumaba, pero si era esclavo o enemigo, se abandonaba el cadáver para que lo devoraran los gallinazos. Esto solía hacerse antes del mediodía, y siempre en lugares apartados. La religión judía prohibía esa práctica; solo permitía el apedreamiento, la hoguera, el estrangulamiento y la decapitación, que se tenían por menos salvajes más consideradas con el reo (¿?). Por fortuna, Constantino abolió, en el siglo IV, esa forma de dar muerte al condenado. Alabado sea Constantino.

 

En la Antigua Roma se condenaba al colgamiento a los esclavos y a las personas de estratos y condiciones menos favorecidas. Antes de clavar a los reos en el madero, solían azotarlos con correas, sarmientos o con instrumentos preparados al efecto. Plutarco dice que los reos condenados a muerte en el madero estaban obligados a llevarlo por sí mismos al patíbulo. Comúnmente, los aseguraban en el madero por medio de clavos, si bien otras veces los ataban con cuerdas. Este suplicio era tan común entre los antiguos que los latinos dieron al nombre de crux y a sus derivadas cruciatus y cruciare, palabras que se referían a toda suerte de penas y tormentos.

 

La tortura como castigo para los criminales es algo que el mundo ha aceptado sin vacilar. Cobrarles con la misma moneda o, de ser posible, un poco más caro. Aquellas personas que sufren el maltrato y sus parientes cercanos nunca han dudado en infligirle al culpable un castigo de mayor intensidad que lo que supuestamente han recibido. Esta norma de justicia corresponde a un sentir que podríamos considerar universal: pagar con la misma moneda o, mejor, con un poquito más.

 

Los métodos de tortura pública más populares hasta el invento de la guillotina habían sido el ahorcamiento, la estrangulación, la rueda, la hoguera y la lapidación. Entonces Joseph-Ignace Guillotin perfeccionó una máquina mortífera que eliminaba la agonía del reo, lo que suponía un avance en el sentir ilustrado del siglo XVIII. Recordemos que los métodos de tortura pública más populares hasta esa fecha habían sido el ahorcamiento, la estrangulación, la rueda, la hoguera y la lapidación. En particular, la guillotina consistía en una cuchilla de acero, cargada con una pieza de plomo, calculada para que cayera sobre la cuarta vertebra del condenado, segándole la cabeza de un tajo. Guillotin justificó su invento: “Es un mecanismo que desciende rápido como el rayo, la cabeza vuela, la sangre brota y la víctima deja de existir”.

 

La leyenda cuenta que, dado que las ejecuciones eran públicas, el pueblo se reunía en el sitio de ejecución y apostaba sobre cuánto tiempo iba a tardar la cabeza en cerrar los ojos, porque se creía que el cerebro seguía funcionando unos minutos después de ser separado del cuerpo.

 

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