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Animales y agresión

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Animales y agresión

Antonio Vélez

 

Si aceptamos que el comportamiento humano se deriva, al menos en parte, de los impulsos e instintos biológicos moldeados por nuestro pasado evolutivo, hay mucho que aprender sobre nuestros propios comportamientos al estudiar las conductas animales.

 

La amígdala, una de cuyas funciones incluye la memoria emocional, es la estructura neuronal básica en la valoración de los estímulos que actúan en el individuo, y a la generación de las respuestas emocionales que ingresan al sistema nervioso central para cada una de las experiencias, agradables o desagradables, intrínsecas o extrínsecas que vive el sujeto. Por ejemplo, se sabe que la estimulación de la amígdala puede desencadenar conductas de agresión, y lo mismo ocurre con la estimulación del hipotálamo, con el cual está interconectada. Por otro lado, la ablación de la amígdala conduce a la desaparición de la conducta violenta, a la mansedumbre total. El fenómeno de “falsa rabia”, que se presenta en el animal decorticado, es demostrativo de que la corteza cerebral ejerce un efecto modulador inhibitorio sobre la conducta violenta. En conclusión, esta conducta constituye una función normal del encéfalo del hombre y de otros animales, y su manifestación puede ser regulada por la corteza cerebral. No en balde este aserto antiguo: “corticalización es civilización”.

 

Debemos recordar que entre los animales se presentan a veces conductas agresivas extremas, que en ocasiones aparecen individuos inmanejables, de tal modo que en algunos zoológicos han tenido que sacrificar esos individuos anormales. Fue muy notable el caso de un león del parque nacional del Serengeti, tan violento, que los guardias tuvieron que sacrificarlo, pues estaba causando accidentes sangrientos entre la misma población de leones, violentos por naturaleza. Se trataba, claro está, de un caso especial: un individuo violento en extremo; sin embargo, nunca se supo la causa de tal conducta. Pero sí se descubrió que tal conducta no fue consecuencia de una mala educación recibida durante la crianza, pues en el grupo al cual pertenecía no existía ningún individuo que mostrara un comportamiento inusualmente agresivo dirigido a sus compañeros de manada.

 

En humanos y en animales existen varias formas de malnutrición que, cuando se dan durante los periodos críticos del desarrollo, llegan a producir cambios irreversibles en la estructura y funcionamiento del encéfalo. En humanos, el periodo de crecimiento más rápido del encéfalo y de máxima vulnerabilidad a la malnutrición se da justamente en la última fase del embarazo y en los primeros meses de vida postnatal. Sin embargo, una malnutrición similar en los adultos produce efectos despreciables. Ahora bien, se espera que esto también ocurra entre ciertos grupos de animales.

 

Hoy se sabe bien que en toros, perros de presa y gallos de pelea, sus criadores han estado durante décadas engendrando agresividad por medio de selección artificial, lo que demuestra la existencia de genes que propician el comportamiento agresivo. A los individuos mansos, por lógica elemental, sus criadores los eliminan y no sacan descendencia de ellos. En consecuencia, con el paso del tiempo, en tales animales la agresividad debe haber ido en aumento.

Los toros de lidia y los gallos de pelea, debido a su historia de selección continua, engendran descendientes agresivos. Los criadores, por supuesto, entienden que esa agresividad la llevan programada en el genoma, así que seleccionan para la reproducción los individuos más violentos. Los mansos terminan en los restaurantes.

 

Un investigador del comportamiento, M. Glusman, después de extirpar una pequeña sección del hipotálamo en gatos caseros mansos, obtuvo animales agresivos y salvajes. Esto nos lleva a pensar que algunas de las personas que han recibido traumatismos cerebrales podrían más tarde sufrir ataques incontrolables de furia violenta y, en consecuencia, su culpabilidad quedaría en entredicho. Se sabe ahora que en algunos humanos, siquiatras y neurólogos han encontrado estrechos vínculos entre violencia, criminalidad y estado neurológico de la persona. Algo para tener en cuenta cuando se determina el castigo para un sujeto violento.

 

 

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