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Almas enfermas, mentes sanas

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Nicolás Parra Herrera

 

La filosofía que más me gusta leer es aquella en la que la línea entre la autoayuda y el intento de vislumbrar nuestra situación en el mundo es tenue. Para mí, la filosofía que más merece atención es aquella que, siguiendo la tradición socrática, nos sacude en la cotidianidad para ahondar más en ella. Esa que frecuentemente arruga nuestra alma como cuando botamos una hoja de papel y nos enseña tres cosas simples y elusivas: a examinarnos, a mirar y a morir. El último libro del filósofo John Kaag, Almas enfermas, mentes sanas: cómo William James puede salvarnos la vida, es la más reciente exposición de este tipo de filosofía.

 

El libro hilvana la biografía de William James, algunas de sus ideas filosóficas —como la voluntad de creer, el flujo de consciencia y la verdad en sentido pragmático— y la narración de cómo James, literalmente, le salvó la vida a Kaag. La filosofía que no es biográfica se petrifica en filosofía profesionalizante. El libro de Kaag es un testimonio de que la filosofía no nos puede decir mucho sobre qué es exactamente lo que debemos hacer para vivir bien, pero sí nos puede enseñar a examinarnos, a ver y morir para dejar que otras posibilidades surjan en nuestra vida, posibilidades que tendrán consecuencias en nuestra forma de relacionarnos con otros, con el mundo y con nosotros mismos. Dicho brevemente: la filosofía es la actividad del quizás, no del deber.

 

Creería que a pocas personas les dice mucho el nombre William James. Pese a ser uno de los padres del pragmatismo y de la sicología moderna, no se lee tanto como Vygotsky, Piaget, Freud o Skinner. En filosofía la cosa no es muy distinta. Cuando estudié filosofía tuvieron que pasar cuatro años para que dictaran un curso de pragmatismo y en Harvard, donde nació esta corriente, solo se encuentran los textos de James asignados en las clases de filosofía de la religión. Quizás la vieja crítica de Bertrand Russell siga calando. Decía el filósofo británico que James asume que una creencia es verdadera porque creemos que es cierta; su filosofía le parece “una forma de locura subjetivista”. El libro de Kaag recupera a James del olvido y atisba cómo su filosofía pragmatista, su sicología de los hábitos y su existencialismo religioso abren hoy caminos para examinarnos, mirar el transcurrir del mundo y morir con otros.

 

William James, al igual que Kaag, era un alma enferma. Ambos obsesionados por encontrar sentido en la vida terminan vaciándolo. El suicidio se les antoja, en palabras de Albert Camus, como el verdadero problema filosófico. James le escribió a su padre durante su estadía en Alemania que los pensamientos de la pistola y la daga empezaron a usurpar una gran parte de su atención. Pero también eran mentes sanas. Ambos buscaron en la filosofía formas de resolver la paradoja del sinsentido del mundo y de cómo vivir bien. Y el remedio casero —imperfecto, desde luego, pero paliativo— para combatir ese estado tiene dos ingredientes: una paradoja y un contrafáctico. La paradoja —más como un trabalenguas— consiste en creer que nuestra creencia en la existencia de la voluntad libre es el primer acto libre. El contrafáctico consiste en juzgar la verdad de las creencias por sus consecuencias prácticas reales y posibles en nuestra vida.

 

Creer que la vida vale la pena es el primer paso para que esa creencia traiga consecuencias prácticas. Sin ese salto de fe en el sentido de la vida es imposible salir del escepticismo que rodea a las almas enfermas. Este salto llevó a James a afirmar que la pregunta sobre el sentido de la vida “depende del hígado”. La voluntad de creer que sostener un pensamiento, como el del sentido de la vida, es suficiente para creer que tenemos algo de agencia abre una posibilidad de sentido. Depende de cada uno cómo examina y usa esa posibilidad para impactar su vida. Y claro, para algunos esto suena a autoayuda disfrazada: “sé el cambio que quieres ser en el mundo” o algo de este estilo. 

 

Kaag narra su historia y la de James y lo que significa caminar la delgada frontera entre las almas enfermas y las mentes sanas. Ambos encontraron en la voluntad, en la acción y en el pragmatismo una respuesta parcial, como todas ellas, a la esfinge vital. Ambos acudieron también a la atención para aprender a mirar el “quizás” del sentido de la vida desde otro ángulo y a experimentar el flujo de nuestra conciencia como si estuviéramos viendo barcos pasar por un río sin dirección ni amarre. Ambos aprendieron a percibir con otra mirada, a ser receptivos, a abrirse al mundo en el momento preciso. No es extraño que Kaag reconozca: “Yo creo que la filosofía de William James me salvó la vida, o más precisamente, me incitó a no tenerle miedo”[1].

 

Y sí, es cierto que el pragmatismo de James se desdibujó en una filosofía de autoayuda. Pero el problema no es que la filosofía coquetee con la autoayuda, el problema es que deje de hacerlo. El coqueteo, en el mejor de los casos, es sintomático de que la filosofía sigue concibiéndose como el arte de morir (¿y de vivir?), y en el peor de ellos, es su liberación del enclaustramiento académico al que ha sido confinada, para que pase por el corredor que lleva al mundo y se convierta así, como otras expresiones humanas, en un agujero para todo el que quiera examinar, ver y morir (y vivir) de otra manera.

 
 

[1] Kaag, John. Sick Souls, Healthy Minds. How William James Can Save Your Life. New Jersey: Princeton University Press. 2020.

 

 

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