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¡Magistrados, a almorzar juntos!

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Sonia Sotomayor es la cara latina en la Corte Suprema de Justicia de EE UU. Baja de la nube de la magistratura y permanentemente enseña a doctos y legos lo que debe ser el ejercicio humilde y acertado de un escaño en las altas cortes. Su llegada a ese tribunal levantó ampollas y envidias, porque para muchos representaba el riesgo vivo de un posible racismo inverso.  Sin embargo, tanto en sus alegatos orales como en sus opiniones escritas, la magistrada ha demostrado liderazgo educativo, instruyendo a sus colegas con otras perspectivas, al tiempo que utiliza la empatía -forjada por sus experiencias- para facilitar la toma de decisiones, lo cual le ha permitido darle voz a los que habitualmente no son escuchados y ello inevitablemente ha  facilitado decisiones más justas.

 

He  compartido con Sotomayor en dos ocasiones puntuales: la primera, luego de un seminario dictado en la Universidad de Columbia donde la magistrada invitó a los profesores latinos que asistían al foro a una comida en su apartamento, en Nueva York. Sotomayor preparó comida para todos y, sentados a manteles, aprendimos más de lo que el curso mismo nos enseñó.

 

La segunda ocasión fue en un maravilloso encuentro de juezas de todo el mundo, realizado en San Diego (California, 2014)  donde con gusto Sotomayor me regaló el libro de su biografía y la oímos disertar sobre los explicit bias versus implicit bias, específicamente los sesgos implícitos y explícitos que se cuelan en la  difícil carrera del acceso de las mujeres a la administración de justicia. Nos deleitamos con la exposición  del caso  Price Waterhouse vs. Hopkins, un clásico de sesgo explícito dentro de una empresa  privada, que refiere cómo a una  mujer con mucho éxito le fue negado un ascenso laboral  y  su supervisor le aconsejó expresamente que “caminara más femeninamente, hablara más femeninamente, se vistiera más femeninamente, usara maquillaje, se mandara arreglar el cabello y usara joyas”.

 

Sotomayor es una mujer sencilla, afable,  ajena al boato de los altos cargos del Estado, que se ha granjeado el  calificativo de “la magistrada de la gente”, y con orgullo narra  su recorrido vital partiendo del Bronx  y terminando en la Corte; lleva el sello boricua como una presea y  desde su asiento en   la magistratura  aboga por la cohesión de las cortes para no perder su genuino  sentido de integralidad, para que se mantengan discursos respetuosos, para que exista un real y franco colegaje y porque las  buenas maneras entre sus miembros sean el antídoto para dejar  los rencores, las hostilidades y los enfrentamientos partidistas o ideológicos. Por ello, ha dicho en diferentes ocasiones, que los famosos 5-4 en las deliberaciones, corresponden a las diferencias en torno al enfoque  en la  interpretación de la Constitución, pero no llegan a suponer una ruptura de la amistad judicial.    

 

El pasado diciembre, en la Universidad de Duquesne (Pittsburgh), en el marco de uno de los tantos homenajes que le rinde la academia, Sotomayor  promocionó la civilidad y la colegialidad al interior de los tribunales de justicia. En un discurso casi poético, señaló que los “magistrados no solo viven juntos mucho tiempo, sino que tienen la responsabilidad de cuidarse unos a otros, que cuando alguien muere o enferme sean sus compañeros los primeros en manifestarse”;  muestra de esa solidaridad es la famosa imagen del féretro de Scalia ( el magistrado de la Corte Suprema de EEUU fallecido en el año 2016)  flanqueado por sus ocho colegas que lo despedían, y un ejemplo de compañerismo son las anécdotas de la magistrada Ginsburg cuando sin ningún encono y luego de discusiones desde diferentes orillas hace gala de la amistad  y  comparte una velada en la ópera con alguno de sus compañeros.

 

Una nota simpática se agregó en esa charla de Pittsburgh, que bien vale mencionar  a propósito  de nuestras altas Cortes engalanadas con mujeres en su presidencia. Sotomayor respondió a la pregunta de cuándo y gracias a qué motivos terminaron  en  la corte de EE UU los rencores, los odios y las antipatías entre sus miembros. La magistrada  respondió reconociendo  los notorios periodos  de contención y hostilidad históricamente reseñados,  pero afirmó que un aspecto que ha aliviado las tensiones ha sido la llegada de mujeres a la magistratura. “Son ellas quienes reclaman ese crédito”, aseveró.

 

También, recientemente, en una charla en la Universidad de Harvard (noviembre del 2018) , antes de juzgar la ronda final de la competencia Ames Moot Court, Sotomayor sostuvo que una  tradición crucial que mantiene a los jueces juntos y en buen mood  es compartir el almuerzo. El consejo va matizado  con  algunas precisiones que he interpretado así: no se trata de ir a un restaurante a terminar la discusión de los casos, ni de sesionar frente a un plato de comida, ni de comer mientras se habla del debido proceso o de la prescripción de dominio o de la pérdida de investidura;  la magia de los almuerzos entre magistrados es acortar distancias y, en palabras de la magistrada, “hablar de todo, menos de asuntos judiciales”. 

 

Los almuerzos de más éxito, dice, son aquellos que precisamente se llevan a cabo el día en que logrado un apretado consenso en sala plena, los magistrados disidentes se animan a almorzar  con aquellos de las tesis victoriosas. “Los almuerzos después de discusiones acaloradas en fallos polémicos son los más difíciles", agregó, “pero esa simple tradición de almorzar juntos, pase lo que pase,  tiene un gran impacto, porque  nos conocemos  más, sabemos de las familias, aprendemos sobre vacaciones,  sobre dificultades que tenemos en la vida, sobre  libros que estamos leyendo, películas que hemos visto, es una práctica que  nos humaniza el uno al otro ".

 

Son realmente destacables las incidencias del pensamiento de Sotomayor a la realidad de cualquier corte. En su intervención en Harvard, la magistrada hizo una apasionada súplica para que los magistrados piensen seriamente en encontrar maneras de reunirse con mayor frecuencia y de combatir los efectos de rencillas y enfrentamientos que demeriten la imagen de la institución y menoscaben su legitimidad. Con la sutil metáfora de la familia recordó que en épocas de renovación, a medida que se nombran nuevos magistrados y se van alineando y conociendo  entre  sí, “el tribunal cambia de la misma manera que las familias cambian con la llegada de nuevos niños,  y todos tienen que adaptarse y aprender a ser una nueva familia”.

 

Martha Cecilia Paz

Magistrada auxiliar de la Corte Constitucional

 

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