‘Instagram face’
Estamos ante un tema con muchas aristas jurídicas, que conviene detenerse a pensar un momento antes de aceptar como natural esa estética repetida en las redes sociales.
23 de Abril de 2026
Natalia Tobón Franco
Abogada de la Universidad de los Andes, con maestría en propiedad intelectual en Franklin Pierce Law Center
La obsesión por hacer todo visible empobrece la experiencia humana. Así lo plantea el filósofo coreano Byung-Chul Han en su libro La sociedad de la transparencia, publicado hace más de una década. En el fondo, lo que sugiere es que cuando todo debe mostrarse y recibir aprobación, lo más fácil es uniformarlo.
Pensé en esa advertencia al escuchar hablar de la llamada Instagram face, una expresión que describe el rostro femenino que aparece todo el tiempo en redes sociales y reality shows de televisión. Nariz pequeña, labios carnosos, pómulos marcados. Rasgos que muchas veces vienen de cirugías estéticas, pero que hoy se exageran con maquillaje y filtros de luz. Caras que terminan pareciéndose entre sí, guiadas por un molde que se volvió tendencia, repetido una y otra vez en poses aprendidas como la boca de pato en las selfies.
No tengo evidencia, pero pensaría que el Instagram face debe ser pariente de la “dismorfia de Snapchat”, término que acuñaron los cirujanos plásticos cuando empezaron a notar que algunas de sus clientes ya no querían parecerse a modelos específicas, sino a sus propios avatares digitales, es decir, a sí mismas, pero luego de pasar por los filtros de embellecimiento de las plataformas tecnológicas.
Se me ocurre que la sociedad de la transparencia es una expresión filosófica que ayuda a explicar estos fenómenos, pues empuja a muchas mujeres a mostrarse de forma constante en las pantallas en busca de aprobación pública. Al fin y al cabo, lo que más circula y más reconocimiento obtiene tiende a repetirse, y con el tiempo se consolida en un molde que estandariza los rasgos considerados atractivos.
El problema es que en ese proceso de unificación se pierde el misterio que nace de la singularidad. Cuando los rostros empiezan a parecerse entre sí se desdibujan huellas étnicas, acentos culturales y pequeños gestos que durante siglos le han dado a cada mujer un carácter propio.
Byung-Chul Han llama a esto el “infierno de lo igual” y aunque parece simplemente una discusión filosófica, lo cierto es que, si se piensa bien, estamos ante un tema con muchas aristas jurídicas, que conviene detenerse a pensar un momento antes de aceptar como natural esa estética repetida en las redes sociales.
Uno se puede preguntar, por ejemplo, si el derecho a la propia imagen cubre solo la versión real o si también se aplica a la versión retocada o ¿es posible que una misma persona tenga, en la práctica, más de una imagen jurídicamente relevante: la real y la intervenida? Y hay un ángulo menos glamuroso, pero más concreto. En abril de 2026, en México, la influenciadora Grecia Guadalupe Mendoza desapareció y la búsqueda se complicó, porque las fotos que circulaban de ella tenían tantos filtros y retoques que no coincidían con su apariencia real. En ese caso la apariencia dejó de ser un asunto puramente estético para convertirse en un problema de identificación. Son muchas las dudas que aparecen por lo que sería interesante estudiar este tema con más detalle.
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