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21 de Octubre de 2021 /
Actualizado hace 10 horas | ISSN: 2805-6396

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Opinión / Ámbito del Lector


Trashumancia judicial: el peor enemigo

01 de Septiembre de 2021

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Mauricio Luna Bisbal

Socio fundador de Luna de Aliaga Abogados Asociados

Miles de buenas ideas para mejorar la administración de justicia se pueden proponer. Por razones de espacio, quiero referirme a una sola propuesta, desde luego “descabellada” para muchos e interesante para otros. Primero expongo el problema y después la posible solución.

El problema: la trashumancia. Los funcionarios de la Rama Judicial y de la Fiscalía están dentro de una organización piramidal, que también refleja un nivel escalonado de remuneraciones. ¿Qué sucede entonces? Naturalmente, todos los integrantes de nivel municipal quieren mejorar su sueldo y, así, deben aspirar al nivel superior de circuito. A su vez, los integrantes del nivel de circuito quieren mejorar su sueldo y, por ende, aspiran al nivel de tribunal, al tiempo que los integrantes de este último también desean mejorar su remuneración, para lo cual deben aspirar a las corporaciones de cierre: la Corte Suprema, la Corte Constitucional, el Consejo de Estado o el máximo organismo disciplinario.

Este diseño piramidal con extensión al aspecto de remuneración es altamente entrópico: todos quieren ascender, lo cual es magnífico, pues se trata de una aspiración legítima.

El asunto es este: cuando el funcionario sube en su escala, abandona los casos judiciales a su cargo, aún pendientes, y, al hacerlo, todas las horas invertidas por ese funcionario en cada caso concreto se evaporan y la remuneración estatal a esas horas-funcionario también desaparecen. Dinero oficial obtenido mediante impuestos pagados por los ciudadanos.

¿Cómo evitar este desperdicio de horas-funcionario? Con una fórmula muy sencilla: desestimular la trashumancia. Obvio, dice Perogrullo.

Y, ¿cómo se elimina la trashumancia? Con una fórmula que no solo puede resultar más barata que el costo del desperdicio de horas-funcionario trashumante, sino también que puede despertar cambios profundos en el amor del funcionario judicial por la tarea propia de su despacho y también en la celeridad deseada para la definición de los litigios o procesos en general.

Pero, aún más: esta idea propuesta como solución a la trashumancia envía un mensaje muy interesante para la conformación de un nuevo arquetipo de profundo respeto en el inconsciente colectivo en relación con el funcionario: tan atendible y acatable es un funcionario municipal como un funcionario de circuito, como un funcionario del tribunal o como un funcionario de la pirámide propia de la cúpula jurisdiccional.

La fórmula para ensayar es tener el coraje de igualar los sueldos en todos los niveles. Habrá sorpresas como las que existen actualmente, así no se publiquen: jueces municipales o de circuito con altos estudios de maestría y doctorado, con plena capacidad para emitir decisiones de gran valor jurisprudencial. Hoy, se desconoce, en gran parte, la jurisprudencia de los funcionarios de primera y segunda instancias. Algo de esto se sabe tardíamente cuando hay un recurso de casación o una acción de revisión, por ejemplo, después de muchos años de desgaste judicial.

Desde luego, para muchos, es una “propuesta descabellada”, pero interesante de ensayar. Primera y segunda instancias podrán acoger a funcionarios expertos y de gran madurez, con gran formación jurídica para definir las diferentes cuestiones procesales.

Creo que es sano hacer el ejercicio numérico de costos. Para ello, es menester que algún día se conozcan las estadísticas sobre los costos, demoras y prescripciones, derivados de la trashumancia en la Rama Judicial.

Es aconsejable empezar este régimen antitrashumancia en las grandes capitales de departamento y, según la experiencia, idear otro para municipios diferentes.

Desde luego, no se trata de “escriturar” cargos o de volverlos vitalicios. Promociones burocráticas puede y debe haber por variadas razones, según el brillo de cada funcionario. De lo que se trata es de cerrar esta “vena abierta” del desperdicio institucional con las horas-funcionario. El dinero se evapora dejando un halo de autodestrucción de ese sentimiento aglutinante llamado “nación”. Decía con brillo el sabio español José Ortega y Gasset: “La Nación nunca está hecha. Siempre se está haciendo o deshaciendo...”.

La palabra clave es “brillo” en la tarea del funcionario, para llegar a la cúpula sin que esta sea la única meta digna, apreciable y honorífica. La dignidad, el aprecio y el honor se ostentan desde el comienzo.

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