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Estrés y riesgo sicosocial: reto de humanidad (II)

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 Estrés y riesgo sicosocial: reto de humanidad (II)

Julio César Carrillo Guarín

Asesor en Derecho Laboral, Seguridad Social y Civilidad Empresarial

carrilloasesorias@carrillocia.com.co

 

En la tarea de asumir el reto de apoyar ambientes laborales descontaminados de riesgos sicosociales, nos hacíamos la pregunta acerca de si ello era posible y cómo contribuir desde lo jurídico a no ser factor de riesgo para nosotros mismos o para otros, sino bálsamo para prevenir el estrés.

 

Lo elemental desde luego es tomar la norma, analizar el contexto laboral de que se trate y aplicarla con la interpretación que se ajuste a su sentido… y listos.

 

Sin embargo, la sostenibilidad del propósito suele quedarse corta cuando en el proceso brilla la técnica y no aparece la perspectiva cualitativa que apoye tal aplicación como parte de lo que significa lo jurídico más allá de lo legal.

 

Es en esta perspectiva que me atrevo a formular algunas pautas de apoyo. Helas aquí:

 

(i) Aún en medio de las crisis más grandes y de las situaciones más difíciles, es necesario trabajar sentimientos que nos permitan leer bondad en el otro y en la realidad circundante, por difícil que parezca. (ii) Consecuentemente, no permitamos que nos invada el discurso del odio y la actitud teñida de resentimiento y agresividad. (iii) Obremos con generosidad, así seamos tildados de ingenuos, para fortalecer el derecho a no ser excluidos, instrumentalizados o para no ser doblegados por el deseo de sobrevivir a costa del otro. (iv) Ejerzamos liderazgo desde la autoridad que se legitima con el ejemplo y la capacidad de servir y no desde el poder que se alimenta de la fuerza. (v) Manejemos una postura permanente de respeto por las reglas, porque ella dará fondo de humanidad a la exigencia. (vi) Recordemos que por mucho que sepamos o por más importantes que nos creamos, somos seres finitos e imperfectos.

 

Muchas veces el mayor daño a la salud mental lo causa la postura fingida, la indiferencia, la agresividad disimulada, el odio enquistado en la ironía o en la hipocresía utilitarista, que anidan en la inconciencia o en el deseo de figurar a costa de los demás.

¿Yo? …  pero si yo no he hecho nada –se oye decir-.

 

Ello, mientras la actitud corrosiva, inclusive en personas de gran competencia y eficiencia técnica, erosiona el entorno hasta convertirlo en desierto de silencios temerosos, porque la conducta del gran depredador en traje de dueño, jefe, subordinado o compañero, es tan letal como la pérdida de sentido que esto genera.

 

Y si en la cotidianidad, con las herramientas de moralidad de que disponga cada entorno laboral, se logra una conciencia de ciudadanía colectiva para recuperar la autonomía de cada persona en reconocerse y reconocer al de al lado -como lo sugiere Kant- como un ser que es fin en sí mismo, que no tiene precio… entonces sí, que vengan normas como las descritas en la primera parte de esta columna.

 

Ahora sí que se abran los códigos y los reglamentos, porque por estos canales fluirán aguas cristalinas de humanidad. Lo demás puede llegar a ser un esfuerzo valioso para canalizar aguas residuales que requerirán grandes esfuerzos para su descontaminación y que solo se podrán manejar con diques punitivos que suenan a eficacias disciplinarias meramente coyunturales o con programas cuya bondad se diluye, porque parecieran encaminados a adormecer la inconciencia o simplemente a cumplir la forma.

 

En suma, cuando se logran entornos laborales ciudadanos, hay un alto grado de posibilidad sostenible de que la mirada cualitativa de lo colectivo en su obrar cotidiano, en las relaciones de trabajo, haga brillar la juridicidad de las normas como orientadoras de culturas en las que la empresa es mucho más que “la unidad de explotación económica” como la define el código, es “una comunidad de personas en torno a un propósito productivo, una historia tejida de historias, donde sujetos autónomos y plurales interactúan dinámicamente y en ese encuentro intersubjetivo descubren respuestas para su vida y ayudan a otros a lograr similares descubrimientos”[1].

 

Recordemos que lo jurídico construye felicidad cuando se sustenta en la dimensión que le da razón de ser: el bienestar del ser humano. Y es desde allí que lo técnico adquiere su verdadera dimensión, especialmente cuando se trata de prevenir riesgos dolorosos de inhumanidad entre humanos.

 

 

[1] Carrillo, Julio César. Derecho laboral y civilidad empresarial. Revista Actualidad Laboral No 91, Editorial: Legis (febrero de 1999), pág. 6.

 

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