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La extinción del programa Ser Pilo Paga

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La extinción del programa Ser Pilo Paga (Bigstock)

Edgar Hernán Fuentes Contreras

Director de Derecho Público de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano

 

Con la meta inicial de alcanzar los 40.000 estudiantes beneficiarios, el programa Ser Pilo Paga (SPP) auguraba una época dorada para aquellos educandos que serían favorecidos. No obstante, en muchos aspectos, el programa nació para no ser duradero. Desde sus primeros momentos, era notorio que su estructuración dependería de labores equilibristas, más que de una real política pública sostenible.

 

Aunque, si se quisiese su perdurabilidad, no había lugar para ella y menos si se esperaba la ausencia de un saldo rojo creciente. Los parámetros de asignación, los requisitos para las universidades y la redistribución de la inversión hacían que el programa naciese destinado a la extinción. Tarde o temprano la ganancia política obtenida decaería frente a lo infactible de su sostenimiento y solo se convertiría en un problema para el Gobierno que asumiera con franqueza la realidad. Al final, su entusiasta generación ponía en marcha un juego donde el principal perdedor sería quien se quedara con la bola. Lo cierto es que ni siquiera el fin del conflicto podía solucionarlo, dado que el impacto en la inversión social no podía ser inmediato: la implementación de la paz también tiene su costo. Dichas razones, entre otras, hacían que SPP naciese con límites temporales nada sofisticados y más bien dependientes de la decisión de quién estaba dispuesto a cargar con su clausura.

 

También debe admitirse que entre las bondades del programa está el potencial generado frente al acceso a la educación, lo cual lo hizo en diversos ámbitos deseable -y seguramente va a ser añorado-. Esto debido a que, por ejemplo, la mayor parte de los estudiantes beneficiarios vieron cómo SPP les prometió y ofreció cambiar su proyección académica y futuro profesional, al tiempo que les concedía la posibilidad de cambiar percepciones disimiles. Y es que, realmente, los beneficiarios no se reducían a aquellos que obtenían el reconocimiento del programa, sino a las propias comunidades universitarias que se enfrentaron con realidades diferentes y asumieron el reto de ir más allá de las aulas de clase y aprender en el intento formativo.

 

De esta manera, SPP no solo era sistema de acceso a cierta fracción del universo de la educación superior, sino un acceso a la integración, fortalecimiento y cambio de los paradigmas instructivos imperantes en nuestro país. Justamente, los “pilos” fueron capaces de trasformar su realidad e, igualmente, lo hicieron con la realidad nacional. En cuatro años, no hubo momento en que SPP no fuera tema de discusión: se podía estar a favor o en contra, pero no sin hablar del programa, y seguramente será así por un tiempo adicional, a la espera de una claridad de aquello que será ofrecido como nueva política de acceso a la educación superior. 

 

De cualquier forma, parece aún demasiado pronto para hacer un diagnóstico certero sobre las utilidades producidas, dado que, como todo proyecto a largo plazo, sus frutos solo podrán ser percibidos plenamente cuando los estudiantes sean profesionales y materialicen la inversión que realizó el Estado y la sociedad en ellos. Allí, veremos qué tanto este programa de corta duración fue efectivo para que la trasformación personal y universitaria sea vista como una modificación social.

 

Mientras tanto, la despedida de SPP impone un reto complejo al nuevo Gobierno, donde no solo le bastarán las buenas intenciones, sino la búsqueda de un equilibrio entre el acceso a la educación, el fortalecimiento de las instituciones - tanto públicas como privadas-, la alta calidad, la competitividad y el manejo responsable del presupuesto. De ahí la importancia de que el nuevo programa reconozca los beneficios de SPP y construya una fórmula acorde con el principio de progresividad y no regresividad, reconocido en la Convención Americana sobre Derecho Humanos. Por tanto, sabremos de antemano si esta política es viable y posible, en términos constitucionales y convencionales, so pena de convertirse en otra especie que nació destinada a la extinción, porque utilizando la frase atribuida a Darwin, “no sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta”.

 

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