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El futuro de la sociedad anónima (I)

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El futuro de la sociedad anónima (I)

José Miguel Mendoza

Socio de DLA Piper Martínez Beltrán

jmendoza@dlapipermb.com

 

El 26 de septiembre del 2019, tras un año de arduos trabajos, la Misión del Mercado de Capitales publicó su informe final de recomendaciones. Se trata de un documento prodigioso, con 260 páginas que dan cuenta de la sofisticación financiera del equipo de expertos que lo preparó, bajo los auspicios del Ministerio de Hacienda y la Unidad de Regulación Financiera. Lamentablemente, los sabios comisionados olvidaron abordar en su estudio el régimen de las sociedades anónimas, un área de marcada obsolescencia en el sistema jurídico nacional. En la edición oficial del informe se menciona a esta especie societaria, la única que puede concurrir libremente a nuestra plaza bursátil, en apenas dos oportunidades -sin contar, por supuesto, un par de referencias equivocadas a la “sociedad anónima simplificada”-. Esta indiferencia ante las reglas de la anónima contrasta en forma desoladora con la atención que recibieron otros asuntos de menor jerarquía. La expresión “gobierno corporativo”, por ejemplo, aparece 92 veces en el cuerpo del reporte. La Misión del Mercado de Capitales perdió así la oportunidad de plantear un debate serio sobre el futuro de la sociedad anónima (S. A.), protagonista indiscutible del crecimiento económico nacional durante buena parte del siglo XX.

 

Es fácil olvidar que la S. A. colombiana fue en alguna época un instrumento de vanguardia. Tanto así que los autores del proyecto de Código de Comercio de 1958 podían afirmar, rebosantes de orgullo, que “la sociedad anónima representa el ángulo de la legislación comercial vigente en que se han introducido más y mejores reformas, que le han permitido satisfacer en forma adecuada las exigencias del incipiente desarrollo industrial del país”. Nuestra S. A. alcanzó su máxima expresión con la entrada en vigencia del Código de Comercio de 1971, cuyas reglas sobre la materia fueron articuladas con tal maestría que aún hoy le sirven de andamiaje esencial a las sociedades por acciones simplificadas (SAS).

 

Desde entonces, sin embargo, la S. A. ha corrido la peor de las suertes. Tras el fracaso de varios intentos por acomodarla a las cambiantes exigencias del tráfico, la S. A. quedó convertida en un fósil viviente, colmada de prohibiciones anacrónicas y formalismos que perdieron todo sentido con el paso del tiempo. Esta circunstancia no pasó inadvertida entre los empresarios, quienes por muchos años prefirieron exponer el pellejo en la mal llamada sociedad de responsabilidad limitada antes que someterse al régimen de la anónima. Los signos vitales de la S. A. se hicieron casi imperceptibles tras la introducción de la SAS en el 2008, al punto de que sería ya un acto de prodigalidad imponerle a una compañía cerrada el pesado ropaje de la especie anónima.

 

Desterrada del campo de los emprendimientos cerrados, el destino de la S. A. quedó ligado al monopolio legal que ese tipo societario aún conserva en nuestros mercados financieros. Y fue precisamente aquí que la Misión del Mercado de Capitales pecó por omisión. Tal vez los comisionados no repararon en la S. A. por temor a repetir los errores de un pasado repleto de reformas innecesarias (p. ej., en la Ley 222 de 1995, la insólita supresión del requisito de pluralidad para las reuniones de segunda convocatoria en compañías abiertas) o dañinas (p. ej., en la Ley 964 del 2005, la importación compulsiva de reglas de la Ley Sarbanes-Oxley estadounidense que nada tienen que ver con el contexto local). O quizá los integrantes de la Misión quedaron tan deslumbrados con las formas del gobierno corporativo -y sus engañosos destellos de modernidad- que estimaron indecoroso referirse en su reporte al funcionamiento de la achacosa S. A. Lo más probable, sin embargo, es que la omisión de los comisionados pueda atribuírsele a que el estudio del derecho societario en compañías abiertas sea hoy, salvo por una que otra excepción ilustre, una disciplina huérfana en Colombia.

 

Cabe entonces preguntarse si el mercado de valores puede funcionar mientras la S. A., pieza central de su engranaje, yace oxidada en un rincón, aborrecida por los empresarios y olvidada por los expertos. Algunos incluso indagarán si es necesario rescatar a nuestra desdichada S. A. cuando la SAS ya está dando sus primeros pasos en el Segundo Mercado. Desafortunadamente, el lector no encontrará una respuesta a estas preguntas en las 260 páginas del informe final de la Misión del Mercado de Capitales.

 

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