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Esta columna llega tarde

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Esta columna llega tarde

Nicolás Parra Herrera

 

@nicolasparrah

 

Esta columna llega tarde. La escribo y se publica dos semanas después. Por más que quisiera hacer una descripción y, con suerte, un juicio sobre lo que está ocurriendo a raíz del 21N, la fotografía de hoy quizás no diga nada en ese mañana cercano o quizás el mañana cercano diga más de lo que esta fotografía pueda decir hoy. Con los movimientos sociales y las voces de descontento siento que la reflexión sobre su significado y la comprensión sobre su alcance siempre llegan tarde: crecen y se avivan como un síntoma de aquello que existía latente y que se manifiesta como un clamor de cambio que aún mantiene y alberga simultáneamente la posibilidad de la construcción y la destrucción. Con diálogo, sencillez, empatía y el dolor de vaciarnos para tratar de ver al otro quizás –porque aquí solo se puede hablar en “quizás”– logremos pensar conjuntamente un camino para reconstruir el futuro de Colombia. Con terror, abuso de poder, soberbia y dogmatismo el camino a la destrucción sea, como lo ha sido, irreversible –porque aquí solo tenemos acceso a lo que “ha sido” para juzgar el presente. Aquí la deuda hace parte de un pasado histórico, pero la responsabilidad es de un histórico presente.

 

 

Precisamente porque las manifestaciones del 21N son expresiones de un pasado histórico, creo pertinente recomendar el libro de Jorge González Jácome Revolución, democracia y paz: trayectorias de los derechos humanos en Colombia 1973-1985 (Tirant lo Blanch-Uniandes, 2019). Sus últimas frases resuenan hoy con necesidad urgente: “Al momento de escribir estas líneas hay temores de que está ocurriendo algo similar a lo que sucedió con la UP en las décadas de los 1980 y 1990. La muerte de los denominados “líderes sociales” en Colombia, luego de la firma de los Acuerdos de Paz con las FARC en 2016 aumenta día a día”. Y continúa con una frase profunda y reveladora que adquiere varios matices a partir de lo que está ocurriendo: “debemos desprendernos de los mitos que romantizan y purifican el activismo y de aquellos que lo conectan irremediablemente con la subversión. La construcción de una política que se distancie de la aniquilación pasa por la superación de marcos analíticos binarios que radicalizan el discurso que moviliza nuestra acción”.

 

 

El libro de González se inscribe en un debate académico que cuestiona el potencial transformador de los derechos humanos. Un discurso que nació en la década de los setenta como la proyección de una utopía mínima, siguiendo a Samuel Moyn, para la protección de las libertades negativas y con poca incidencia en la redistribución de recursos económicos. González cuestiona esa narrativa y muestra que en Colombia las luchas por los derechos humanos son más paradójicas y complejas que simplemente tildarlas de luchas por una utopía mínima. El discurso de los derechos humanos también convivió con proyectos reivindicativos y distributivos por lo cual, entre otras razones, encontraron una fuerte resistencia y violencia estatal desde sus orígenes.

 

El discurso de los derechos humanos en Colombia desde 1973 hasta 1985, según narra González, ha tenido varios matices y trayectorias. Primero, los derechos humanos se vincularon con la tradición de la protesta social de izquierda. Luego, se desplazaron para convertirse en un discurso que exigía la democratización del sistema político colombiano. Y finalmente, se convirtieron en el espacio de identificar las causas socioeconómicas y demandar su transformación.

 

La genealogía de esta historia tiene como punto de partida el último, diría yo, gran paro nacional. El Paro Cívico de 1977 tenía como fin manifestarse en contra de las políticas económicas y democráticas del gobierno de Alfonso López Michelsen. Buscaba incrementar el salario en un contexto inflacionario, levantar el estado de sitio, abogar por la protección de las libertades de asociación y exigir la redistribución de tierras. La respuesta del Gobierno días antes del paro fue la expedición del decreto legislativo que castigaba “a quienes organicen, dirijan, promuevan, fomenten o estimulen en cualquier forma el cese total o parcial, continuo o escalonado, de las actividades normales de carácter laboral (...) [penalizándolos con] arresto inconmutable de treinta (30) a ciento ochenta (180) días” [1].

 

Cuenta González que “las perspectivas ofrecidas por los periódicos cercanos al poder político reflejaron que el paro fue leído por sus contemporáneos como una movilización sin precedentes y se sorprendieron de la intensidad de la violencia que se produjo en los enfrentamientos”. Unos medios de comunicación llamaban al apoyo de las Fuerzas Armadas, otros al diálogo y la concertación, y otros vieron la expresión consciente y deliberada del descontento del pueblo, así como el signo de su organización. Como era de esperarse, la fotografía era distinta según el medio fuera de derecha o de izquierda. Viendo las portadas de algunos diarios nacionales y locales de lo ocurrido el 21N, pienso en las imágenes, en lo que dejan de contar, en lo que se mantiene fuera de los márgenes, en las historias de los asesinados, heridos, y ultrajados, en sus silencios, sus ruidos y su música. Viendo las imágenes veo el libro de González y los muchos negativos de nuestra historia que se esconden detrás de esas imágenes. Y aunque la comprensión llegue tarde, tenemos la historia y las genealogías que nos muestran qué difícil es desprendernos de superar el pensamiento binario entre la purificación y la subversión, qué difícil es mirar y ver nuestra propia cara.

 


[1] D. 2004, ago. 26/77

 

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