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Hombre económico irracional

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Hombre económico irracional

José Miguel De La Calle

Socio de Garrigues

jose.miguel.delacalle@garrigues.com

 

Por más de dos siglos la ciencia económica ha mantenido un postulado esencial, según el cual cada persona actúa en el mercado buscando su máximo bienestar, usando óptimamente la información y los recursos que tiene a su disposición. Se parte del principio de que el homo economicus toma siempre decisiones racionales que persiguen el mejor interés individual y que al concurrir con los demás seres racionales, los mercados alcanzan un punto de equilibrio perfecto.

 

Sobre el postulado del hombre racional se ha construido la mayoría de las regulaciones y políticas públicas modernas que tienen que ver con el consumo y el comportamiento económico de las personas y las empresas.

El problema es grande, porque en los últimos tiempos la tesis del hombre racional se ha desdibujado y se ha abierto camino el postulado exactamente contrario: el del hombre irracional.

 

Daniel Kahneman, sicólogo y premio Nobel de Economía en el 2002 (Thinking fast and slow), y Jean Tirole, Nobel en el 2012, enseñan que el cerebro tiene dos sistemas de pensamiento, el intuitivo (o automático) y el racional, y que el primero de ellos es rápido, incontrolado, carente de esfuerzo e inconsciente. Las indagaciones de estos y otros expertos empiezan a demostrar que la sobreutilización del sistema intuitivo lleva a las personas a cometer errores en la valoración de la realidad y en la toma de decisiones, lo que conduce a que, de manera frecuente, las decisiones tomadas no favorezcan el interés de quien las toma, sino todo lo contrario. La mente es fácilmente engañable y es vulnerable a ilusiones cognitivas. Ejemplos: (i) Si se presentan al tiempo dos afirmaciones falsas, aumenta la probabilidad de que se dé por verdadera al menos una de ellas, usualmente la primera. (ii) La respuesta a preguntas al azar se ve fuertemente influenciada por el orden en que se hacen las preguntas o por el uso de palabras ancla.

 

Al respecto muchos autores han encontrado hallazgos interesantes respecto de la causa de esta situación. Para empezar, como lo explican Thaler y Sunstein en el fantástico libro Nudge, existe una tendencia a autovalorarse de forma demasiado optimista cuando se habla de pronósticos de desempeño. Preguntada una clase de estudiantes sobre el decil que esperan ocupar en una evaluación, solo el 5 % creyó estar por debajo de la media y más de la mitad esperó estar en los dos más altos percentiles.

 

De otro lado, se evidencia que con frecuencia las personas atentan contra sus propios intereses de mediano o largo plazo, porque ponen demasiado énfasis en la satisfacción de deseos o intereses de corto plazo. Ejemplo, la poca capacidad de ahorro para la pensión de vejez.

 

A su vez, los análisis muestran que las personas tienden a manipular sus propias creencias y se llegan a mentir a sí mismos, usando mecanismos como el rechazo, el olvido o la reinterpretación de los hechos. Esto se explica en parte porque la mente le suministra al cuerpo de forma anticipada las mismas sensaciones que habrían de sentirse durante el evento futuro feliz o doloroso (unas vacaciones, una cirugía).

 

Otros factores que causan “errores” en el pensamiento racional son la tendencia humana a procrastinar y a basarse en estereotipos.

 

Siendo la mente tan intuitiva como racional, se pone en evidencia que hay una deficiencia en la ciencia económica y, particularmente, en las leyes que han sido formuladas bajo el supuesto de un consumidor racional. Es el caso del derecho del consumidor que tiende a crear normas estándar para proteger a un consumidor típico, modelo imaginario que se crea a partir de criterios económicamente racionales. Por eso, Thaler y Sunstein afirman que no hay que pensar solo en incentivos económicos para crear comportamientos sociales deseables, sino que se deben utilizar señales emocionales, como la comparación entre pares y el uso de figuras o emoticones para estimular el ahorro de energía, por ejemplo.

 

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