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Diego Eduardo López Medina

 

Profesor Facultad de Derecho Universidad de los Andes

 

diegolopezmedina@hotmail.com

 

De los muchos años que llevo escribiendo en ÁMBITO JURÍDICO, no recuerdo haber recibido tantos comentarios por una columna como los que me llegaron a propósito de la pasada, cuando les conté sobre mi padre que vive con alzhéimer. Sí que era cierto que el tema era importante, mucho más allá de las cosas profesionales y serias que son esperables en un periódico gremial. Porque la vida a veces se vuelve dura y necesitamos espacios para hablar de esas otras cosas, más apremiantes y vitales.

 

Y muchos leyeron la columna que creí que nadie iba a leer. Tengo que confesar que, cuando la escribí, tenía muchos miedos y reservas: respetar la intimidad y el carácter de mi padre, de mi hermano y de mi familia, y, por supuesto, no empalagar a los lectores con alguna sensiblería. Muchos lectores respondieron de una forma hermosa y sencilla: “escuché”, me dicen y con eso me basta para estar eternamente agradecido. 

 

Varios, al mismo tiempo, me expresaron las historias hermosísimas de sus padres, madres y abuelos que también viven o vivieron con alzhéimer. Somos una tribu creciente de personas y familias con “diversidad neurológica”, “con capacidades diferentes”, a pesar de que estas expresiones, tan preñadas de futuro, solo son utilizadas para las condiciones de niños y jóvenes, y no para las de nuestros viejos, de nuestros gerontes. Las enfermedades “degenerativas” son consideradas como una muerte en vida. Si, como se ha dicho con respecto al cáncer, por ejemplo, la gente no tiene “fecha de expiración”, esa visión tiene que colorear también nuestras relaciones con la “demencia” que tanto pesa en nuestras almas y en nuestras vidas. El tono emocional con que calificamos la “demencia” sigue siendo oscuro y pesado y en esa trampa ponemos a nuestros viejos y nos ponemos a nosotros mismos. En nuestros “dementes” también hay presente y futuro, y tenemos que ser capaces de juntar recursos personales y sociales para construir otra mirada, como se ha logrado en otras tribus donde se ha avanzado mucho en la disminución del estigma y en la construcción de la esperanza frente a los desafíos vitales.

 

La esperanza, empero, no consiste en curarse. Consiste en cuidarnos y querernos. La esperanza se extiende a vivir bien la vida, incluso en sus épocas finales. Mis corresponsales muestran el infinito amor que los anima. Quiero enviar aquí un abrazo afectuoso a la abuela de Juan Fernando, a la madre de Pilar y un homenaje a la memoria del padre de Esther Julia. Gracias a ellos por enseñarnos tantas cosas al final de sus vidas. Conmueve leer las palabras amorosas de sus hijos y nietos. ¿Por qué no nos reunimos y nos tomamos un café para hablar de nuestros viejos? En serio. Varias fundaciones y asociaciones tratan de articular a la tribu, pero también valen los esfuerzos de autogestión.

  

Varios amigos muy queridos de antaño me escribieron: mi maestro Julio César Carrillo, columnista en estas mismas páginas, a quien debemos todos un homenaje sentido por ser un abogado que ha defendido con gran lucidez la posibilidad de que practiquemos en Colombia una jurisprudencia humanista, solidaria y terapéutica. Gracias a Juan Manuel Rincón, mi querido compañero de universidad y trabajo, al que tanto admiro y que tan generoso ha sido siempre conmigo. Y gracias a Vivian Newman, directora de Dejusticia, que perdonó generosamente algunas ausencias mías en cosas importantes.

 

Sorprende que un artículo de prensa permita un diálogo tan íntimo. En estos años he escrito sobre muchas cosas jurídicas, pero no sabía que tenía amigos tan cercanos y solidarios al otro lado del papel. A riesgo de aburrirlos, gracias de nuevo. Todo esto se lo he contado a Eduardo, mi padre, quien también les manda a agradecer. Cumplo con dar el mensaje.

 

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