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Alejandro Gaviria y los roles de la universidad

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Alejandro Gaviria y los roles de la universidad

Nicolás Parra Herrera

 

El pasado 26 de julio, se posesionó el nuevo rector de la Universidad de los Andes, Alejandro Gaviria. En su discurso de posesión resaltó algunos temas profundos y discutibles: que somos más narradores que actores de nuestra existencia; que nuestras vidas están configuradas prevalentemente por el azar, no por la necesidad; que la forma más vil del aburrimiento es la ocupación rutinaria o, en sus palabras, convertirse en un Sísifo de oficina, y que ante la abrumadora sonrisa de la fortuna, la respuesta ética más apropiada es la gratitud. Pero hubo una pregunta que orientó su discurso que llamó mi atención quizás por su urgencia, quizás por su cercanía: ¿cuál es el rol de la universidad en la sociedad contemporánea?

 

Para Gaviria, la universidad tiene múltiples roles. Primero, la universidad tiene una función descriptiva, que consiste en retratar el cambio social y la proteica realidad. Segundo, la universidad tiene una función antimaniquea, es decir, que combate las explicaciones reduccionistas de la sociedad y habita en la penumbra entre el “sí” y el “no”, el “de acuerdo” y el “desacuerdo” que obnubila a varios medios de comunicación. Tercero, la universidad tiene una función activista orientada a inmiscuirse en los grandes debates -como el cambio climático, el autoritarismo, la desinstitucionalización y el antintelectualismo- para cambiar el rumbo de las cosas hacia un ethos sostenible, humanista, plural y democrático. Cuarto, la universidad tiene una función crítica, no entendida como un “destruir por destruir”, ni destruir necesariamente para reconstruir, sino de identificar los límites y presupuestos ideológicos de cada disciplina y desnaturalizar lo que erróneamente se ha considerado “natural” o “normal”.

 

Quinto, la universidad tiene una función agónica, cuya consecuencia directa se materializa en combatir la conveniencia, la mentira y el odio. Finalmente, la universidad tiene una función pragmática, evidenciable en su tendencia de dar, en palabras de Gaviria, “respuestas (siempre parciales) a nuestros problemas más urgentes”. Yo añadiría que la universidad no solo es un espacio para dar respuestas falibles, sino también para hacer preguntas desafiantes, anacrónicas y radicales. Si bien la universidad debe construir respuestas viables a los problemas sociales, no puede subsistir sin rebeldía y la capacidad de hacer preguntas para diagnosticar mejor dichos problemas. La polisemia funcional de la universidad queda encarnada, ante todo, en una lucha contra lo que Gaviria denomina el “antintelectualismo ramplón”, con las únicas armas que tienen los académicos: las ideas, la creación y la palabra.

 

Me atrevería a decir que la universidad es para Gaviria lo que el arte era para Jorge Luis Borges: “un espejo que nos revela nuestra propia cara”. La diferencia es que el arte nos enseña la cara de la humanidad; la universidad, en cambio, la de la sociedad. Sin embargo, esa naturaleza especular de la universidad se ha venido desvaneciendo con la conversión de los estudiantes en clientes, del maestro en un proveedor de servicios, del académico en una nota de la nota de pie de página, y del aula de clase en una capacidad máxima de asistentes. Cuando la universidad queda sometida a los designios del mercado, las ideas y la creación se distorsionan, la interdisciplinariedad desvanece, y las dudas genuinas, existenciales y viscerales se tornan cartesianas y artificiales.

 

En el mundo contemporáneo recuperar las funciones de la universidad antes mencionadas es una tarea urgente e impostergable. El reduccionismo de los problemas, la visión dicotómica de la realidad y de todos los asuntos sociales como si se tratara de una película de Disney donde los “buenos” y los “malos” son diferenciables -y nosotros nos autocongratulamos porque, claro, siempre hacemos parte de los “buenos”, de los que estamos trabajando por el cambio social, de los que no somos responsables de los problemas del país- están subvirtiendo el rol de la universidad.

 

Para mí, la universidad debe ser el espacio donde los estudiantes construyan su coraza en contra de la estupidez, la insensatez, la insensibilidad, la osificación y fumigación de las ideas y donde aprendan juegos de lenguaje que indiquen formas de vida más sintonizadas y coherentes con los contextos vitales que determinan y que los determinan. Ojalá Gaviria, como lo dijo alguna vez en una entrevista, logre darles amplitud, interdisciplinariedad y menos especialización a los procesos educativos y su idea de universidad se convierta en un referente para todas las universidades del país. Y ojalá su discurso de posesión sea el comienzo de una odisea en la que no dejemos de preguntarnos para qué sirve la universidad y evaluar si está cumpliendo sus funciones a cabalidad.

 

Creo que, como lo dijo Gaviria respecto de su propia experiencia, la universidad tiene la azarosa potencialidad de cambiarle la vida a sus asistentes. Pero eso sí, para esto se necesitan rectores, profesores y estudiantes que trabajen para abrir ventanas en la sociedad, imaginando mundos posibles, reduciendo la distancia entre lo real y lo ideal, permitiendo la movilidad y la diversidad social, y otorgándole a los estudiantes las herramientas intelectuales y emocionales para que su curiosidad sea insaciable, adictiva y transformadora.

 

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