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Fatiga y desconexión

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Fatiga y desconexión

Julio César Carrillo Guarín

Asesor en Derecho Laboral, Seguridad Social y Civilidad Empresarial

carrilloasesorias@carrillocia.com.co

 

Después de seis meses entre aislamientos preventivos, cuarentenas estrictas, protocolos de bioseguridad, pruebas piloto, trabajo en casa, clases virtuales, “picos y cédulas”, “picos y géneros”, toques de queda y tantas otras circunstancias que ha generado la pandemia... y todo ello pensando en lo que falta, es innegable que hay cansancio.

 

Si a esto le sumamos el desempleo, el crecimiento del rebusque, la delincuencia, la deficiencia hospitalaria y tantos otros fenómenos que desnudan un tejido social que se enreda en su propia red, el cansancio crece.

 

Consultados los expertos me enseñan que la fatiga puede producir hipersensibilidad, irritabilidad, ansiedad, depresión, desconcentración o -lo que es peor- propensión a las decisiones erráticas por falta de claridad para hacer un adecuado razonamiento.

 

Y ocurren las paradojas, porque, por ejemplo, para quienes tienen el privilegio de conservar su empleo y pueden realizar su trabajo en casa, el derecho a armonizar el trabajo con la vida de familia y el ocio se convierte por causa del confinamiento en una mezcla plana sin fronteras entre lo laboral, lo familiar y el descanso.

 

¿Cómo energizarnos, cómo hidratarnos, cómo adquirir para la interacción cotidiana ingredientes que permitan prevenir el contagio de los efectos que puede generar una fatiga sin buen estado mental, en medio de una larga y exigente maratón existencial como la que estamos viviendo?

 

Y entonces, como en las pruebas de largo aliento, empieza a reconocerse el valor de tener un buen estado mental, así como al deportista se le exige un buen estado físico para conducir con inteligencia el cansancio.

 

No hay vacuna única, pero sí muchos elementos que podemos aportar desde las diferentes perspectivas y para ello es indispensable desconectarnos del miedo y el agobio y desde nuestra bondad interior reiniciarnos para irradiar bondad, es decir, dinámicas humanas constructivas que desactiven el odio, aplaquen los resentimientos y permitan calidad humana.

 

En materia de normas, hay una buena cantidad de respiradores en el ordenamiento jurídico. No es mi intención hacer un vademécum de todas ellas. Sin embargo, a modo ilustrativo, conviene recordar que hay una ley de salud mental (L. 1616/13), que desarrolla un precepto constitucional (C. P., art. 49) con una política nacional al respecto (Minsalud, Res. 4886/18); unas disposiciones programáticas en materia de riesgo sicosocial (Mintrabajo, Res. 2646/08) y todo un entramado normativo en seguridad y salud en el trabajo, hoy incorporado en el DUR 1072 del 2015, desarrollado por resoluciones como la 312/19, con fundamento en la Ley 1562 del 2012... y las que faltan por mencionar en materias como la educación, el uso de la tecnología y, recientemente, la necesidad de regular el sobreviniente trabajo en casa, atrapado por el virus en una extensa temporalidad (Mintrabajo, Circ. 041/20).

 

No obstante, la fatiga avanza y, ante la urgencia de un buen estado mental, además del físico, adquiere pleno sentido entender que la salud mental es un “estado dinámico que se expresa en la vida cotidiana a través del comportamiento y la interacción de manera tal que permite a los sujetos (...) establecer relaciones significativas (...) y contribuir a la comunidad”. Todo ello sobre la expresa consideración que se trata de “un derecho fundamental”, “un tema prioritario de salud pública”, “un componente esencial del bienestar general” (L. 1616/13, art. 3°).

 

No es fácil. Pero pensando en la necesidad de una sana convivencia, es decir, en una “interacción pacífica, respetuosa y armónica” (L. 1801/16, art. 5°) y en la necesidad de desconectarnos del agobio para energizarnos éticamente, formulo algunos aportes para no perder salud mental e invito a los lectores a ampliarlos, a fin de construir una vacuna cualitativa en medio de esta travesía.

 

He aquí mis aportes: (i) no perdamos el gusto por vivir ni el olfato para intuir la satisfacción de ser correctos; (ii) abracémonos a nosotros mismos como seres buenos que, con virtudes y defectos, podemos irradiar bondad; (iii) valoremos nuestro entorno de afectos para renovar gratitud; (iv) renovemos la razón de ser, de nuestro rol como miembros de familia y como trabajadores(as); (v) si soy empleador, respetemos el tiempo laboral para no invadir el derecho del trabajador a compartir con la familia y al descanso; (vi) si soy trabajador, comportémonos con el mayor sentido de responsabilidad y cooperación de que seamos capaces; (vii) si soy “jefe”, lideremos erradicando verticalidad y evitando el maltrato; (viii) edifiquemos nuestras relaciones con mirada empática (entender más, comprender más, juzgar menos); (ix) no dejemos de amar en cuanto dar, en términos de paciencia, compasión, serenidad, humildad y sencillez, y (x) abrazando nuestra propia mortalidad, concedámonos el derecho de disfrutar una vida digna de ser vivida.

 

¡Y las que ustedes adicionen!

 

Es probable que esta no sea la vacuna, pero ser conscientes de la fatiga para trabajar humanidad, mientras las políticas públicas vienen en nuestro auxilio, es un reto para vivir en forma tal que la sabiduría de cada quien brille para iluminar los entornos, haciendo de la virtualidad y del distanciamiento físico un pretexto para trabajar en cercanía desde el corazón, a modo de antídoto contra el desaliento, el desgreño y el deseo de entregarse al sobrevivir, renunciando al vivir. Es en este punto cuando vale la pena decir con verdad o que nos digan: ¡juntos saldremos adelante!

 

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